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miércoles, 25 de junio de 2025

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

 

Carta 18

Septiembre 29

Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Penitencia de enclaustro, martirio de santo. Cargando a diario la insoldable pena de tenerte tan cercana como las estrellas.

Siempre serás de otro.

Y yo me quedaré añorando en la penumbra. Apostado cual vigía, bajo el balcón de la ventana, de la casa que solía ser tuya. Como los grillos cantan sus sonatas, en las noches sin lluvia; yo aquí asentado en mi nicho, canto y canto las melodías del otrora, diáfanas luciérnagas en el firmamento de mis remembranzas. Ahora tú, titilante, te vuelves un rumor cada vez más lejano.



Eres otra, aunque seas tú; y quién tú eres ahora es una extranjera de mí. La María a la que yo amaba, la dulce, sonriente, silvestre y revoloteante María a la que yo amo, ha muerto. Murió conmigo aquel día que te subiste al tren. Las evocaciones elusivas de mi amante, mi espíritu gemelo, son sólo quemaduras de luz, en los ojos de mi memoria.

Tú (la de entonces), así como tu amor por mí, ya no están aquí, en este plano terrenal. Son atisbos de fuego arriba en lo alto, con los ángeles y los santos. Existes sólo donde nunca podré alcanzarte, donde mis manos impuras jamás podrán tocarte. Es un maleficio, una tortura perseguir el espejismo de ti. Atormentado por el fantasma, las sombras, la silueta que justo ahora veo en tu ventana, no es la real, pero es la María que aún hoy me ama. La verdadera tú, a trescientos kilómetros y un día en tren, ella está en su gran casa, en el calor de su cama. Esa María abraza al hijo que tanto ama, y le canta canciones que sólo solía cantar para mí.

He perdido una guerra que jamás podría ganar. He batallado en el frente equivocado durante estos años. Siempre embriagado en el odio hacia su aborrescente padre, siempre peleando contra él.

Admito mi derrota, porque frente a ese hijo (que pudo haber sido mío) no tengo arma alguna. Sólo me queda poner las manos al aire, las rodillas al suelo y me rindo, mi guerra está perdida.

 

Juan.



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CARTA UNO

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lūk

 

Lūk

Principio I



 Vagas lenguas de los antiguos y los marinos del norte solían decir que hubo un antiguo reino, majestuoso y encantado por igual, con parajes mágicos y leyendas tristes, de las que suele hablar el viejo cazador de la arboleda, Uhie gûr, El grande, líder del Alta Boscosa de Norna Mear. El pobre viejo, ciego y sin dientes, sus arrugas le cubren la frente, la piel quemada por el frío y el inevitable pasar de los años, encorvado, pero aún de pie, con la mirada perdida y llorosa, lejana en una distancia que no consigue alcanzar. Casi bardo, casi poeta, a veces cuando la noche es cálida y no hay nubes en el cielo; él cuenta historias de tiempos antiguos, historias que días lejanos, otrora llenos de victorias, de bailes y luz, al fuego de la fogata, cuenta a los niños pequeños. Seis generaciones crecieron de niños de pecho a hombres de caza, escuchando sus leyendas, soñando a la luz de un acogedor fuego, leyendas que su antiguo reino, antes del Ntwa koma kɔkɔɔ, antes de La lluvia de fuego y  el Hielo de los veinte años. De sus historias, la preferida, siempre esta.

Junto a una pequeña villa de ese antiguo reino, había un bosque plagado de mitos y secretos, bosque atiborrado de los monstruos sobrevivientes al era del əNˈNōn, criaturas tenebrosas con fuerza primitiva de Nysha, que atormentaban a los pocos infortunados que por error atravesaban sus parajes. Sólo los fuertes, los erguidos, los cazadores eran capaces de sobrevivir. Por eso los hombres debían erguirse y cazar. Los jóvenes cazadores al llegar al año dieciocho debían probar, ante los viejos de la villa; su hombría, su fuerza, su valía y así ganar su cadena de Chāy para ser hombres libres, adultos, cazadores. Lūk, joven fuerte y alto, de piel lechosa y amarillenta, de ojos grises de niebla, cabellos negros como el árbol del Tëhm al hombro, esbelto pero muscular, con ojeras violáceas, una barba tímida y esparcida a manchones, cara más de niño que de hombre. Lūk, por noches enteras, se sentía tentado a internarse en ese bosque de leyenda, desde que era un niño de seis, sentía en sus entrañas una voz que lo llamaba a internarse en ese mítico bosque, que se postraba a un par de páramos frente al umbral de su puerta. El bosque llamaba a Lūk y Lūk llamaba al bosque Misterioso y tétrico, pero siempre seductor. Decían los mayores estaba poblado de Efrits, Ninfas, Dĕks y Kārs̄. Nunca existió en sus mente la duda, el vínculo se había forjado en el misterio de los sueños. Para ganarse la cadena, y con ella su mayoría de edad, debía llevar su peso en caza, quizá renos o ciervos, en el peor de los casos conejos y en verdad muchos conejos. Pero la victoria verdadera se encontraba, simplemente, por atravesar el umbral. 

Hablaban las lenguas olvidadas, del Rị̀ nā, monstruo bestial, con la fuerza de un Miltoro y la cabeza de un belobo, con alas de Kārs̄ y cola de serpiente crepuscular, nadie le había visto ni le había dado caza jamás, se sabía por sus gritos de agonía y soledad, que retumbaban haciendo ecos en el bosque de la montaña. Con esto en mente, Lūk se armaba de valor la mañana de su iniciación, suspiraba profundo y temblaba un poco, era el momento adecuado para demostrar su valía, aunque mínima, existía y le hacía fuerte y digno de un futuro mejor que el de la escoria que lo precedía. Se vistió por completo de armas, besó de adiós a su madre y salió al horizonte. En la ceremonia tiritaba, tratando de ocultar la mirada de sus pares, que se regocijaban en júbilo ruidoso, no pudo ni oír palabra alguna del sacerdote, como poseso fijó su mirada tras el páramo y caminó hacía el bosque de la montaña, que se tendía sobre un mar de paja dorada.  Le tomó toda la mañana internarse en el bosque, el resto de los jóvenes habían escogido la opción más obvia de una pradera de pastizales repleta de animales de caza pero a Lūk le gustaba correr riesgos, al fin y al cabo  nunca tuvo nada que perder. Siendo el único que se atrevió a poner pie en ese bosque en cien años; todos creerían que lo invadía la locura, y tal vez, así era. Único hijo de un tabernero borracho, pálido y maltrecho como él, y una lavandera ciega, de piel oliva y cabello tan negro como la noche, de ojos ámbar y rasgos finos, una belleza oculta bajo el peso de lágrimas y tragedias. Jamás sostuvo con sus manos riqueza alguna, ni aspiró a heredar gloria de nadie, siendo nadie para el mundo, éste poco importa para él.

 Al internarse, trepidaba de miedo en la oscuridad provocada por la espesura del bosque, tras momentos de caos, el silencio y la quietud le revelaron que al menos en ese momento era como un bosque cualquiera, con sus peligros por su puesto, timosos, rezorros, socavones y barrancos disimulados por la hierba. Le seguía el rastro a un venado blanco a eso del medio día, pero le tomó más de seis horas alcanzarlo lo suficiente como para dispararle. Tensó un arco corto y una flecha con punta de pedernal, respiró profundo y abrió bien los ojos grises. Cuando por fin estaba a punto de disparar, escuchó un sonido lejano, un sonido envolvente e hipnótico que le hizo errar el tiro y llevó a su flecha hasta un viejo árbol, y al venado blanco a correr despavorido. Era una voz, la voz dulce de una mujer, una melodía volátil y frágil, que atizaba una nana al viento en una lengua desconocida y con un clamor extraño, dulce y amargo a la vez, casi como un abrazo de despedida.

 Siguió la voz a la montaña del Oeste y ahí pudo ver un sauce de lágrimas, circundado por un pequeño arroyo, un aro de rojongos moteados, pequeños cantasombras y hueledenoches. Ya el sol llegaba a su declive y la noche se veía cercana, el arrebol en el cielo teñía el aura roja, sonrosada y aurífera. La canción le hechizaba y lo obligaba a seguir caminando, como un manto delicado que tiraba de él hasta sus entrañas, suave pero firme, su vida pendía de aquel manto invisible. Poco a poco las palabras le obligaban a acercarse, no entendía una sola, sólo lo sabía, era como si su cuerpo se moviera por sí solo, buscando un calor conocido, un recuerdo de la infancia. No existía sonido distinto, parecía que el mundo a su alrededor había desaparecido; sólo el latir de su corazón y el sonar de la canción le hacían compañía. 

El atardecer ensangrentó el cielo y Lūk dejó caer todas sus armas sin darse cuenta, mientras se acercaba a la misteriosa figura sentada en las ramas del árbol, que parecía arder en las llamas de la tarde. Su mirada la encontró ahí, recostada en las ramas del árbol con cabello de fuego colgando de las ramas de ese sauce gigantesco, su piel casi desnuda a no ser por un delgado y harapiento manto de algodón, bañada por luz de luna, el fuego del atardecer y el brillo de su canción. Con los ojos grandes, inmensos cual cielo nocturno, verdes como la yerba nueva, sus labios rosados como la grana en leche. Su canción dulce tal beso de bienvenida y triste como un adiós para siempre.  Su cabello yacía enredado por todas las ramas del sauce envolviéndole verdaderamente en fuego, fuego de doncella, sus manos contaban la historia de un pájaro que volaba libre y sus pies acariciaban dulcemente la corteza del árbol.

Todo se volvió dicha primorosa y magia clandestina, esa felicidad inalcanzable se tendía quieta frente a él.

lunes, 8 de agosto de 2022

CARTAS A MARÍA CARTA DIECISÉIS

 


Carta 16

8 de Agosto

Después de mucho tiempo, después de creer que ya te había dejado atrás, anoche volví a soñar contigo María, volví a llamarte, volví a rogarte, volví a anclarme desesperadamente de tu falda. Tenía que competir contra él, por recuperar tu amor. Yo, en mi estado actual, más cadáver que persona, arrugado y desvanecido, contra él, fuerte, joven, rico, con dientes blancos, sonrisa carismática y el mundo por delante. Perdí de nuevo, perdí una y otra y otra y otra vez, cada día que pasa sigue el evento de perderte constantemente, de dolerme tu ausencia, de repasar los tenues lunares en tus mejillas rosas, de ahogarme en el suéter que dejaste olvidado en la silla, para sentir que al menos en esas diminutas partículas de ti, aún te encuentras conmigo.

Es que yo ya no soy nada de la persona que tú creías que yo era. Sin ti, sin tu sonrisa cálida y tus brazos abiertos, yo sólo soy una pila de cenizas que no termina de desmoronarse. ¿Es que dime, cómo se cura uno de la adicción a ser feliz?



¿Me piensas, aunque sea un poquito? ¿Te duelo aunque sea casi nada? ¿Queda algo de mí, ahí en un rincón de tu memoria? Porque yo sufro todos los minutos del día, cuando trato de tomar tu mano y caigo en la cuenta de que no estás ahí y más nunca estarás.  Se me hace pedazos la vida, una y otra y otra vez. Por más rabia que tenga, por más que llore hasta que las fuerzas se me acaban, no puedo ni odiarte, no tengo ni el consuelo de guardarte rencor, de ahogar tu recuerdo en odio y resentimientos. Cada que me viene a la mente destrozar tu recuerdo con amarguras, me llega la visión de tu sonrisa, de todos los besos que nos dimos, del brillo de tus bellos ojos mirándome únicamente a mí y por unos pocos segundos me regreso a ser el rey del mundo, parado en la cima más alta. Y luego me vuelvo a caer, azoto contra el suelo escarpado perforándomelo todo. Y muero, sí que me muero repetidas veces. Lo que queda de mí, no es más que ceniza, sangre y lágrimas violentas, no hay sueños, no hay risas, sólo la tierra estéril de lo que alguna vez fue un hombre, el hombre al que tú amabas.

Si de algo a nada ha valido mi existencia, es que, de todos los mundos, de todas las líneas temporales que han habitado el tiempo, de todas las vidas que pude haber vivido; tuve la gracia, la fortuna de coincidir contigo, al mismo tiempo, en el mismo mundo, y no conforme con eso, tuve la inmensa dicha de amarte y que me amaras. Hay millardos de millones de hombres en este mundo, hombres mejores, hombres más ricos, más inteligentes, y definitivamente mucho más guapos, pero ninguno, óyeme bien, ninguno ha tenido la dicha de ser amado por ti. Ni siquiera el hombre con el que vives hoy, el que puede decirse tu marido, el padre de tus hijos, el que duerme a tu lado todos los días. Y esos, es la propia tragedia de aquel desdichado, que, en su batalla contra mí, ha perdido mucho más, de lo que yo jamás podré perder, porque yo te tuve alguna vez María, te amaba y me amaste, tú me amaste.

Juan.

CARTA ANTERIOR

PRIMERA CARTA

lunes, 14 de junio de 2021

CARTAS A MARÍA, CARTA QUINCE

 




Carta 15


24 de Mayo

Anoche soñé que me moría, soñé que me estaba desangrando a un lado de un nopal arriba del monte. No había nada ni nadie cerca. Hacía mucho calor y me ardía el pecho, de mi pecho manaba la sangre como riachuelo. Me sabía la boca a fierro, mis manos estaban adormecidas y me escurría un sudor sucio de la frente a los ojos. En lo alto del cielo se escuchaban los graznidos de los zopilotes que ya se saboreaban los jirones de mi carne. El sol quemaba mis pies descalzos que no tenía la fuerza para mover, el aroma era de arena seca, de sed y de muerte. Sentía ganas de toser, pero no podía, tenía las narices rellenas de tierra y sangre. Trataba de arrastrarme a la sombra del nopal y no pude. Pude sentir como las fuerzas se me iban y como me iba haciendo nada, me andaba como durmiendo, pero me moría. Se me quitaba el calor y me empezaba a dar frío, entonces desperté.



Medio tristeza de darme cuenta que sólo fue un sueño y no me morí ni nada. Ni siquiera la fortuna de andar crudo me fue concedida, me tuve que levantar con mis propias fuerzas y hacerme de huevos para meterme a bañar, rasurarme, para vestirme e irme a trabajar.

Estaba encabronado María, encabronado de tener que despertar otra vez dentro de este cuerpo y con el alma rota. De tener que aguantar el pasar de los días sin verte, sin tenerte para mí, sin escuchar tu voz. Ya sólo queda en mis adentros una rabia incontenible.



Escalaría todas las montañas que nos separan con tal de verte a lo lejos, pero ¿de qué serviría? Estarías en sus brazos, sin saber siquiera que yo me encuentro ahí, te miraría en sus brazos y si lo veo lo mato ¿Me oíste? ¡Lo mato! Que bastante tengo con que te haya llevado, con que es perfecto hasta su puta madre. Sus ojos, su cabello, sus dientes alineados. Su estúpida sonrisa de niño bonito. Que ha viajado a España, que sabe hablar inglés, que si estudió carrera en Texas, hasta el maldito perro del muy hijo de puta es como sacado de una revista.

¿Enserio eso quieres María? Una vida acartonada y tiesa, sin sonrisas sinceras, sin caminares en día de lluvia, sin flores de milpa ni día de mercado, sin secretos entre los callejones, café de la plaza, sin besos al atardecer. ¿enserio todo eso te da lo mismo?



Sé que te decepcioné y que no fui lo mejor, sé bien que el fin se veía venir porque tú brillabas demasiado. Tal vez se acabó para ti, pero mi amor es un rumor enraizado en la tierra, se queda a través del tiempo en los latidos del viento, el cantar de los pájaros y en las lágrimas de todos los amantes. Te lo juro, te lo juro por todo lo que es bueno en este mundo; él jamás, jamás ni en cien años de estar contigo te amará como yo te amo en un simple parpadeo. Su cariño es el tibio fulgor de una lámpara y yo te amo como si el sol explotase sobre el mundo.

 

Juan.

lunes, 20 de abril de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA DOCE



Carta 12

20 de Abril

Hoy me desperté temprano, porque mientras menos gente vea en la calle; la tortura de vivir se me hace más llevadera. Los cielos se han olvidado de mí y mientras pase desapercibido entre los vivos me da menos vergüenza seguir aquí pretendiendo como que todavía me encuentro con vida. 

¿Qué más me queda?
Si te has empeñado en regodearte con tu nueva vida, en abofetearme con tu inmaculada belleza, con el aroma de tu voz cada que sueño contigo. Ni en mis sueños me concedes clemencia, sigues con él; te envuelve en sus brazos mientras yo ardo en la desesperación de seguir con vida.

No sé si hoy es hoy o es ayer, no me atrevo a pensar mucho en el tiempo porque soy capaz de quemar la casa conmigo adentro. Es que el saber que mil años he pasado sin ti y aún no muero terminaría por aniquilarme. Un adiós final y un beso en la obscuridad me bastarían. 


Te has llevado hasta las lágrimas en mis ojos, el cantar de los gallos y el  rugido del tren.  Siento que un día, de verdad ahora sí un día la cruda eterna de no tenerte va acabar conmigo. Si me vieras ahora, si vieras en lo que me he convertido… me mirarías con dolencia melancólica; así como se ven las tumbas de los difuntos, con penosa resignación de jamás recuperar lo que se nos  fue. Tal vez yo te miraría del mismo modo. Con nostalgia, como se ven en la cabeza los recuerdos del ayer, con todo ese amor a un momento que jamás volverá. Como se ven las fotos viejas que se cuelgan en la pared. Como se leen las noticias de hace algunos años en los periódicos viejos que envuelven los monos del nacimiento o las ollas del atole. 

Aún no clarea y  a los pájaros ya se les metió la idea de joderme con su canto. A lo lejos se escucha el arrastrado paso de una carreta, así como que la mula que la arrastra vive la misma chinga que yo día a día. Sus pasos son pesarosos, sufridos, obligados por la implacable corriente de la cotidianidad. Esa mula soy yo y yo soy esa mula, jodida, jodida y resignada pero no resignada del todo. Te lo juro María que un buen día ahora sí voy a dejarme morir, voy a llegar a casa borracho después de oír tres horas de rancheras en la cantina, después de beberme todo el aguardiente que tengan, después de haberme acabado toda la vida y ahora sí, me prendo fuego con todo y la casa.

¡Te lo juro María!


viernes, 21 de febrero de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA ONCE

Carta 11
8 de Abril


El duelo de perderte ha convertido toda música en silencio. Me he vuelto una máquina que se mueve al ritmo de la obligación. Ni sé por qué, me levanto, me visto, me trago mi tortuoso alimento, voy a trabajar, regreso a casa me tomo el aguardiente y hago como que me duermo.

 ¿Qué hago con la vida que me queda?

Hoy pasé por tu ventana, na más pa torturarme. Te esperé mirando la ventana, esperaba la salida del sol detrás de las cortinas. Cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que yo morí el día que te fuiste y yo no estaba ahí parado. Qué dulce sonido, el de la botella de aguardiente vacía al estrellarse contra el piso. Qué bella mirada fija, la del miedo doloroso sentado en mi silla de la cocina. Qué cálidos los besos de mis lágrimas que fluyen todas las noches. 


La vida pintaba mejor cuando me amabas María, porque había vida. Ahora no hay nada, las estaciones pasan y las horas se hacen polvo. El océano tempestuoso que hay entre tú y yo se embravece. Yo respiro y respiro cada vez más hondo, como si así me doliera menos. 

¿Quién te ha dicho que tienes ese poder María? ¿Quién eres tú para decidir si sale el sol? ¿Desde cuándo tu sonrisa es autoridad para la luna? ¿Quién te crees para echar toda mi vida a la basura subiéndote a ese tren? 

Es cierto, eres tú y tú lo eres todo. Eres la luz del sol, el aire y el agua. Toda la vida en la tierra y el cielo. Eres el regalo divino a la tierra, vaya que fui afortunado. 

Todavía no puedo con esto María. De verdad no sé cómo le hace la gente, para seguir caminando como ganado, para irse a hacer como que están viviendo. La cantina me parece un paraje tan extraño, tan feliz e idílico que se me hace insoportable, ya mejor me debería matar para que en el panteón ya no me torturen las preguntas que viven en mi cabeza. 

Desearía poder hablarle al amor que te tengo, gritarle y reclamarle. Decirle que ya por fin me deje solo, si se niega le azotaría la mollera contra la pared una y otra vez y otras más hasta que el cráneo se le hiciera añicos como los de mi corazón. Lo cortaba en pedacitos y lo enterraba debajo de mi catre. A lo mejor así me dormía en paz pensando que ya no te amo.

Juan
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CARTA UNO

miércoles, 13 de noviembre de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA NUEVE





Carta 9

12 de Marzo

Ya me olvidaste María, he desaparecido. Tú  eres eterna, como la luz del sol. Te fuiste para no volver y tengo que hacerme a la idea. El sol no se percata del gusano que muere quemado por su calor. Tú no sabrás cuánto dolor me causo tu ausencia. Quisiera volver en el tiempo y morir ahí entre tus brazos, todos seríamos felices.

El tiempo sigue y sigue,  sin ti no soy nada. Polvo arrastrado por el torbellino de la realidad. No hay ni día ni noche María, ni luz ni sombra. No hay nada, absolutamente nada. La comida es una tortura una y otra vez, el aguardiente ni quema. Qué vida es ésta, donde el aguardiente no sabe a nada, no duele, no cala ni quema. 

A las gardenias se les acabó el perfume y el amanecer no amanece, se murieron todas las macetas de mi cuarto, si me baño el agua no está ni fría ni caliente. Ayer Marcela la de la cantina de Pancho me regaló un tequila, creo yo que por lástima, me lo tomé  y no me hizo nada. Marcela me vio con lástima y se fue. Cinco meses, cinco días, cinco horas que no he conciliado sueño sin tormentas. Las golondrinas de la madrugada están solas sin nosotros y nuestros besos. Tus labios son puñales espinosos en mi mente. Lo entregué todo, a qué quiero que vuelvas si te llevaste todo de mí.


El silencio de tu voz en mi vida me llena de amargura, miseria y tormento son mis compañeros en casa.

Esos hijos que no tuvimos hubieran sido hermosos, con tus ojos, con tu sonrisa, con todo tuyo y mi nombre me hubiera bastado. Creo que hasta para esos hijos es mejor que me dejaras, aunque no lo creas yo eso pienso. Esos hijos que casi fueron míos  serán más felices en una casa con muchos cuartos, con baño y con radio por las tardes. Hasta van a ir a una buena escuela, quién quita y a lo mejor se van a San Diego a estudiar para ser gente de bien. Aquí no más de chalanes de barrio, ese era su destino.

Yo creo que si yo fuera tú, también hubiera pensado en eso. A lo mejor lo hiciste por esos hijos María, esos hijos que míos o no siempre serán tuyos. Con tus ojos y sus pestañas, con la sonrisa de alba en el cielo.




Juan

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 CARTA UNO

lunes, 25 de marzo de 2019

LETTERS TO MARÍA: LETTER FOUR



LETTER FOUR

JANUARY 29TH

So long ago that not matters how drunk I am, I can’t laugh at all. Not from other drunk fights at Pancho’s cantina neither of the Priest’s sermon at church. Nothing at all, as I am, nothing.

Today I saw your mother on my way to the News Paper office, she was opening up the bakery and sweeping the sidewalk. “Good morning Juan” and I had no other remedy than reply “Good morning Mrs. Alma”. Since you left in the train I haven’t had such awkward interaction. Your mother never liked me and I know it, it’s no secret to anyone. Am not stupid Maria; she had a lot to do with you leaving with him.

 And some right to do it too, he will give you a home and provide for you, he can buy you pretty dresses and pots with huge flowers. What kind of life I could have given to you?  If not the same as hers, life of working woman from small town, with dry hands of clothe washing, scratched knees of grinding corn in the stone metate, with bags under the eyes of countless hours at candle light mending socks.

Yes, it would have been like that. No more than working people’s living, full of broken pants and patches, a single pair of shoes and beans for meal. It would have been like that with me, just walking the parks and markets without buying and seeing upper class children with their lemon sherbets. Living in poverty and worries. You covered in cooking flour and myself covered in paper ink. With happy noisy children running everywhere, dirty and mended, but with sunshine smiles like yours.

Because with love, even sleeping under a fig's shade… maybe there was no more love and that’s it.

I would have given my life for that smile of yours, in some ways am giving it for you. I lay here in this deep dark abyss and you up there, lighting it all, surrounded by everything you wished for. A huge garden, a house of your own, a maid to avoid the scratchy knees, no starched clothes and even a radio.

I didn’t ran after it and hanged from that train’s window because of your happiness, as shallow it seems, a vain smile of your is worth so much more than my entire life for me. I’d die another and thousand times to make you smile. Am rotting and writhing in pain and all to avoid you to sleep in some old cot the rest of your life.

Juan



CARTAS A MARÍA: CARTA CUATRO



Carta 4
Enero 29

Hace mucho tiempo que por muy borracho que ande no me río de nada. Ni de los pleitos de otros borrachos en la cantina de Pancho ni del sermón del  Padre en el atrio. Nada, así como yo, nada.

Hoy vi a tu madre de camino al periódico, estaba abriendo la panadería y barriendo la calle. “Buenos días Juan” y no me quedó más remedio que responder “Buenos Días Doña Alma”. Desde que te subiste al tren no había tenido contacto más incómodo con la vida.  Tu madre nunca me quiso y yo bien lo sé, mira que no es secreto para nadie. No soy pendejo María; ella tuvo mucho que ver con que te fueras con él. Y algo de razón tuvo, porque él te dará casa y sustento, te puede comprar vestidos y macetas repletas de flores. ¿Qué vida te pude haber dado yo? Sino la misma de ella, la de mujer trabajadora del vulgo, con las manos resecas de lavar, con las rodillas raspadas de moler en el metate, con ojeras oscuras de pasar horas a luz de vela zurciendo calcetines.

Sí, así hubiera sido. No más que vida obrera, llena de pantalones rotos y ropa remendada, un sólo par de zapatos y frijoles en la comida. Así hubiera sido vida mía, puros paseos en la alameda sin comprar nada y viendo a los hijos de los ricos con sus raspados de limón. Vivir entre pobrezas y apuros, tú cubierta de harina de cocina y yo de tinta de periódico. Con  chiquillos felices y correlones, mugrosos y remendados, pero con sonrisas de luz como la tuya.

Porque cuando hay amor hasta con dormir debajo de una higuera… a lo mejor no había amor y ya.

Hubiera dado mi vida por esa sonrisa tuya, de cierto modo la estoy dando. Yo aquí  en este abismo profundo y tú allá arriba, iluminándolo todo, regodeándote de todo aquello que deseabas. Un jardín, una casa tuya, criada para no tener que rasparte las rodillas fregando pisos.  Ropa bien almidonada y hasta un radio.
No te perseguí ni me colgué del tren porque era por tu felicidad, por muy vana que parezca tu sonrisa aunque frívola me vale más que la vida entera para mí.  Me moriría otra y mil veces con tal de que tú sonrieras. Me pudro y retuerzo con mi dolor y todo con tal de que tú no te duermas en un catre viejo el resto de la vida.

Juan.

viernes, 22 de marzo de 2019

LETTERS TO MARÍA: LETTER THREE



LETTER THREE

JANUARY 20TH

Maria:

I woke up still dreaming of you. All the past was only a nightmare, you were sitting at the coffee table next to the window, drinking your morning coffee. Still in robe and with your favorite book in hand, the one they brought you from Paris. You smiled at me, I observed you, immobile. Then you talked without saying anything and  I woke up for real. Alone, over the dirty bed and holding on to the coat you left behind. I sat on the edge of the bed and cried for a while; it’s an ingrained habit I have.

Today I did something different. I took a shower and I even shaved. Went to the Newspaper office and had so much pending work that it  was able to keep me away from your memory for about … half an hour. Real torture was trying to hold my eager desire of blow my head off and end it.

It was even harder when off from work I ran into an open balcony door  in San Javier’s plaza, playing The Clock, your favorite song. There I did felt like dying and as the song itself says “my life is turning off”. It made me hear you inside my mind, almost as if you were in front of me. You’re gone forever, without your love am; in fact nothing.

I almost died today Maria. I almost killed myself. So many memories, as junk I have cluttered there in my room. All the house plants have died and  I wanted to die with them. I am a coward even for that, maybe not a coward but I have sloth, yes sloth. Dying requires a huge effort and strength that I don’t have, maybe one of these days. If I was able to shower there’s a high chance I would find strength enough to kill myself.

Today after staying still for an hour in San Javier drowned in echoes of The Clock, I managed to start walking by the street and shivering in cold. Night arrived to cover me while I was distracted. I ran into the fountain where you waited for me every Sunday. I even smiled. You looked so beautiful in your blue dress, it made your eyes even brighter and when we danced it floated like a boat. I   don’t forget how everyone stared at us when we walked holding hands.  You were so much, so amazing and I was no more than a rat. As if a moth fell in love with a peacock. We were as the pigeon sleeping in the crow’s nest in San Juan’s gazebo, as impossible, as unlikely.

Today I got back home Maria, again without you. The clock didn’t stop. As the crow to the pigeon, the failures of being me lead you to fly new skies.

Juan




CARTAS A MARÍA: CARTA TRES





Carta 3

Enero 20

María:

Hoy me desperté soñando contigo. Todo lo pasado era una pesadilla, estabas sentada en la mesita junto a la ventana tomando tu café de la mañana. Todavía en bata y con el libro en las manos, ese que tanto te gusta, ese que te trajeron de París. Me sonreías, yo te veía inmóvil. Entonces hablaste sin decir nada y yo desperté de verdad. Solo, en la cama sucia y aferrado al abrigo que dejaste olvidado. Me senté en la cama y me puse a llorar un rato, ya es un hábito muy arraigado como para nada más dejarlo.

Hoy hice algo diferente, me duché y hasta me afeité la barba. Fui al periódico y tenía muchos pendientes que pudieron mantenerme lejos de tu  recuerdo como  una media hora. Después todo fue la tortura de aguantarme las ganas de pegarme un tiro y acabar con todo. Se hizo más difícil cuando al salir del periódico me topé con un balcón abierto en la plaza San Javier, estaba la del Reloj; tu favorita.  Ahí si sentí que me moría y como dice la misma canción “mi vida se apaga”. Me hizo escucharte en mi mente, era casi como tenerte de frente. Tú sí te fuiste para siempre, yo sin tu amor de verdad que no soy nada.
Hoy casi me muero María. Casi me mato. Son demasiados recuerdos, así como chacharas tengo regadas en el cuarto. Ya se murieron todas las macetas, así me quería morir yo. Soy cobarde hasta para eso, a lo mejor no cobarde pero sí perezoso. Eso de morirse implica esfuerzo que yo no tengo, a lo mejor un día de estos y sí. Si pude darme un baño hay oportunidad de que halle fuerzas para matarme.

Hoy después de quedarme quieto una hora en San Javier ahogado por los ecos del Reloj, me puse a caminar por la calzada y me moría de frío, se he hizo de noche y ni me di cuenta. Me topé con la fuente donde me esperabas los domingos. Hasta sonreí. Te veías tan bonita con tu vestido azul, te resaltaba los ojos y cuando bailábamos volaba como un navío. No se me olvida como nos veían todos cuando caminábamos por la calzada de la mano. Tú eras demasiado, eras increíble y yo era no más que una rata. Como si una palomilla se enamorara de un pavorreal.

 Éramos como la paloma que se dormía en el mismo nido que la urraca allá en el quiosco de San Juan, así de imposible, así de improbable.

Hoy llegué a casa María, otra vez sin ti. El reloj no se detuvo. Igual que la urraca a la paloma, mis impulsos de ser yo te llevaron a volar a otros cielos.


Juan.



CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...