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jueves, 3 de octubre de 2024

DETÉN LA OBSCURIDAD

 

                                                              Where do you go to?

“¡SALÚDAME BIEN!”

Track, rack, crack

Track la primera, rack la segunda, crack la tercera y luego el riiiiiiiikk del rechinido final. 

No lo veo, la vista se me hace niebla, la mente se me hace humo, estoy pero no estoy, no quiero estar. “Me hiciste mucha falta Mariana”. Pero yo no digo nada, me levanta de los hombros y me azota contra la pared; como si no pesara nada, a lo mejor ya no peso nada. “¡Te estoy hablando!” pero a mí no me salen las palabras, estoy buscando fuerzas de adentro de mí, de verdad que lo intento, nomás no me salen. Es como si todas las veces que me ha pasado esto, ocurrieran todas juntas, al mismo tiempo. Es una pesadilla en la que quiero gritar y no puedo, de una manera mucho más retorcida, porque quiero complacerle y no me sale. Me levanta sobre sus hombros como si no pesara nada, a lo mejor de verdad no peso ya nada; me deja caer con fuerza hasta el suelo, es tanto que hasta reboto y sólo puedo ver ruido blanco en mis ojos, escucho un zumbido agudo y siento un hormigueo fuerte en mi cabeza. Las lágrimas se me salen, aunque casi no las siento, me saben en la boca, saladas, amargas. Creo que empiezo a ver, es la negrura del techo.

Estoy boca arriba, hago un poco de fuerza, sus rodillas están en mis hombros; casi no puedo respirar, lo veo de frente, aunque no puedo verle bien, está sudando, no trae camisa y el sudor hace que le brille un tanto la piel en la obscuridad. “¡Salúdame bien! ¡salúdame bien chingada madre! ¿así me vas a tratar pendeja hija de puta? ¿después de todo lo que hago por ti? La de veces que te hubieran matado, la de veces que he impedido que te arranquen la puta cabeza, es por mí Mariana, por mí que todavía tienes la cabeza pegada y los ojos adentro. ¿y no puedes ni saludarme, malagradecida?”

Es revivirlo todo de una sola. Después de lo de Josué ya no caí en gracia de mucha gente, el perverso fue él, pero la castigada fui yo. Yo quería mucho a Pablo, él y Javier eran de la misma edad, sentía que era mi otro hermano, porque siempre estábamos juntos los cuatro. Javier me dijo que no me fijara, que a veces la gente se porta así porque no quieren ver lo que son las cosas. Pero con Pablo la cosa no era así, era distinto. A la siguiente navidad nos fuimos al rancho de mi abue, porque era lo que hacíamos. Somos muchos así que siempre había un alboroto, que la comida, que quién le va a dar de comer a los pollos, que vayan a sacar las chivas de su corral. Pablo no había dirigido la palabra en ningún momento, yo sentí que seguía enojado conmigo porque Josué era su amigo. En un momento a mí me mandaron al corral donde mi abue tenía las conejeras, cuando me di la vuelta Pablo estaba atrás de mí y cerró la puerta. Se veía enojado, con la cara roja, a mí me dio miedo. Caminó derecho hasta donde yo estaba, desbocado, con sus manos en mis hombros me azotó contra la lámina de la pared y me dijo “¡salúdame bien! te sientes mucho porque ya te las das de zorra. ¡Pero a mí me vas a saludar!” En esa ocasión tampoco pude hacer nada, él era mucho más grande que yo, más alto, más fuerte; además que no podía ni creer lo que me estaba pasando. Yo a Pablo lo quería mucho, era mi favorito de todos, siempre me hacía reír, me cuidaba. La conmoción me dejó helada, mis manos eran de hielo, temblaba. “Quítate la blusa, como no te la quites te meto un putazo en el estómago” Yo sólo movía la cabeza diciendo que no, pero no emitía sonido. Yo traía un vestido largo y un suéter, él me jalaba del cabello mientras me lamía el cuello y la oreja, me subió el vestido y con su pene se talló entre mis muslos. Sentí cuando acabó porque mi vestido se mojó, me besó en los labios, se subió los pantalones y me dijo: “si dices algo, nadie te va a creer, nomás te digo que te acuerdes que eres mía ¿entendiste? ¡para mí! Como te vuelvas a meter con Josué así te va … y no se te olvide, Salúdame bien”.

DETÉN LA OBSCURIDAD I

DETÉN LA OBSCURIDAD previo

viernes, 11 de noviembre de 2022

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECISIETE

 

 

Carta 17

Septiembre 2

Pasé por la panadería María, vi; por la ventana, que tu mamá estaba colgando un retrato en la pared de atrás. ¡Lo vi María! O acaso la habré visto, no tuve las fuerzas de pararme a preguntar. Las mejillas rosadas, los ojos claros, los tres lunares a un lado del ojo derecho y los hoyuelos en los cachetitos redondos. Un vistazo momentáneo y lo supe. Esa luz en la sonrisa es inolvidable, esas pestañas largas y los chinitos acaramelados. Fue un dolor, un pesar bien extraño.

Primero que nada, la imagen me golpeo bien abajo en las entrañas, se me fue el aire y sentí que me estaba petateando. Pero ver esa sonrisa, esa luz tan cálida que no he podido borrar de mi memoria, me hizo sentir… alegría.

¿Cómo me atrevo yo a ponerme feliz por él, o ella? Quien me lo robó todo. El futuro, la vida, el amor de mi vida, mis sueños. Todo se desvaneció en polvo en cuanto vi su sonrisa. ¿Todo mi dolor, todo mi llorar, valen esa sonrisa? Mi impulso primero y egoísta es pensar que no, que esa bolita de manteca no vale un solo día de mi tormento, pero no pude sostener eso en mi cabeza mucho tiempo, ni dos minutos. Porque la realidad es que, sí, esa sonrisa, ese futuro brillante, esa buena y tranquila vida que le aguarda, sí vale todo. No sólo mi dolor, mi soledad o el corazón roto que me cargo a cuestas. Vale las estrellas, el sol y la luna. Vale todo. Si fuera mío, o mía, yo me hubiera inmolado a mí mismo sin preguntarle a nadie, con tal de asegurarle todo aquello que, ahora tiene seguro.


Volví a mi casa y vi todo con otros ojos, la casa puerca como chiquero, todo derruido, cubierto de polvo, el olor a humedad y a viejo borracho. Ese querubín no podría vivir aquí. Me sentí avergonzado, me sentí apenado de mí mismo, del caos en el que me he revolcado todo este tiempo. Yo no podría ponerle la misma sonrisa en la cara, ni alimentarle bien, ni cuidarlo como se debe si se enferma. No puedo ni mantenerme en pie yo.  Todo lo que gano me lo bebo, a penas como y no me he puesto ropa nueva desde que un año antes de que te fueras. No me acuerdo de la última vez que me bañé bien, con agua caliente, puro chorro de agua fría para bajarme la borrachera.

 

Creo que ésta es la primera vez que lo veo María, puedo por primera vez entender las razones que tenías cuando te fuiste.

 

Juan.

CARTA UNO

CARTA ANTERIOR


viernes, 9 de abril de 2021

La bruja brilla de noche

 




A Carmen Ollin la mataron un veinte de septiembre. Todos supieron bien quién, pero nadie quiso decir nada, que si de algo pecamos en este rancho miserable es de silencio. Aquí se callan los dolores, aunque quemen hondo, aunque den ganas de llorar. Por eso mataron a Carmen, yo digo, porque ella no era de esas de “calladita y bonita”. La encontraron al pie de un árbol, todavía tenía su cadenita de Santo Cristo en una mano. Yo creo que su alma salió volando como garza blanca al atardecer, así era Carmencita.

Todos supimos que estaba muerta porque tenía dos noches perdida y al medio día siguiente, pudimos escuchar el grito despellejado de Doña Martha, yo estaba en el puesto y me caló bien feo. No me aguanté y empecé a llorar, mi Ma nomás me dijo “cállate pendeja que te van a oír, límpiate la cara y aguántate, aquí no se puede”. Y entonces el silencio, ese chingado silencio se hizo insoportable. Nada más Doña Martha lloraba sin consuelo. Sus gritos hacían retumbar hasta las ventanas. Ni en el sepelio nadie dijo nada, rezaban, rezaban y se veían las caras, no los fueran a oír. Y en la madrugada nomás se escuchaba a lo lejos el canto de un borracho que medio lloraba medio reía, pero pues él es hombre y si puede, nomás con que nadie lo vea de frente y a esas horas ¿quién lo iba a mirar?

A la mañana siguiente la enterramos, con hartísimas flores blancas, el aire sabía a primavera y todo parecía de nubes. Después volvimos a lo mismo de siempre y como si nada. Que la vida sigue y que no sé qué.

A la noche ya no hubo vuelta atrás. Todos lo vieron. Andaban en el novenario de Carmen, las señoras, los viejos y del Monte. Se escuchó el chiflido clarito y en el cerro con todo el fuego de sus entrañas, la Bruja.  La mirada se posó sobre ella, la mirada de todos nosotros. En ese momento fue innegable y por mucho que quisieran enterrar la verdad, no pudieron.

 La bruja ardía y revoloteaba por el cielo, su fuego sensual quemaba la milpa y los tejabanes, pude sentir su ardor iluminándome la cara, liberándome de todas mis cadenas, arrastrándome a su fuego, llamándome hacía ella. Me daba miedo, pero me encantaba al mismo tiempo, caí en la cuenta de que mis lágrimas llegaban hasta el suelo, lloraba por Carmencita, lloraba por Doña Martha y lloraba por mí, por todos los dolores acallados que traía dentro.

Todos lloraron, pero muchos sonreían, creo que todos eran igual de infelices que yo, nomás eran mejores para disimularlo. Doña Martha en ningún momento dejó de rezar, hasta que la bruja se fue a posar sobre el gallinero en la casa de del Monte, ahí sí dijo “Ay mija”. El fuego fue como un beso muy dulce, despacito y callado, hasta que no y las llamas alcanzaron las estrellas. Del Monte salió corriendo, pero ni él ni nadie pudieron sofocar ese fuego. La bruja sólo observaba plácidamente desde las alturas hasta que, entre el humo, el fuego y las sobras de la noche desapareció.

Cuando ya aluzaba la mañana lo sacaron de entre los escombros, quemado y tiznado, Arturo del Monte estaba muerto. Mentiría si dijera que no me dio gusto ver su cadáver chamuscado, yo le traía harto coraje y verlo así se supo a trago de victoria, aunque esté mal. Don Señor Del Monte lloraba y gritaba como gritó Doña Martha dos días antes ¿a qué no se siente tan bonito cuando el muerto es de uno? A mí no hay nadie que me quite de la idea, Arturo la mato a Carmen. Él nos la arrebató a todos y la Bruja lo hizo pagar con el dolor de su propia carne.

Mi Ma me pellizcó el brazo y me dijo “quita esa cara y ya métete”, porque la satisfacción se me veía hasta por encima. Pero bien que sé, que no era la única, todos ya lo sabíamos y el fuego de la bruja había desnudado la verdad, una verdad que ya no iba a ser callada. Arturo mató a Carmen y le costó caro.

El 5 de octubre era noche de luna llena, hacía frío y muy lejos se escuchaban las lechuzas. Yo recuerdo que soñaba que corría por el Sabinal, que veía la luz entre los árboles y la perseguía “llévame contigo” le gritaba, “llévame lejos”. Entonces pude escuchar su canto, su voz era dulce y al mismo tiempo filosa, me cortaba, me fileteaba bien adentro. Comenzó a sisear y yo sentí que me sonreía estiré mi mano para tocarla y desperté. Abrí los ojos en la oscuridad, pero todavía la escuchaba, su voz cantando fuera de mi ventana.

Saqué mi cabeza por el marco de la ventana. Pude verla, brillante y cálida, resplandeciendo en el cielo nocturno. En mi cabeza resonando el vozarrón de mi Ma “nomás que te salgas así te va ir” y mis tripas revoloteando “tantito”. Más me tardé en pensarlo que en lo que ya iba descalza por entre los corrales, ni siquiera sentía el frío, yo sólo me dejé llevar por la luz y se me olvidaron mis dolores, casi la pude tocar con mis manos.

Ni veía por donde iba, la luz de la bruja me hipnotizaba, me jalaba y me envolvía en su manto luminoso pa llevarme bien lejos. De seguro ha pensado que yo no soy pa quedarme sola en este rancho. Ya sentía la libertad bajo mis pies cuando azoté contra una pila de leña. Mi piel se rasgó y me astillé la espalda. Ahí lo vi, jadeando, sudando y mirándome fijo, Juan, el de los García. “a dónde crees tú que vas, así como alma en pena a media noche. Pareces loca”. Ni le contesté, me paré como pude y traté buscar la luz de la bruja, vi que estaba llegando a la nopalera camino al cerro, miré por doquier pero no la vi. Juan me jaló y trató de arrastrarme de regreso. Resistiéndome le dije “yo a ti no voy a darte explicaciones de nada ¿qué carajos te importa lo que yo haga?”. “Ya ves cómo eres, siempre bien arisca y altanera, pareces mula. Si no es porque yo te ando cuidando quién sabe qué te pudo pasar, ándale ya no seas así, vámonos que aquí está bien embrujado” dijo. “Ya te dije que yo contigo no voy a ni un lado, vete tú, no tengo ni una necesidad de que me anden cuidando y menos tú.” Contesté “ah, pero al rato que te mueras igual que la Carmela sí van andar chillando” replicó escupiendo de coraje, “yo voy y me muero donde quiera el día que me venga en gana, a ti ni te va ni te viene, eso es asunto mío”. 

Este pleito Juan García y yo lo traemos desde hace buen rato, no entiende por las buenas y por las malas menos, parece que mientras más le digo que no más se empeña en andar tras de mí. Empezó desde que yo cumplí doce y desde el principio yo he sido bien clara, a mí no me interesa, pero necio que es, todos los días pasa al puesto y saluda, le hace plática a mi Ma y le lleva un pulque a mi Pa. Todo para que a mí me digan que soy remala, que me siento como si juera de oro y que gracias via de dar que Juan me mira, porque su familia tiene hartas tierras, que porque no es nada feo, es bien trabajador y porque me quiere “bien” y me va a tener “bien”, que eso ya quisieran otras. Pos que se lo vaya a dar a esas otras que yo no quiero nada, pa que nomás me encierre y me tenga de su criada, para que yo tenga que hacer lo que él dice, además él ya está más grande, se pudo encontrar a alguien de su edad pa casarse, si no lo ha hecho a sus 25 años es por algo. “Que te vienes conmigo ¡chingada madre! Terca, terca como piedra de cueva” me gritó mientras a jalones me cargaba, sentía que sus manos me cortaban la sangre de las manos. Por mucho que pataleé y me resistí no me pude soltar, traté de gritar, el sonido no me salía, luché con mi fuerza, pero parecía inútil, parecía yo cuarterón de frijoles, es que él más alto y más fuerte.

Me dejó caer hasta el suelo, sentí mi corazón rebotando contra mis costillas, me aturdí poquito y ahí vi que no estábamos ni cerquita de mi casa, estábamos en un silo de piedra que está del otro lado de la milpa. Estaba bien oscuro y hacía frío, podía ver su silueta en la puerta, para luego cerrarla tras de sí. Traté de pararme, pero me resbalé con los forrajes de sorgo que estaban bajo mío, sentí mucho miedo, traía el corazón en cogote y las manos heladas. Lo escuché cerrar la puerta con llave y se me salieron las lágrimas, ahí ya no veía nada, sentí su mano en mi mejilla y los labios en mi oreja “ay chula contigo nunca nada es fácil, nomás porque me gusta que eres bien rejega, brava y remilgosa como tú sola”.

 Con una mano me sostuvo ambas muñecas por encima de la cabeza, me recargó contra la pila de sorgo y la otra la metió bajo mi camisón, me manoseaba las piernas, empezó a lamerme las lágrimas de la cara y sentía sus jadeos en mi cuerpo. Subió hasta mis senos y los apretujó bien fuerte hasta que pujé de dolor. Ya lo sentía trepándoseme encima, su aliento sucio, las gotas de su sudor puerco y sus labios en mi cuello, trató de besar mis labios y me volteé la cara, me agarró la mandíbula con mucha fuerza, me besó a la fuerza y me mordió la boca. Yo no dejaba de llorar, tratando de irme a otro lado, rezándole a la bruja para que bajara y quemara todo con nosotros adentro. “Nomás pa que no digas que soy malo contigo. Yo sí te quiero bien, pero mira tú lo que me haces hacer, todo por necia. Pero vas a ver que cuando nos casemos hasta te va gustar”. Y me soltó.

Abrió la puerta despacio, no se dio cuenta ni como yo salí corriendo. Corrí y corrí, sin importar que las plantas de mis pies se fueras despedazando, traía la cara roja y la panza revuelta, hasta sentí que salí del agua para tragar aire cuando vi mi ventana abierta y me metí. A esas horas ni me dolía nada, aunque me hice jirones las plantas de los pies, me sangraban los codos y la boca y mi cara una revoltura de mocos, mugre, lágrimas y saliva. Lloré y lloré y lloré hasta que las lagrimas no me salieron. Entró mi Ma, de un encabronado que no había visto nunca. Me gritó, me cacheteó y me dijo hasta de lo que me iba a morir, todo para rematar con un “¿qué pensaría Juan nomás de mirarte como vienes?” sentí que la sangre me hervía tanto que, si tocaba algo lo quemaba “Bien que sabe cómo vengo ¿pos tú quién crees que me dejó así? Ya sé, ya sé que al rato que me mate nomás va ser mi culpa, al rato me mata y de todo voy a tener la culpa yo. El santo es él, que por accidente se le va ocurrir matarme”.

Mi Ma sólo se me quedó viendo sin decir nada, se salió del cuarto y la oí hablarle a mi Pa. No mucho ni muy fuerte, todo se hizo silencio. Traía harta rabia, quería escupir y envenenarlos a todos, quería volverme fuego y quemar la casa con todos adentro, quería ver sus cráneos crujir en las llamas, quería que el veneno de mi boca quemara a Juan por dentro, sacarle los ojos y romperle todos los huesos, hacer que se tragara sus propios huevos y verlo asfixiarse con ellos. De haber podido sacarme la rabia el cuerpo acababa matando a todo el rancho.

No sé si de tanto llorar me quedé dormida, no sé si lo soñé o lo escuché de verdad, pero la oí, oí su lamento, era suave y agudo, dolorido y a la vez consolador. Percibía mi dolor, todo lo que revolvían los pedazos que quedaban de mí, dentro de mi alma. Abrí los ojos y la vi frente a mí, bellísima envuelta en luz azul, con sus manos sujetó mis hombros y lloró, lloró desde sus entrañas, sus lágrimas eran pececillos que nadaban por la negrura de la noche. Mi dolor era suyo y su llanto el mío, me hablaba sin decir palabra con el brillo de sus ojos. Era como si dijera “No estás sola”.  Se alimentó de mi dolor, se apropió de mi rabia, la hizo suya y la volvió fuego, la transformó en flamas.

“Al anochecer” dijo sin decir, “al anochecer”.

Abrí los ojos y volví a mi cama, a mi cama, a mi cuerpo. “Al anochecer” me dije en voz alta.

Ya estaba muy entrada la mañana, calenté agua en el fogón para bañarme, me sentía sucia y despellejada, me saqué las astillas de los pies, me quité las piedras encarnadas de los codos y me eché aguardiente que me escoció la boca, ni me dolía, no me dolía nada de lo que me dolía adentro, en el pecho, en las tripas. Todos me veían, pero hacían como que no estaba, que era transparente y nunca existí. Ni mi Ma, ni mi Pa ni Claudia ni Manuel, yo no estaba ya en este mundo, me pude haber evaporado a esas horas y ni así me vieran volteado a ver. Me senté en una banca en el patio, me dio no sé qué por tejer. Las pocas flores que quedaban atraían a las monarcas y a las abejas, los pájaros cantaban desde el mesquite y por momentos me sentí menos rota.

Y que cuando menos lo pienso, ese cabrón viene y se me para enfrente. “No te pongas así chula, cometimos errores. Ya no te enojes conmigo, te ves más bonita contenta”. Me quedé atónita, sentía un zumbido agudo opacándolo todo, me temblaban las manos y sentía todo el ácido de mi rabia emanando de mi cara. El calor se me bajó a las manos y yo nomás lo veía y lo miraba, es que casi no me la creo, tiene el descaro de venir a pararse frente a mí, de meterse a mi casa ¡tiene el descaro de mirarme a la cara!¡de traerme flores! El fuego me punzaba, me quemaba, me ardía. La sangre se me hizo lumbre y ya no me interesó contenerlo.

Me incendié, las manos se me prendieron y las llamas se me hicieron garras. De una bofetada dio hasta el suelo, ardió mientras yo lo miraba, mi fuego le derritió media cara, hasta que casi se le veía el hueso, así como se deshace la manteca en el fogón. Sus gritos me supieron a música, creo que hasta estaba sonriendo. El alarido dolorido violó el silencio aprisionante, así como Juan me violó mí. No importaba nada más, a penas así Juan sentía lo que él me hizo sentir a mí.

jueves, 27 de agosto de 2020

CARTAS A MARÍA CARTA CATORCE

 




Carta 14

8 de Mayo

Hoy no me desperté sudado, ni llorando, ni con la garganta seca. Hoy no me hizo molestia el cantar de las gotas de lluvia en la ventana. Mi vida se volvió desierto, pero ahora me parece María que sólo se hace silencio. A lo mejor por fin se me ha hecho un callo grueso en la boca del ardor que ha dejado el siniestro dulzor de tu aliento sobre mis labios. Por eso puedo beber del fuego de tu recuerdo esta mañana, porque ésta mañana el sonido de tus pasos al subir al tren me suena menos a plomo y más a nube. Ya tengo un callo para que no me haga pedazos.

Aunque tu fantasma insista en perseguirme a lo largo del día ¿cómo me doy a entender? Aunque tu fantasma me persiga incesantemente; al menos tu fantasma es un poco que puedo conservar de ti. De los momentos que corren por mis venas y del aroma de todas tus sonrisas de verano.





Es lo que me queda de ti María: tu fantasma acosándome a lo largo de las horas. Llenando mis noches de terrores y angustias, mis sueños de pesadillas y mi vacío de ti… con un poquito de tortura, que de cierta manera es tuya. Yo volvería hacerlo todo, todo una y otra vez María. Las metidas de pata, las peleas innecesarias, las escapadas y aventuras fuera de tu ventana. Esas reuniones secretas atrás de la panadería y todas las mentiras que tuvimos que decir para seguir bebiéndonos los labios un poco más. Yo volvería a vivirlo todo, incluso volvería a verte subir a ese tren con tal de besar tus labios una vez más, me arrastraría por este infierno de nuevo si eso me diera la bendición de tenerte en mis brazos. Pasaría por esto mil veces si con eso te tuviera cerca un poco más. Tenerte a ti y no únicamente el espectro fantasmal de todos los sueños que murieron cuando te fuiste, las almas de los hijos que no tuvimos. Se siente como un costal de carbón que llevo a cuestas colgado al cuello, oscila entre la ira y el pánico, pero jamás lo puedo desamarrar. Siento que soltar ese peso es como soltarte a ti. Es dejarte atrás. Yo no puedo dejarte atrás. No puedo desprenderme de ti y así tenga que verte subir a ese tren cien veces yo no te suelto. Estás en mí, en mi mente, en mi aliento, en la luz de mis ojos, en la sangre que corre de mis labios, en mis pesadillas y en cada poro de mi piel. ¿Cómo se arranca uno el alma de la noche a la mañana María? No se puede.



Yo me quedo prendado de tu fantasma y tú haz de andar viviendo la vida de reina ricachona con todos esos cachivaches que yo jamás podría comprarte con mi sueldo miserable de periodiquero. Vas a tener hermosos niños con mejillas sonrosadas que jamás tendrán sus pantalones parchados y calzones remendados. Que no andarán descalzos brincando en charcos de lodo después de las lluvias de verano. Que no comerán un bolillo remojado en chocolate, porque no alcanza pa otra cosa; cuando el invierno cala frío. ¡Qué van andar sabiendo tus hijos de la renta! De que no hay agua o que hay que prender el fogón.

Juan

martes, 23 de junio de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA TRECE


Carta 13


28 de Abril

Como ya no sé ni dónde estoy, a veces llegó sin quererlo a no sé dónde. Un día de la otra semana hasta me encontré con una procesión de boda, si fuera menos cobarde los hubiera matado a todos. Su felicidad escupe sobre mi miseria, no lo soporto, no puedo. Ya ni las risas de los niños que corren en la calle me parecen tolerables.

 Días más patrás me venían a bien, como que me daban a esperanza, verlos en inmersos en sus juegos, ellos haciéndose soldados, creyéndose Virreyes, soñándose de marfil o de papel. “Sólo son niños” me pensaba, “niños que qué van a saber de la vida”. Y ahí fue cuando me vino a madrear mi amargura; su ignorancia es gloria y en mi saber me doy cuenta que no hay remedio para mí, con algo de suerte para nadie tampoco. Con esas ganas de que me queme el aguardiente prefiero ya que a todos nos lleve la chingada.  Pero ni me quema ni nos lleva y así andamos de tenme en el aire, ni me decido a quemar la casa ni me voy a morir al desierto ni maté a los novios que iban a casarse. La novia era la hija de Pablo ¿te acuerdas de Pablo el que tiene su puesto en los portales? Y pensar que yo la veía tan chiquilla, tal vez nada más la amargura de perderte es lo que me hace sentir viejo. Porque éste abismo ilusorio de que ha pasado una eternidad me ha trasformado en un viejo desgraciado; solo y acabado. Viejo de amargura, de rabia, de penumbra.



Tal vez sí han pasado milenios, tal vez sí me estoy terminando de hacer polvo a mí mismo y a mi dolor, como bien no despierte de ésta pesadilla; prefiero hacerme polvo para irme volando. Lejos. Lejos de todo y de nada. Para ya no ver tus ojos cada que parpadeo. Para ya  no sentir el dulce aroma de tu cabello cada que sopla el aire. Para ya no percibir el penoso sabor de tus labios suaves sobre los míos. Es que de verdad que la carga es mucha María, me atormenta hasta cuando estoy despierto. No dejo de preguntarme si acaso pensarás en mí, si ya me habrás olvidado, si todavía me amas o si acaso me amaste alguna vez. Me ahogo María, me ahogo en éste océano de preguntas infinitas que jamás tendrán respuesta. Lo malo es que me ahogo y no me muero, no me termino de morir na más me duele y  me quema y me aplasta.

Me aplasta hasta hacerme nada, pero no me muero. 

 Juan


viernes, 21 de febrero de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA ONCE

Carta 11
8 de Abril


El duelo de perderte ha convertido toda música en silencio. Me he vuelto una máquina que se mueve al ritmo de la obligación. Ni sé por qué, me levanto, me visto, me trago mi tortuoso alimento, voy a trabajar, regreso a casa me tomo el aguardiente y hago como que me duermo.

 ¿Qué hago con la vida que me queda?

Hoy pasé por tu ventana, na más pa torturarme. Te esperé mirando la ventana, esperaba la salida del sol detrás de las cortinas. Cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que yo morí el día que te fuiste y yo no estaba ahí parado. Qué dulce sonido, el de la botella de aguardiente vacía al estrellarse contra el piso. Qué bella mirada fija, la del miedo doloroso sentado en mi silla de la cocina. Qué cálidos los besos de mis lágrimas que fluyen todas las noches. 


La vida pintaba mejor cuando me amabas María, porque había vida. Ahora no hay nada, las estaciones pasan y las horas se hacen polvo. El océano tempestuoso que hay entre tú y yo se embravece. Yo respiro y respiro cada vez más hondo, como si así me doliera menos. 

¿Quién te ha dicho que tienes ese poder María? ¿Quién eres tú para decidir si sale el sol? ¿Desde cuándo tu sonrisa es autoridad para la luna? ¿Quién te crees para echar toda mi vida a la basura subiéndote a ese tren? 

Es cierto, eres tú y tú lo eres todo. Eres la luz del sol, el aire y el agua. Toda la vida en la tierra y el cielo. Eres el regalo divino a la tierra, vaya que fui afortunado. 

Todavía no puedo con esto María. De verdad no sé cómo le hace la gente, para seguir caminando como ganado, para irse a hacer como que están viviendo. La cantina me parece un paraje tan extraño, tan feliz e idílico que se me hace insoportable, ya mejor me debería matar para que en el panteón ya no me torturen las preguntas que viven en mi cabeza. 

Desearía poder hablarle al amor que te tengo, gritarle y reclamarle. Decirle que ya por fin me deje solo, si se niega le azotaría la mollera contra la pared una y otra vez y otras más hasta que el cráneo se le hiciera añicos como los de mi corazón. Lo cortaba en pedacitos y lo enterraba debajo de mi catre. A lo mejor así me dormía en paz pensando que ya no te amo.

Juan
CARTA ANTERIOR
CARTA UNO

martes, 28 de enero de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA DIEZ



Carta 10

20 de Marzo

A lo mejor tengo que conformarme, te tuve y fuiste el sol; no cualquiera. Nuestras primaveras fueron las más bellas y hasta las más terribles peleas eran dulce néctar de rosas a tu lado. Ahora me quedé como trapo sucio arrumbado en la oscuridad de la nada pero tuve mis días de gloria. Imagínate a toda esa gente que jamás te tuvo en su vida, que no conocen la luz y el calor. Esos que no saben cómo es besar el aroma de las flores y el claro de la mañana. Yo tuve mucho más y no fue para siempre pero fue mío, instante de éxtasis y notas dulces de flautín.




Me quiero morir, hoy igual que todos los días. Pero hoy me doy cuenta de que fuiste mía, por casi nada pero mía, para mí, como mi sangre, como mis ojos y mis manos. Yo no soy nada, ya me había dado cuenta y lo que me hizo alguien fuiste tú. Me acuerdo que hasta la gente nos miraba como con admiración y envidia. Nadie me ha vuelto a ver así. Un día  Don Melcho me dijo en la cantina que  por qué no te olvido.

¿Cómo se borra a alguien de la vida María? ¿Cómo se le quitan a uno esas ganas de respirar el aire?

A lo mejor y si me muero al final de todo pero no me voy a morir porque quiera, me muero porque el aire en mi pecho se fue a vivir con un ricachón. A vestirse de novia y en nombre de Dios; darle los hijos que yo quería para mí. Mis hijos.
¡Es que no puedo María! No, de verdad no. Ya me quedé sin aire y sin sonrisas. Tú dime cómo María.

¿Cómo haces tú para tragarte todos los años que pasamos juntos y hacerlos nada?

Hay un universo entero separándote de mí, a pesar que te quiero, que te necesito y me haces falta para vivir. A lo mejor no me quieres ya, estoy seguro de que algún día me amaste. Me voy a morir sin ti y tú habrás de vivir tu vida bien bonita.
Mereces algo mejor, mereces el mundo entero María. Ahora lo tienes. Yo no tengo nada que no sea dolor y aquí me quedaré a no ser más que trasto desgastado que se pudre en el  rincón.

Juan


CARTA UNO
CARTA ANTERIOR

miércoles, 13 de noviembre de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA NUEVE





Carta 9

12 de Marzo

Ya me olvidaste María, he desaparecido. Tú  eres eterna, como la luz del sol. Te fuiste para no volver y tengo que hacerme a la idea. El sol no se percata del gusano que muere quemado por su calor. Tú no sabrás cuánto dolor me causo tu ausencia. Quisiera volver en el tiempo y morir ahí entre tus brazos, todos seríamos felices.

El tiempo sigue y sigue,  sin ti no soy nada. Polvo arrastrado por el torbellino de la realidad. No hay ni día ni noche María, ni luz ni sombra. No hay nada, absolutamente nada. La comida es una tortura una y otra vez, el aguardiente ni quema. Qué vida es ésta, donde el aguardiente no sabe a nada, no duele, no cala ni quema. 

A las gardenias se les acabó el perfume y el amanecer no amanece, se murieron todas las macetas de mi cuarto, si me baño el agua no está ni fría ni caliente. Ayer Marcela la de la cantina de Pancho me regaló un tequila, creo yo que por lástima, me lo tomé  y no me hizo nada. Marcela me vio con lástima y se fue. Cinco meses, cinco días, cinco horas que no he conciliado sueño sin tormentas. Las golondrinas de la madrugada están solas sin nosotros y nuestros besos. Tus labios son puñales espinosos en mi mente. Lo entregué todo, a qué quiero que vuelvas si te llevaste todo de mí.


El silencio de tu voz en mi vida me llena de amargura, miseria y tormento son mis compañeros en casa.

Esos hijos que no tuvimos hubieran sido hermosos, con tus ojos, con tu sonrisa, con todo tuyo y mi nombre me hubiera bastado. Creo que hasta para esos hijos es mejor que me dejaras, aunque no lo creas yo eso pienso. Esos hijos que casi fueron míos  serán más felices en una casa con muchos cuartos, con baño y con radio por las tardes. Hasta van a ir a una buena escuela, quién quita y a lo mejor se van a San Diego a estudiar para ser gente de bien. Aquí no más de chalanes de barrio, ese era su destino.

Yo creo que si yo fuera tú, también hubiera pensado en eso. A lo mejor lo hiciste por esos hijos María, esos hijos que míos o no siempre serán tuyos. Con tus ojos y sus pestañas, con la sonrisa de alba en el cielo.




Juan

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 CARTA UNO

CARTAS A MARÍA: CARTA OCHO





Carta 8
26 de Febrero
Vi a tu hermano Paco hoy, me rehuía  pero no le quedó más que pasar frente al periódico. No sabía ni como mirarme a la cara porque él sabe que yo lo di todo. Tú y tu madre me lo arrancaron de las manos y lo pisotearon en el suelo, cada que paso por la panadería sé bien que le escupe a las migajas embarradas en el suelo que solía ser mi corazón. Paco nunca fue mi amigo pero es hombre de palabra, yo sé bien que siempre pensó que un monstruo le arrebataba a su hermanita, a la princesa que debía proteger. Paco fue capaz de ver el valor del amor que te tengo, aun así no fue suficiente ¿verdad o no? Paco me vio y en su mirar me di cuenta de que algo de razón he de tener, porque no me mira con la soberbia del que sabe que está del lado correcto.

Hoy llovía cuando llegué al periódico y me topé con él, la lluvia le daba a entender lo que sentí. El cielo nublado se ve vacío. Sin tus ojos ya no hay más luz que la del candil de la calle. Me miró y sin tener a dónde más hacerse na más me dijo “Adiós Juan”.
A lo mejor a todos ustedes les convendría que yo me muera, así no tendrían recuerdo incómodo de lo que hicieron mal. Ya no les pesaría ver el ánima en pena; en la que me he convertido, vagando por las calles sin consuelo, es mucho para cargar en su conciencia.

¿Eso deseas mientras te encuentras contenta en tu casa María, que yo me muera?
Y yo aquí cual pendejo amándote, aferrado a pesar del tiempo y la distancia, aferrado a la esencia de tus ojos, al perfume de tu alma.
Esa sonrisa tan tuya que ilumina el universo, sé bien que serás para él trofeo brillante y hermoso, que él  te quiere pero también sé que no te ama, eres propiedad y premio. Para mí María, eres el universo entero. Antes de ti nada y después de ti sólo la muerte.
Te amo

Te voy a amar siempre, lo sabes.
¿Me odias aunque sea un poco?
Por lo menos al odiarme quiero creer que no me olvidas.

Juan.



CARTA UNO

jueves, 7 de noviembre de 2019

DETÉN LA OSCURIDAD


EL LABERINTO



He estado aquí entre tres y cuatro meses. Lo calculo a medias por mis periodos menstruales, pero me he deteriorado mucho así que es probable que este mes no lo tenga. Además, él lo detesta y suele ser aún más cruel que te costumbre en esas ocasiones. El resto del tiempo lo calculo por las veces que nos trae de comer. Una vez al día y cuando estamos heridas, dos. También estoy segura de que nos inyectó algún tipo de anticonceptivo cuando recién nos trajo. Yo podía sentir el pequeño ardor y un absceso en mi nalga cuando desperté, estoy segura de que no lo tenía antes y considerando que no me he embarazado a pesar de las violaciones me hace creer que eso era.

Hoy desperté escuchando un lamento extraño. Entre llanto y suspiro, pero muy bajo, se percibía muy cerca como para ser Martha, cuando escucho llorar a Martha es diferente, ya me sé sus llantos de memoria y esto fue distinto ¿Será el fantasma de Paula que ni en la muerte encuentra manera de salir? ¿Acaso será Mariana? Mariana lleva un buen tiempo entrando y saliendo de mi mente. Quién es o era, fue una de nosotras tal vez; atrapada en el laberinto de oscuridad que poco a poco se disuelve hasta empapar cada pasillo de la mente. Quizás es alguien de su pasado y por eso él la piensa aún ahora, una novia a la que quiso o alguien que le gustaba. Él no acabo en esta situación así porque sí. El laberinto de oscuridad lo cubre a él tanto como a las paredes que me rodean. ¿Quién era antes de convertirse en este monstruo? Todas éramos personas muy distintas antes de esto.  A Paula el encierro le arrebató todo instinto de autoprotección, la convirtió en una masa temblorosa incapaz de nada, finalmente en absolutamente en nada. Martha era bastante decidida y creo que en su esfuerzo por sobrevivir se ha vuelto como un ratón, moviéndose a hurtadillas para no ser detectada, pero haciendo el intento de apelar a la poca humanidad que pueda tener él. Creo que de cierto modo le funciona porque la prefiere, aún le es útil y mientras le sea útil no la va a matar.


Yo, yo por otro lado a duras penas puedo recordar quién fui antes del secuestro. Mis recuerdos se van haciendo lejanos y borrosos. Hace un par de días sin ningún motivo estaba pensando en mi departamento. Mi preguntaba si alguien habría ido a buscar pistas después que desaparecí, en ese momento me di cuenta que, no me acuerdo ya de mi propia casa. Mis cosas y mis muebles están muy tenues en mi mente, no sé si estaba en el segundo o el tercer piso. Tampoco me acuerdo de mi cama. Estuve divagando por horas tratando de recordar el nombre de mi gato, en cierto punto me caí en cuenta de que yo no tengo un gato. Tuve uno, pero se escapó poco después de que murió Javier y jamás volví a tener mascotas. Estoy tanto tiempo atrapada dentro de mi mente que las ideas se van torciendo, se hacen nudos y se empapan de negrura. No sé quién era yo ni lo que quería, qué cosas me gustan y cuáles no, cómo se llamaba mi gato y qué iba hacer el día de mi secuestro, cuánto tiempo había pasado sin ir a ver a mis papás, cuánto más sin salir con un hombre, cómo era cuando niña, cómo era antes de la muerte de Javier.
¿Acaso yo soy Mariana?
Y si no ¿por qué él me llama así? ¿por qué su fantasma atormentado viene a sollozar en mi oído por las noches?
PARTE 1
PARTE 2

jueves, 3 de octubre de 2019

DETÉN LA OBSCURIDAD


¿ME HAS VISTO?

Tengo que encontrar la manera de entender y abrirme camino. Tengo que tratar de entenderlo para encontrar una salida de aquí. Sigo con la idea de que la tenue luz que hay es para que alguien nos mire. Hace unos días mientras estaba conmigo, sostenía mis brazos con su mano derecha y me mordió un seno. Yo lo noté desesperar y voltear arriba al punto más oscuro del techo. No estaba concentrado en mí sino en ese punto de obscuridad ¿qué hay ahí? ¿por qué le preocupa tanto? Yo observaba su comportamiento mientras me veía lejos de mí. Él estaba nervioso, pero qué podría ponerlo nervioso a él mientras me está torturando a mí. Yo no lo atacó ni opongo resistencia ni grito. Me voy hacia dentro de mí, es como mi me hundiera entre las paredes de mi cuerpo, sumergiéndome en un mar de adormecimiento, lo miro a él lejano, arriba en la superficie. Entonces siento que me desprendo de mí, me suelto y yo ya no soy yo, dentro de mí: nada.







 Cuando me salgo de mi misma ya ni me duele nada, todo parece un sueño que yo veo de lejos, como desde arriba. Me puedo ver a mí y lo puedo ver a él, el cuarto y las puertas. Hasta noto que me tortura más por buscar una reacción que porque le cause algún placer y después voltea al techo. Casi disculpándose, inseguro y nervioso porque yo me he vuelto algo más parecido a una muñeca de trapo que a una persona.
La única explicación que tengo hasta ahora es que nos miran. Hay alguien allá afuera viendo esto, y esperando un resultado que yo no doy. Eso molesta y llena de la ira suficiente como para asustarlo a él ¡a Él! Por esa misma razón va más con Martha, ella todavía llora y se retuerce de dolor, ella todavía le es útil. Pero si yo no ¿por qué me conserva? ¿Por qué no me ha matado a golpes igual que a Paula?






¿Qué hay en mí lo suficientemente fuerte como para seguir manteniéndome con vida?

Poco después de que mató a Paula, cuando yo todavía lloraba vino a donde yo estoy en un momento poco común no sabría decir si era día o noche, pero fue antes de la comida. Llegó casi corriendo, azotó la puerta y ni siquiera la cerró detrás de sí. Me arrancó toda la ropa harapienta que tenía me violó contra la pared. Después me azotó contra el suelo y me dijo muy, muy bajo al oído “Mariana”. Sentí toda la piel de mi cuerpo erizarse, un sudor frío me recorrió la espina dorsal y por primera vez en mucho tiempo sentí tremendas ganas de llorar en pánico.  Se quedó dormido sobre mis senos por lo que me pareció una eternidad. Hasta ese momento no había tenido tanto miedo de nada de lo que me había pasado, lo sentía respirar sobre mí, abrazarme mientras estaba soñando. Entre sueños me volvió a decir “Mariana” y al cabo de mucho rato se levantó, cerró la puerta tras de sí y se fue.





No pude dormir por lo que debieron ser días ¿Quién es Mariana? ¿Por qué me llamaba así? ¿Qué pasaba por su mente torcida al abrazarme para dormir? ¿Habrá hecho a Mariana lo mismo que me hace a mí? ¿Quién nos está mirando desde el rincón más tenebroso del techo a toda hora? ¿Quién es? O mejor dicho quiénes son y qué quieren. ¿Qué querían de Mariana? ¿Qué le hicieron? ¿Mariana es la razón por la cuál han decidido no matarme todavía?

PRIMERA PARTE

miércoles, 17 de abril de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA SEIS





Carta 6

Febrero 12

Hoy afuera del periódico  había un músico cantando. Me ensordecí entonces, la música ya no me entra con nada, sin ti la vida no tiene música. No he podido concentrarme para ver mis recuerdos y la música me apuñala con las notas, es como si no viviera. Tieso como un pájaro muerto, polvoso y enmarañado en miseria, eso queda de mí.

La tierra bajo mis pies pareció secarse, no quería llorar ahí pero lo hice un poco. Los demás me vieron pero voltearon la mirada para evadir la pena. A mis años y con mi cara;  no fue un espectáculo bonito.  Yo sigo siendo nada y en todo éste tiempo me he dado cuenta que quizá fue lo mejor. Hubiéramos sido felices pero no tendrías todo con lo que has soñado. Pero me olvidaste, me olvidaste y subiste a ese tren sin siquiera pensarlo.

Hubiéramos sido felices.

Él llegó y la elección era muy fácil ¿no es así?  Eras demasiado para quedarte toda la vida lavando trapos sucios. ¿Qué significó todo lo que vivimos juntos? Yo di todo de mí ¿No te dolió ni un poquito dejarme así para morir? ¿Un poquito siquiera?

Cierro los ojos un poco y te veo dentro de mí, creo que no, no sentiste nada de nada. Ya pa qué pregunto. Él es todo lo que yo no, de buena familia; nada de borrachos y arrabaleros. Tiene casa, paga criados, hasta un chofer, fue a una buena escuela y sabe hablar francés. Tú estarás mejor con él, a lo mejor y serás un mero artículo decorativo como sus obras de arte, a los tipos estirados les gusta coleccionar cosas bonitas que les alegren el día. Tú eres la más bonita de todas. Era todo lo que esperabas de un buen marido, hasta es guapo. Yo soy un malviviente de poca monta que no sirve para nada, a quien todos abandonan, que no hace nada bien más que su tedioso y repetitivo trabajo. Yo te hubiera lastimado, porque no puedo ser quién tú necesitabas que fuera, tú ya hasta eres alguien más; capaz que te veo y no te conozco, ahora ya eres una señora de buena casa, no la muchachita que con su sonrisa me dio a luz en la colina de las flores, esa muchachita seguramente se murió conmigo.

Pero yo sé que hubiéramos sido felices María.
¿De verdad te fuiste para nunca más volver?

Juan.

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...