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viernes, 25 de octubre de 2024

DETÉN LA OBSCURIDAD


“¿POR QUÉ SIEMPRE ME DEJAS MARIANA?”



No puedo ni recordar lo que me hizo, pero ahora duerme. Parece muy tranquilo, está soñando. Cuando termina se duerme sobre mi pecho, respira muy profundo, suspira y se duerme, casi que se desmaya. Se ha vuelto un hábito de Él, yo resisto lo más que puedo, pero hoy me sienta mal sentirle el latido del corazón sobre mi vientre. Hoy no puedo. Me duele demasiado el corazón como para soportarle, con todo su peso sobre mí. Trato de retorcerme un poco para que se mueva, poco a poco se desliza un tanto hacía un lado. No es suficiente, Él es mucho más grande, alto y pesado, yo siempre fui más pequeña, siempre más débil y encima un tanto torpe, no puedo contra semejante fuerza, no pude buena y sana, menos ahora enferma, hambrienta y débil. Todo este tiempo aquí dentro ha hecho una mella profunda en mi cuerpo.

La oigo, puedo escucharla, muy quedito y está muy lejos, aún así la escucho, sollozando, lamentándose. Entiendo, aquí dentro no hay como dejar de lamentarse, todo es sufrir, hasta en la muerte. En cierto modo es igual que afuera, la vida se va en llorar, en perder, en dolerse. Yo he perdido tanto de mí que, si viajara en el tiempo, mi yo niña no me reconocería. A veces siento que yo siempre estuve condenada, pasé por una serie de cosas una y otra vez, tragedia tras tragedia. Es una maldición, llegué a esa conclusión cuando murió Javier. Ahí sentí que me habían arrebatado todo, pisaba y no sentía tocar el suelo, era como flotar, sentía el estómago muy lejos, se vencieron las rodillas no bien me dijo mi papá: “está muerto, Javier está muerto”. De lo que pasó después no me acuerdo, ya sólo me quedan recuerdos del funeral. Todo pasaban muy rápido y yo veía todo como desde lejos. La boca me hacía ácida y seca, no podía ni tomar agua, mi mamá no dejaba de llorar y a mí papá le escurrían las lágrimas hasta el suelo. Todos los que pasaban me decían: “ya está con Dios, está en un lugar mejor mija”. Como si eso me fuera hacer sentir mejo o remediar algo, no, todo estaba roto, irremediablemente roto. 

Encima de mi dolor, tuve que fletarme el martirio de que todos me dijeran cuánto les importaba Javier y lo mucho que iban a estar ahí para mí. Mi tía Nilda se llenó la boca diciendo que él iba a ser un gran artista, cuando pasó años haciéndolo menos, burlándose. Llegaron Josué y sus papás, hasta me abrazaron, casi se me sale una risa cuando Josué me dijo que podía recurrir a él para lo que fuera. Pablo no se separó de mí en ningún momento, todo el tiempo haciéndose el buen hijo, preparando café, trayendo pan, ayudando a mi Abue, consolando a mi mamá llorándole a Javier sobre el ataúd. A la noche yo me quedé a dormir en el cuarto de mi tía Concha porque ya no tenía fuerzas, cuando recobré consciencia ya lo tenía sobre de mí, él ya ni traía nada de ropa, ahí se le olvidó todo lo del buen hijo, todo lo amable y dadivoso que era, para hacerse de mí en un momento tan doloroso no tuvo empacho. Todavía tuvo los huevos de decirme: “es que así yo te demuestro mi amor” antes de vestirse y salir caminando sin un ápice de vergüenza.

No hay más que llorar, no hay más que sufrir, te entiendo Fantasma. Yo finalmente después de estar horas arrastrándome bajo de Él, puedo liberarme, me impulso como puedo hasta la esquina más lejana del cuarto, cuando siento que me jala violentamente por el tobillo, me grita: “¿Por qué siempre me dejas Mariana? ¿por qué nunca quieres estar conmigo?” Él se larga a llorar, lo intenta, pero no puede contenerse y yo lo intento y tampoco puedo, lloro con Él y el fantasma con nosotros.

Él se acerca conmigo, me cobija y me abraza.

Lloramos. Los tres lloramos.

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DETÉN LA OBSCURIDAD I

jueves, 7 de noviembre de 2019

DETÉN LA OSCURIDAD


EL LABERINTO



He estado aquí entre tres y cuatro meses. Lo calculo a medias por mis periodos menstruales, pero me he deteriorado mucho así que es probable que este mes no lo tenga. Además, él lo detesta y suele ser aún más cruel que te costumbre en esas ocasiones. El resto del tiempo lo calculo por las veces que nos trae de comer. Una vez al día y cuando estamos heridas, dos. También estoy segura de que nos inyectó algún tipo de anticonceptivo cuando recién nos trajo. Yo podía sentir el pequeño ardor y un absceso en mi nalga cuando desperté, estoy segura de que no lo tenía antes y considerando que no me he embarazado a pesar de las violaciones me hace creer que eso era.

Hoy desperté escuchando un lamento extraño. Entre llanto y suspiro, pero muy bajo, se percibía muy cerca como para ser Martha, cuando escucho llorar a Martha es diferente, ya me sé sus llantos de memoria y esto fue distinto ¿Será el fantasma de Paula que ni en la muerte encuentra manera de salir? ¿Acaso será Mariana? Mariana lleva un buen tiempo entrando y saliendo de mi mente. Quién es o era, fue una de nosotras tal vez; atrapada en el laberinto de oscuridad que poco a poco se disuelve hasta empapar cada pasillo de la mente. Quizás es alguien de su pasado y por eso él la piensa aún ahora, una novia a la que quiso o alguien que le gustaba. Él no acabo en esta situación así porque sí. El laberinto de oscuridad lo cubre a él tanto como a las paredes que me rodean. ¿Quién era antes de convertirse en este monstruo? Todas éramos personas muy distintas antes de esto.  A Paula el encierro le arrebató todo instinto de autoprotección, la convirtió en una masa temblorosa incapaz de nada, finalmente en absolutamente en nada. Martha era bastante decidida y creo que en su esfuerzo por sobrevivir se ha vuelto como un ratón, moviéndose a hurtadillas para no ser detectada, pero haciendo el intento de apelar a la poca humanidad que pueda tener él. Creo que de cierto modo le funciona porque la prefiere, aún le es útil y mientras le sea útil no la va a matar.


Yo, yo por otro lado a duras penas puedo recordar quién fui antes del secuestro. Mis recuerdos se van haciendo lejanos y borrosos. Hace un par de días sin ningún motivo estaba pensando en mi departamento. Mi preguntaba si alguien habría ido a buscar pistas después que desaparecí, en ese momento me di cuenta que, no me acuerdo ya de mi propia casa. Mis cosas y mis muebles están muy tenues en mi mente, no sé si estaba en el segundo o el tercer piso. Tampoco me acuerdo de mi cama. Estuve divagando por horas tratando de recordar el nombre de mi gato, en cierto punto me caí en cuenta de que yo no tengo un gato. Tuve uno, pero se escapó poco después de que murió Javier y jamás volví a tener mascotas. Estoy tanto tiempo atrapada dentro de mi mente que las ideas se van torciendo, se hacen nudos y se empapan de negrura. No sé quién era yo ni lo que quería, qué cosas me gustan y cuáles no, cómo se llamaba mi gato y qué iba hacer el día de mi secuestro, cuánto tiempo había pasado sin ir a ver a mis papás, cuánto más sin salir con un hombre, cómo era cuando niña, cómo era antes de la muerte de Javier.
¿Acaso yo soy Mariana?
Y si no ¿por qué él me llama así? ¿por qué su fantasma atormentado viene a sollozar en mi oído por las noches?
PARTE 1
PARTE 2

jueves, 3 de octubre de 2019

DETÉN LA OBSCURIDAD


¿ME HAS VISTO?

Tengo que encontrar la manera de entender y abrirme camino. Tengo que tratar de entenderlo para encontrar una salida de aquí. Sigo con la idea de que la tenue luz que hay es para que alguien nos mire. Hace unos días mientras estaba conmigo, sostenía mis brazos con su mano derecha y me mordió un seno. Yo lo noté desesperar y voltear arriba al punto más oscuro del techo. No estaba concentrado en mí sino en ese punto de obscuridad ¿qué hay ahí? ¿por qué le preocupa tanto? Yo observaba su comportamiento mientras me veía lejos de mí. Él estaba nervioso, pero qué podría ponerlo nervioso a él mientras me está torturando a mí. Yo no lo atacó ni opongo resistencia ni grito. Me voy hacia dentro de mí, es como mi me hundiera entre las paredes de mi cuerpo, sumergiéndome en un mar de adormecimiento, lo miro a él lejano, arriba en la superficie. Entonces siento que me desprendo de mí, me suelto y yo ya no soy yo, dentro de mí: nada.







 Cuando me salgo de mi misma ya ni me duele nada, todo parece un sueño que yo veo de lejos, como desde arriba. Me puedo ver a mí y lo puedo ver a él, el cuarto y las puertas. Hasta noto que me tortura más por buscar una reacción que porque le cause algún placer y después voltea al techo. Casi disculpándose, inseguro y nervioso porque yo me he vuelto algo más parecido a una muñeca de trapo que a una persona.
La única explicación que tengo hasta ahora es que nos miran. Hay alguien allá afuera viendo esto, y esperando un resultado que yo no doy. Eso molesta y llena de la ira suficiente como para asustarlo a él ¡a Él! Por esa misma razón va más con Martha, ella todavía llora y se retuerce de dolor, ella todavía le es útil. Pero si yo no ¿por qué me conserva? ¿Por qué no me ha matado a golpes igual que a Paula?






¿Qué hay en mí lo suficientemente fuerte como para seguir manteniéndome con vida?

Poco después de que mató a Paula, cuando yo todavía lloraba vino a donde yo estoy en un momento poco común no sabría decir si era día o noche, pero fue antes de la comida. Llegó casi corriendo, azotó la puerta y ni siquiera la cerró detrás de sí. Me arrancó toda la ropa harapienta que tenía me violó contra la pared. Después me azotó contra el suelo y me dijo muy, muy bajo al oído “Mariana”. Sentí toda la piel de mi cuerpo erizarse, un sudor frío me recorrió la espina dorsal y por primera vez en mucho tiempo sentí tremendas ganas de llorar en pánico.  Se quedó dormido sobre mis senos por lo que me pareció una eternidad. Hasta ese momento no había tenido tanto miedo de nada de lo que me había pasado, lo sentía respirar sobre mí, abrazarme mientras estaba soñando. Entre sueños me volvió a decir “Mariana” y al cabo de mucho rato se levantó, cerró la puerta tras de sí y se fue.





No pude dormir por lo que debieron ser días ¿Quién es Mariana? ¿Por qué me llamaba así? ¿Qué pasaba por su mente torcida al abrazarme para dormir? ¿Habrá hecho a Mariana lo mismo que me hace a mí? ¿Quién nos está mirando desde el rincón más tenebroso del techo a toda hora? ¿Quién es? O mejor dicho quiénes son y qué quieren. ¿Qué querían de Mariana? ¿Qué le hicieron? ¿Mariana es la razón por la cuál han decidido no matarme todavía?

PRIMERA PARTE

miércoles, 18 de septiembre de 2019

DENTÉN LA OBSCURIDAD


EL PEOR DE LOS PRINCIPIOS



Me niego a morir aquí. Simplemente me niego. No puedo quedarme así, despojada de toda humanidad. Desprendida de mí como si fuera una cosa, un trique viejo. Rodeada de polvo seco con olor a orina y a encerrado. Puedo escuchar las ratas que arañan los huecos entre las paredes, no puedo permitirme ser menos, ellas van y vienen a voluntad, yo estoy ahogándome en mi sangre y mocos secos. Sudo mucho, pero al mismo tiempo tengo frío. Ya hace un buen tiempo que ni siquiera tengo hambre.

 No tengo manera de estar segura, sólo lo sospecho: yo estoy al fondo del pasillo, donde la tubería da vuelta y topa con el drenaje. La luz tenue del pasillo no es para que yo vea, es porque hay alguien observando. En medio hay una puerta, la puerta tiene tres cerraduras, las escucho crujir cuando él se acerca. Track la primera, rack la segunda, crack la tercera. Una sentencia que anuncia su llegada. No importa cuantas veces, todavía tiemblo sin control cuando lo escucho, así sé que se aproxima, que todo terminará de nuevo conmigo bañada en sangre, azotada contra el suelo. La comida sabe a vómito, el agua huele a mierda, el piso es frío y las paredes húmedas, todo es bastante oscuro. No voy a morir aquí, no quiero.

Al principio éramos tres y estábamos juntas. Todas llegamos el mismo día y lloramos hasta dormirnos. Poco a poco contamos nuestras historias, nuestros secretos. Yo me di cuenta que él había salido de cacería y sabía como hacerlo, estoy convencida de que no somos las primeras y dudo que seamos las últimas, todo alrededor denota que lleva en esto un buen tiempo. A mí me agarró un jueves en la noche, odio los jueves ¡los detesto! Estaba distraída por las banalidades y el estrés de mi vida diaria, como la carga de trabajo. No me di cuenta que estaba cerca hasta que sentí su mano rugosa apretar mi cuello, sentí que me asfixiaba y algo me olía raro, no recuerdo nada más hasta despertar en el suelo frío y mojado, la oscuridad y el aroma a sangre coagulada, el dolor, el dolor en todos lados. Lo supe de inmediato, era el fin.

Uno escucha cosas en las noticias y de cada en cuando piensa “¿y si eso me pasara a mí?” pero jamás enserio, jamás con el peso de creer que sí puede pasarnos. A Martha la encontró mientras dio una vuelta errónea en una calle porque iba discutiendo con su novio al teléfono, iba gritando tan fuerte que tampoco lo notó hasta que lo tuvo de frente. Paula sí lo vio acercarse, él preguntó la hora y ella trató de ser amable “Yo ya sabía” me dijo una vez “yo sabía que algo estaba muy mal. Pero me dio más miedo ser grosera que no estar a salvo” decía sollozando “me preguntó la hora, aunque traía un reloj en la muñeca izquierda. Me congelé un segundo y me dio vergüenza. Le dije la hora y hasta le sonreí, después ya no me acuerdo”.



Paula no duró mucho. Lloraba y lloraba, cuando él venía era un completo escándalo. Un día se resistió demasiado y se orinó encima. Él estaba furioso, la cargó como si no fuera nada, la llevó aparte y la escuchamos gritar por lo que parecieron horas. Después todo se hizo silencio. Entonces Martha y yo lo supimos, lloramos en silencio y nos abrazamos apretujadas en una esquina. No pasaron más de unos minutos cuando lo oímos: Track la primera, rack la segunda, crack la tercera. Y entonces el azote de la puerta. La arrojó contra la pared y cayó al suelo, se desplomó como bolsa de basura. Él se fue sin decir nada y cerró la puerta detrás de sí. Paula todavía respiraba, pero muy quedito. Creo que la dejó ahí al menos tres días, ya apestaba mucho. Vino para llevársela y más tarde escuchamos el bramido de la caldera, pienso que la quemó por el olor a ceniza y cabello chamuscado.
Nos separó después de eso. A Martha a llevó a algún sitio hacia la izquierda, cuando va por ella y grita puedo oírlo. Desde que nos separó noto a alguien más llorando, pero mucho más lejos que a Martha, quizá ya estaba o trajo a alguien nuevo. A lo mejor ni es nadie y son los ecos atrapados del fantasma de Paula que sigue sollozando.

Martha es su favorita, la escucho gritar muchas más veces de las que él viene conmigo. Creo que es porque ella todavía pone algo de resistencia, yo ya no puedo. Cuando viene a mí trato de salirme de mi cuerpo, de estar tan lejos como pueda de mi mente. A veces se enfurece conmigo precisamente por eso, yo ya no le doy batalla y eso altera su temperamento. Hay veces que se enoja tanto que me toma y levanta por el cuello, me golpea contra la pared hasta que me da como sueño. Ya no lloro y tampoco grito, enfoco todas mis energías en los sonidos que produce el cuarto, el eco, las goteras, los rechinidos. Algo, algo puede darme indicios de dónde estoy y qué hay arriba. Si lo averiguo y soy lo suficientemente fuerte para resistir, me voy.

Es que yo no puedo morir aquí. Simplemente me niego.



No dejo de pensar en mis papás, qué sentirán ellos, qué estarán haciendo. Es que si nunca nadie encuentra mi cuerpo mi mamá no va a dejar de buscarme, nunca. Se quedaría flotando en un limbo de sinrazón, sin poder llorarme o decirme adiós. Y aún así ella es más fuerte, no me imagino a mi papá sobreviviendo a eso, es que él no sabría cómo. Mucho más porque yo se bien que nos  dábamos por sentado, ni cercanos ni ausentes; hacíamos como que nos importaba la vida del otro pero no nos metíamos.  Abrazos secos en Navidad y uno que otro mensaje cuando pasaba tiempo sin vernos, yo sé que desde que murió Javier él no volvió a ser el mismo ni él ni mi madre ni nadie, creo que precisamente por eso me reúso más a dejarme morir aquí, ninguna madre debería enterrar a todos sus hijos.

Además, y aunque sea algo absurdo, quiero que alguien de afuera se entere de nosotras. Algo en mí me dice que esto va mucho más allá de Paula, Martha y yo. Antes cuando estábamos las tres juntas y nos violaba de una a una, solía llamarnos por nuestros nombres ¿cómo sabe nuestros nombres? ¿nos había estado siguiendo o sólo fue oportunista? Mientras más lo pienso menos sentido me hace, yo salía tarde del trabajo los jueves y además ese jueves hicimos inventario, perdí el último camión directo y tuve que caminar a la estación que está a dos calles. Si no hubiera perdido el último camión no me hubiera atrapado, pero al mismo tiempo si no sabía que yo cierro los jueves no hubiera habido nadie a quien atrapar, el resto de la semana los encargados de cerrar son hombres y como no hay más hombres encerrados aquí asumo que no le gustan.



A Paula le habló directamente, pero eso al mismo tiempo iba más con ella. La clase de persona que se detiene a dar indicaciones, la que ayuda a otros en la calle, aunque se le haga tarde, cortés y tranquila, de esas que evitan confrontaciones. Martha es más valentona, varias veces sugirió en abalanzarnos todas contra él para salir corriendo, yo no soy distinta, de haberlo visto de frente al menos un buen escándalo le hubiera armado. Pero nos atacó desprevenidas, sin esperarlo asi que algo nos conocía. En cambio, con Paula quería ser visto, quería que ella supiera ¿Por qué? ¿Acaso ella lo había visto antes y quería que lo reconociera? Tengo que encontrar las respuestas y quizás alguna de ellas me ayude a salir de aquí. Porque yo no puedo morir aquí, me niego. 

martes, 14 de mayo de 2019

MADRASTRA






El rey tuvo tres hijos                     
el  mayor era ilegítimo.
El segundo de la reina, 
único primero y favorito.

Juanito era el bastardo
De cara pecosa que lo dejaba muy claro.

Por las noches la reina lo miraba
 mientras el pobre soñaba.
A ella le confortaba el sueño 
de rebanarle la garganta
Darle de comer a los perros
La carnita suave de su cara
De no verle más y no verle nunca.

“¡Mátalo! ¡Mátalo al bastardo!
Que ni un rastro sólo quede. 
Si no lo ha amamantado mi pecho
  ¡que lo entierren en la nieve!”

A los guardias del palacio en secreto les pagó,
para que pierdan a Juanito
 y se vuelva un mito entre las voces del rincón.
Que las horas que respire, 
se hagan cortas, se hagan nada.
Dejen sus ojos cerrados ya por siempre bajo las palas.
Que los diablos del infierno se rían de sus hazañas.
Lo devoren a jirones su carnita pecosa y blanca.

Fuertes los pasos por los pasillos resonaban.

Puñales y afiladas navajas
Desfilaban de una en una
Como caer de una cascada.

Azotes de puertas y un llanto cayado
Pues cuál fue su sorpresa
Al encontrar al rey sentado
Esperando su asistencia.

Ahí murieron todos y cada uno,
Sin chistar ni sombra
Y ahora camina, camina alegremente la reina.
Camina por los pasillos del palacio
Cargando su cabeza por la alfombra. 



martes, 9 de abril de 2019

EL HOMBRE EN EL ROPERO




La abuela murió. Fue un domingo por la mañana, pero bien pudo haber sido media noche; llovía tanto que casi no se veía tres pasos adelante. Mi mamá me sujetaba fuertemente de la mano mientras caminaba, ausente, lejana. Ahogada por las sombras a su alrededor. Hacía frío, todavía me acuerdo: me dolían los huesos de traer puesto el abrigo de lana empapado. Los deudos eran pocos, casi todos viejos, medio muertos, aletargados y silenciosos. Mi hermano Paco y yo estábamos cansados, toda la noche en vela agarrándole la mano fría cuando ya ni parecía que estuviera ahí. La verdad me acuerdo poco de ella, casi nunca íbamos a verla al rancho. Además, que poca gracia le hacía si jugábamos con las gallinas, todo olía a vaca y cuando hacía mole el guajolote descabezado nos correteaba hasta desangrarse. Nos gritaba si brincábamos en su cama “¡Ya te dije que va salir el viejo sin pellejo a lamerte la cara!” o “Te va a llevar y ni los huesos va a dejar” para alejarnos lo que más pudiera de sus cosas.

Pero mi mamá la quería mucho o eso dice. Mi abuelo se murió por subirse a un buey de arado una vez que andaba borracho, quién iba a decir; un güey arriba de un buey. El buey iracundo lo arrastro por la milpa hasta que casi lo dejó sin cara. Mi mamá tenía quince años. Después de eso mi abuela juntó todos sus ahorros para mandar a mi mamá hasta León a que estudiara una carrera comercial. Unos años después mi mamá conoció a mi papá, ella era secretaria del director de un banco y mi papá era su contador. Mi abuela nunca lo quiso nada, decía que esos güeros de Guadalajara no sirven para nada. Que no son hombres de deveras y esas cosas que dicen los viejitos porque en los ranchos no hay agua corriente y apenas tienen luz. Sólo se quedan ellos con sus fantasmas y están muy acostumbrados a ellos cómo para dejarlos ir. 

Cuando ya por fin la enterraron y todos se fueron tuvimos que bajar el cerro de regreso, entre la tierra lodosa. Paco se cayó dos veces, ella ni voltearlo a ver quiso. Se embarró todo de lodo de ese que pinta de rojo. Llegamos a la casa, mi mamá no nos hablaba, pero ayudó a Paco a cambiarse y se puso a hacer un caldo para la comida. Comimos caldo de res con arroz rojo, para calentarnos. Afuera todavía llovía a cántaros, parecía que mi mamá era el cielo y dejaba caer su tristeza sobre nosotros, la casa, el rancho y las gallinas. 

Quería irme desesperadamente, nunca me gustó estar ahí. Para cuando por fin cayó la noche nos hizo dormir en la cama de la abuela, la cama dónde se había muerto; sólo porque era la grande. Nos arropó y cantó una canción que le cantaban a ella, una de las canciones viejitas para niños que dan más miedo que nada. Sin mirarnos a la cara, como si ni quisiera que estuviésemos ahí.  El diluvio no paraba, a lo lejos se oía a un burro sufrir con cada trueno. No podía dormir porque la cama todavía olía a ella; naftalina y jabón hecho en casa. Un rayo iluminó la habitación, pude ver el ropero viejo frente a mí con sus apolilladas puertas cerradas y el pequeño espejo empotrado cubierto de polvo. Me dio miedo, hay algo con los espejos en la noche; como que reflejan cosas que uno no quiere ver.

El chillido del viento azotado por la lluvia, la gotera frente a la cama y el recuerdo de ella no me ayudaban a cerrar los ojos. En medio del escándalo de silencios un estallido frío me invadió el alma. Era el rechinido de la puerta del ropero, lento y atacante. Sobresalto inmóvil, un susto ahogado, contenido y estático. La respiración se me agarrotaba tras la garganta, inerme e incapaz de cerrar los ojos; deseando intensamente desaparecer. El galopante palpitar de mi corazón me empujaba hasta el fondo de mí. Ahí fue cuando lo vi. Emergió lentamente, reptando, estaba hecho como de niebla, como de humo. El vacío del silencio lo inundó todo, me ahogaba. Trataba de contener todo movimiento, sentí que al parpadear produciría estruendo comparable al estallido de una mina.


Era inevitable, girando su rostro trasluciente lentamente fijo su mirada en la mía. Sus ojos eran de perro a nada de morder, su boca mueca deformada; casi me sonrió. No podía moverme, no era capaz de reaccionar, los gritos más fuertes que jamás he pegado se murieron ahogados. Entonces avanzó, movió sus pesuñas de niebla hacía la cama, mirándome presa fácil. Con extrañeza me di cuenta de que no era raro sino súbitamente familiar, sus facciones y movimientos, tan parte de mí como mis manos o mis pies. Tan familiar como era Paco, dormido junto a mí. Mi respiración se hacía tormenta a cada paso que el hombre daba. Al borde de la cama sobresalía mi pie derecho, se detuvo, lo miró y con sus garras de buitre un ligero cosquilleo me dio. De golpe me incorporé en la cama y así de golpe ya no estaba. Al mirar al lado izquierdo un reptil lengüetazo me mojó la cara, era él respirándome al oído y conteniendo una carcajada. Las lágrimas me brotaron incontrolables, escuché el rechinar de la puerta del ropero, volteé a mirarle. Estaba ahí parado, sereno y callado. Su sonrisa burlona hizo sudarme, ahí fue cuando se llevó un dedo a la boca deforme, con su sonrisa de complacencia me miró fijo y con un gesto insinuó callarme. Primero metió un pie y luego el otro, así siguió hasta que sólo su cabeza torcida continuaba mirándome, cerró entonces la puerta durante una eternidad que duró un instante.



Un trueno de estrépito y un rayo de luz me provocaron sentarme, seguía llorando y no podía controlarme. Paco despertó, encendió la lámpara del mueble de noche, me miró, me abrazó y sostuvo fuerte. “¿Qué ha pasado? ¿Qué te ocurre?” yo no era capaz de hablarle, aún creía su lengua pegajosa lamiendo mis lágrimas saladas.
No importa el tiempo ni los años que pasen, aún por las noches veo sus ojos en la oscuridad mirándome. Un escalofrío sudoroso recorre mi espina al pensar una y otra vez que él era tan familiar, tan conocido como lo son mis manos, mis pies, como Paco yaciendo dormido, como la luna al anochecer. 

lunes, 25 de marzo de 2019

LETTERS TO MARÍA: LETTER FOUR



LETTER FOUR

JANUARY 29TH

So long ago that not matters how drunk I am, I can’t laugh at all. Not from other drunk fights at Pancho’s cantina neither of the Priest’s sermon at church. Nothing at all, as I am, nothing.

Today I saw your mother on my way to the News Paper office, she was opening up the bakery and sweeping the sidewalk. “Good morning Juan” and I had no other remedy than reply “Good morning Mrs. Alma”. Since you left in the train I haven’t had such awkward interaction. Your mother never liked me and I know it, it’s no secret to anyone. Am not stupid Maria; she had a lot to do with you leaving with him.

 And some right to do it too, he will give you a home and provide for you, he can buy you pretty dresses and pots with huge flowers. What kind of life I could have given to you?  If not the same as hers, life of working woman from small town, with dry hands of clothe washing, scratched knees of grinding corn in the stone metate, with bags under the eyes of countless hours at candle light mending socks.

Yes, it would have been like that. No more than working people’s living, full of broken pants and patches, a single pair of shoes and beans for meal. It would have been like that with me, just walking the parks and markets without buying and seeing upper class children with their lemon sherbets. Living in poverty and worries. You covered in cooking flour and myself covered in paper ink. With happy noisy children running everywhere, dirty and mended, but with sunshine smiles like yours.

Because with love, even sleeping under a fig's shade… maybe there was no more love and that’s it.

I would have given my life for that smile of yours, in some ways am giving it for you. I lay here in this deep dark abyss and you up there, lighting it all, surrounded by everything you wished for. A huge garden, a house of your own, a maid to avoid the scratchy knees, no starched clothes and even a radio.

I didn’t ran after it and hanged from that train’s window because of your happiness, as shallow it seems, a vain smile of your is worth so much more than my entire life for me. I’d die another and thousand times to make you smile. Am rotting and writhing in pain and all to avoid you to sleep in some old cot the rest of your life.

Juan



martes, 19 de marzo de 2019

THE MAN IN THE WARDROBE




Grandmother died. It was a Sunday morning yet could have been midnight; pouring rain blinded all three steps ahead. Momma hold my hand strongly while she walked, absentminded, gone. Drowning by the shadows around her. It was cold, I still recall: my bones hurt of carrying the sodden thick tweed coat. Little few mourners, slow, sorrowful, silent, elder and almost dead barely all. My brother Paco and I were tired, sleepless night holding her cold hand while she seemed already late. Honestly, I own counted memories of her, rarely went to visit her to the ranch. Besides she shown herself unpleased if we played with the chickens, everything smelled like barn and when she cooked Mole the headless turkey used to chase us pouring blood to dead. She yelled if we jumped in the bed “I warn you, the skinless man will come to lick your face!” or “He will take you and no bone will be left!” to keep us away from her belongings.

But Momma loved her or that’s what she says. Grandfather died when he rode a Plow ox while he was drunk, who would have said; a stupid beast ridding an animal. The ireful ox dragged him through the cropping field until he was faceless. Momma was fifteen. After that grandmother took all her savings to send Momma away to Leon City to study a service career. Years later Momma met Papa, she was the secretary of some Bank manager and he was his accountant. Grandmother never liked Papa, she used to say that those blondies from Guadalajara are useless. That they are no real men and all those things that old people say because in the country side there’s no piped water and they barely have electricity. They are left alone with their wraiths, they are to bonded with them to let them go.
When they finally bury her, everyone had to walk back down the hill in a muddy path. Paco fell twice, Momma didn’t even look at him. He ended up foully red, with that red mud in the ground. We got back home, Momma was speechless but she helped Paco get changed and started to cook a stew for our meal. We ate beef stew with red rice, to warm up. Kept raining outside, seemed as if Momma was the sky and poured all her sadness over us, the house, the ranch and the chickens. Desperately wanted to leave, I never enjoyed been there. Finally night fell, Momma made us sleep on Grandmother’s bed, bed where she had died; just because it was the big one. She covered us and sang a song that was sang to her, one of those old children songs, creepier than anything. Without a glance, as if we were not there. The unstoppable rainstorm, a donkey’s frenetic howl could be heard with each thunder. A ray lighted up the entire room, I saw the old wardrobe in front of me, with it’s moth-eaten doors firmly closed and the tiny set-in mirror covered in dust. It gave me chills, there’s something odd about mirrors in the night; as they can reflect things that one doesn’t wish to see.

Yowl of wind stroked by rain, water leak sound and her image inside my head did not allowed me to close my eyes. In the middle of this scandal of silences a cold blast invaded my soul. The preposterous squeak of the wardrobe door, lingered and predatorial. Motionless shock, detained fright, contemned and static. Breathing hoarding behind my throat, vulnerable and unable to close my eyes; desperately wishing to disappear. The rampant beating of my heart pushed me to my deepest insides. There’s when I him. Inchmeal emerging, crawling, made of mist, of smoke. Empty silence flooded all, I was drowning. Tried to hold every little move, I felt if I blinked the clangor produced would din as a mine’s explosion.


Was inevitable, he turned his translucent face to slowly stab my gaze with his. His reflecting eyes were of dog soon to bite, his mouth a deformed grin about to smile. I could not move, I could not respond, the loudest screams I never got to yell died bounded inside me. Then he wagged, clanged his foggy claws to the bed, noticing me, easy prey.  Estranged I realize his face vividly familiar, his misshapen factions and movements, as known to me as my hands and feet. As accustomed to him as I was to Paco, sleeping profoundly by my side. My breathing raged a storm with every move the man gave. My right foot bulged at the edge of the bed, he stood, look at it and with his vulture claws tickled me slenderly.

Hastily I sat on the bed and so hastily he was gone. With head foremost I felt it, a reptile lick wet my face, him, him breathing at my ear and holding a horselaugh. Tears burbled uncontrollable, made me blind. Heard the logy squeak of the wardrobe door and turn rapidly to watch. He was standing there, calmed and quiet. With jesting smile made me sweat, he took a ghostly finger to his malformed smirk, pleased looked straight at me and made me shush. Entered a foot, then the other, so on until only his twisted head was aimed at me. The door closed during an eternity that lasted but an instant.

A thunder stroke and ray light made me leap up, I kept weeping unable to stop. Paco woke up, turned the lap on, looked at me, hugged me and hold me strongly. “What happened? What’s wrong” I could not say a thing, I could feel his stinky reptile tongue licking my salty tears.

No matter the time, no matter the years, by night I can still see his eyes in the dark looking at me. Sweaty goosebumps come down my spine to think over and over again that He was so familiar, so known as my hands, my feet, as Paco sleeping by my side, as moonlight in the darkness of night.



martes, 12 de marzo de 2019

THE HUNT



I can feel it.

Barely woke and knew it, without a doubt; was there lingering in the dark of the night. Looking for me, I sensed it. “Do not move. Do not move!” I said to myself. I certainly knew that the minimal sound would make him turn at me. I barely saw him passing by a fainting window light. I should find a way out without any noise. I could hear his mirk breathing, agitated and uncontrolled, practically excited.

The iron bed was a problem, every little move meant a squeak and I could not afford such luxury. He was close, I knew it. Every second full of uncertainty was more and more shuddering. Then could hear the gushes of slobber dropping down from his jaw to the ground. I wished my sheets were steel, so I could cover peacefully, but were just a gnawed and dirty piece of linen. I heard his menacing claws creaking and scratching violently the surface of the wooden door, while my trembling became convulsive and hysterical. He got out, at least I assumed that.

Opportunity, the only one. Carefully to the obsession and without any peep I sat up. My first feet leaned out by the edge of the bed turned to a jump to the abyss of hell. I held my breath, transformed into feather, into mist. Touching the ground rugged feel was a relief. Then the other, unpredictable leap to the distant ground. I stand to the rusty yell of the bed. No way back, he heard me, getting back for me. Thrown myself by the door, waiting for him. He returned banging the door against the opposite wall. “Do not move! Do not move!” I kept telling myself, “Do not move. Do not move! Turn into wall and darkened shadow” I did what I must. He examined the bed carefully, almost sniffing like a hound, ripped up the sheets by pure impulse. That’s when I ran, now or never, ran to find a long and somber hallway. Kept running with instinct as only guide. Hid under a staircase when I perceived his steps behind mine.

I can feel it, I feel it now! He comes for me, he knows my name, my scent and gloats thinking in my taste. “Do not move! Do not move!” as always; “Do not move! Do not move!” or he could see. Over and over again, with no resting peace. No matter the years, no matter the time passed, I have not found costume to this chase, to his cynical crackle claiming victory, to the strain of my flesh, the flush of my blood, to the eternal hunt for my guts every time it gets dark.


viernes, 8 de marzo de 2019

ENJAULADO



Hay un pajarito
Un pajarito amarillito
Que se para en una rama,
En una rama torcida
De nogal.
El nogal está seco,
El pajarito amarillito
Me mira a través de mi ventana.
Picotea con su piquito,
Para buscar bichitos.
Yo miro el grillete en mi tobillo
Corroído de sangre seca,
Suspiro y me sonrío
Soñando en ser como el pajarito
Que cuando se cansa del nogal
Vuela.




La Cacería


Puedo sentirlo.
Cuando desperté ya lo sabía, no cabía duda; estaba ahí acechando en la obscuridad de la noche. Me buscaba, yo podía intuirlo. “No te muevas ¡No te muevas!” me decía en mis dentros. Sabía perfectamente que el más mínimo sonido lo llevaría hasta mí. A penas pude verlo pasar frente a la tenue luz de la ventana. Debía encontrar la manera de escapar sin hacer ruido. Escuchaba su turbia respiración, agitada y desmedida, casi de emoción.
La cama metálica era un problema, cada movimiento significaba un rechinido y no podía darme ese lujo. Estaba cerca, lo sabía. Cada segundo de incertidumbre se volvía más y más estremecedor. Podía escuchar los borbotones de saliva escurriendo de sus fauces hasta dar con el piso. Deseaba que la sábana fuese de acero, así tendría a bien cubrirme, pero sólo era un roído y sucio pedazo de lino. Pude escuchar el crujir de sus garras amenazadoras rasgando violentamente la madera de la puerta, mi temblar era convulsivo e incontrolable. Salió, al menos eso entreví.
Una oportunidad, era la única. Con todo cuidado y con el menor ruido posible me incorporé. Al sacar el primer pie por el borde de la cama sentí a punto de dar un salto hacia el abismo. Contuve la respiración, me hice nube y pluma. El toparme con el rugoso tacto de piso fue un alivio. Luego el otro, impredecible salto a la profundidad del lejano suelo. Me puse en pie y la cama soltó un alarido de óxido. No había vuelta atrás, me había escuchado, volvía por mí. En estrépito me coloqué junto a la puerta, aguardando su llegada. Regresó azotando la puerta contra la pared. “No te muevas ¡No te muevas!” me decía una y otra vez, “No te muevas ¡No te muevas!” hacerme muro y sus sombras era lo que debía hacer. Inspeccionó la cama, casi olfateando, desagarro la sábana hasta deshilarla. Fue cuando salí corriendo, topándome con el largo y lóbrego pasillo. Corriendo a ciegas con la sola guía de mi instinto. Me escondí bajo la escalera porque noté sus pasos tras los míos.
Lo siento en mis tripas, viene por mí, sabe mi nombre, conoce mi aroma y se relame pensando en mi sabor. “No te muevas ¡No te muevas!” como siempre, “No te muevas ¡No te muevas!” o podrá verte. No importa los años que pasen no he podido acostumbrarme a esto, a sus risotadas de victoria y el desgarro de mi carne, a la eterna caería por mis entrañas cada vez que cae la noche.

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...