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viernes, 25 de octubre de 2024

DETÉN LA OBSCURIDAD


“¿POR QUÉ SIEMPRE ME DEJAS MARIANA?”



No puedo ni recordar lo que me hizo, pero ahora duerme. Parece muy tranquilo, está soñando. Cuando termina se duerme sobre mi pecho, respira muy profundo, suspira y se duerme, casi que se desmaya. Se ha vuelto un hábito de Él, yo resisto lo más que puedo, pero hoy me sienta mal sentirle el latido del corazón sobre mi vientre. Hoy no puedo. Me duele demasiado el corazón como para soportarle, con todo su peso sobre mí. Trato de retorcerme un poco para que se mueva, poco a poco se desliza un tanto hacía un lado. No es suficiente, Él es mucho más grande, alto y pesado, yo siempre fui más pequeña, siempre más débil y encima un tanto torpe, no puedo contra semejante fuerza, no pude buena y sana, menos ahora enferma, hambrienta y débil. Todo este tiempo aquí dentro ha hecho una mella profunda en mi cuerpo.

La oigo, puedo escucharla, muy quedito y está muy lejos, aún así la escucho, sollozando, lamentándose. Entiendo, aquí dentro no hay como dejar de lamentarse, todo es sufrir, hasta en la muerte. En cierto modo es igual que afuera, la vida se va en llorar, en perder, en dolerse. Yo he perdido tanto de mí que, si viajara en el tiempo, mi yo niña no me reconocería. A veces siento que yo siempre estuve condenada, pasé por una serie de cosas una y otra vez, tragedia tras tragedia. Es una maldición, llegué a esa conclusión cuando murió Javier. Ahí sentí que me habían arrebatado todo, pisaba y no sentía tocar el suelo, era como flotar, sentía el estómago muy lejos, se vencieron las rodillas no bien me dijo mi papá: “está muerto, Javier está muerto”. De lo que pasó después no me acuerdo, ya sólo me quedan recuerdos del funeral. Todo pasaban muy rápido y yo veía todo como desde lejos. La boca me hacía ácida y seca, no podía ni tomar agua, mi mamá no dejaba de llorar y a mí papá le escurrían las lágrimas hasta el suelo. Todos los que pasaban me decían: “ya está con Dios, está en un lugar mejor mija”. Como si eso me fuera hacer sentir mejo o remediar algo, no, todo estaba roto, irremediablemente roto. 

Encima de mi dolor, tuve que fletarme el martirio de que todos me dijeran cuánto les importaba Javier y lo mucho que iban a estar ahí para mí. Mi tía Nilda se llenó la boca diciendo que él iba a ser un gran artista, cuando pasó años haciéndolo menos, burlándose. Llegaron Josué y sus papás, hasta me abrazaron, casi se me sale una risa cuando Josué me dijo que podía recurrir a él para lo que fuera. Pablo no se separó de mí en ningún momento, todo el tiempo haciéndose el buen hijo, preparando café, trayendo pan, ayudando a mi Abue, consolando a mi mamá llorándole a Javier sobre el ataúd. A la noche yo me quedé a dormir en el cuarto de mi tía Concha porque ya no tenía fuerzas, cuando recobré consciencia ya lo tenía sobre de mí, él ya ni traía nada de ropa, ahí se le olvidó todo lo del buen hijo, todo lo amable y dadivoso que era, para hacerse de mí en un momento tan doloroso no tuvo empacho. Todavía tuvo los huevos de decirme: “es que así yo te demuestro mi amor” antes de vestirse y salir caminando sin un ápice de vergüenza.

No hay más que llorar, no hay más que sufrir, te entiendo Fantasma. Yo finalmente después de estar horas arrastrándome bajo de Él, puedo liberarme, me impulso como puedo hasta la esquina más lejana del cuarto, cuando siento que me jala violentamente por el tobillo, me grita: “¿Por qué siempre me dejas Mariana? ¿por qué nunca quieres estar conmigo?” Él se larga a llorar, lo intenta, pero no puede contenerse y yo lo intento y tampoco puedo, lloro con Él y el fantasma con nosotros.

Él se acerca conmigo, me cobija y me abraza.

Lloramos. Los tres lloramos.

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DETÉN LA OBSCURIDAD I

jueves, 7 de marzo de 2024

Deniz II

 


II

Hubo llegado a cumplir catorce años; el cuerpo con reminiscencia de un hombre, con ojos verdes turquesa, repletos de frialdad desolada, ojos asesinos, quemazón de viento su cabello encrespado y su piel curtida de sol y sangre, aura espectral que brillaba al resplandor de la luna. Fantasma de sigilo y silencios, asesino patas de gato, el niño Rey, maestro de los mares, espectro de las olas, niebla homicida de la noche, brioso guerrero mudo. La guerra palidecía al escuchar su nombre, nada hacía temblar su espíritu y como todo mancebo impetuoso, sintiéndose conocedor del mundo entero, de cada detalle de los mares y todos sus recovecos, petulante, altivo y altanero.

 Una noche de verano, la calma en la mar parecía alarmante y el sonido del silencio se escurría por toda la costa del puerto de Pantai Angin; dormían todos sus habitantes, embelesados por la calma nocturna. Para la flota una noche cualquiera, una misión constante. El castillo Kvārṭj kōṭa centelleaba, aluzado por la luna y la mar dormida, mientras sus poderosos reyes de los cuarzos y diamantes soñaban con descubrir más minas, con erguir ascendentes torres de riquezas, nadar en baños de piedras preciosas y cosechar los frutos ocultos en la tierra.

 Pantai Angin la ciudad capital del Reino de Albann, se extendía en una amplia bahía que era rodeada por un muro de acueducto, tenía tres entradas a la ciudad con ocho guardias cada una, la primera era la entrada del Kvārṭj kōṭa  y en sus cavernas guardaban sus barcazas mercantes y de uso común, la segunda era la entrada Zlatna Porta al puerto de comercio y un laberinto de casonas y  posadas le enmarcaba, la tercera era conocida como Blāk ṭavar y era donde la guardia de los reyes del cuarzo producía sus armas. Diseñada para ser impenetrable, para proteger sus tesoros en lo profundo de sus bóvedas en el subsuelo, la nunca saqueada ciudad de diamantes y metales. Los Marinos decían que las mujeres de Albann podían cantar para las piedras y que, con sus encantados hechizos de sirena, las capas de la tierra simplemente se abrían, y tal como las lágrimas de un niño, de ella brotaban sin mayor esfuerzo sus tesoros preciosos, el hierro, el oro, las esmeraldas, el cuarzo cristalino y los diamantes. Diseñada para acorazarse de ser necesario, caracol encaparazonado de riquezas. 

 La misión, aunque complicada, si bien planeada, sería rutinaria, el sigilo y la oscuridad de la noche protegerían a todos los corsarios. Pantai Angin necesitaba de una incursión más prolongada, no sería presa fácil, virgen pulcra jamás perpetrada, no caería ante el brazo hosco del grito de guerra, ella sería conquistada con besos, cantos y poesía, hasta que sus tesoros quedaran al desnudo por voluntad propia.  Deniz, Har y sus capitanes organizaron una mascarada que develaría los misteriosos rincones de Pantai Angin. Cuatro semanas en total, antes del ataque, se dividirían en comparsas de diez hombres, fingiendo ser civiles, mercaderes, mozos de cuadra, aprendices de herrero, carpinteros e incluso mendigos suplicantes. Hombres de baja cuna y poca monta, tratando, como cientos de otros de hacerse del pan al buche día con día. Invisibles a los ojos pudientes y avaros, sigilosos como las ratas corriendo por las callejuelas, ignoradas por los altivos caballos.

Sobre los hombros de Deniz pesaba una misión individual y particularmente intrincada. Iría directamente a tocar la puerta del rey Albanno, como cucaracha, se acercaría tanto como le fuera posible, para saquearle moronas de pan de debajo de las narices, el único que sería capaz. Se haría pasar por un mozo de cuadra que, con aires de buena suerte, sería más útil en el castillo, porque, había aprendido a leer. A los ricos y trompudos les viene en gracia el lastimero cuento de los desvalidos que rascan sus caminos hasta un peldaño un tanto más alto, pero no tan alto como hacía sus cumbres. Se compraron ropas, se empolvaron de aires locales y practicaron los acentos vulgares de sus personajes. Una vez estuvieron todos listos Deniz mismo de su puño y letra, escribió una carta de recomendación fingiendo para sí ser un mercader de telas, enorgullecido de un mozalbete pródigo que haría mejor sirviendo bajo el techo de su alta majestad. Los palacios son vastos y repletos de tareas, necesitan manos extras de día y de noche.

Entrar a la ciudad no supuso ningún problema, las caravanas comerciales eran parte del ir venir diario, para bandoleros de alto oficio, era una mentirilla vana y, dentro de Zlatna Porta estaban. Atravesar Blāk ṭavar no fue tan sencillo, le interrogaron tres veces, le escurcaron el cuerpo y sus rincones un par, y finalmente tras demostrar que era capaz de leer, de dejaron cruzar el umbral hacia el castillo Girazi Dijamant le llamaban. En tiempo de nada, ya le habían hecho firmar un tratado, serviría seis días y descansaría el séptimo a partir de la fecha de inicio para que pudiera bañarse, podría comer dos veces al día y dormiría en las cuadras de sirvientes, junto a los establos de caballería. Le uniformaron y de inmediato le enviaron a las cocinas a acarrear agua de los pozos. Para sus adentros reía, porque toda la farsa le parecía un juego entretenido, él era un actor y el resto, sus espectadores. Diez toneles de agua se llenaron, treinta arpillas de poroto azul, un cuarterón y medio de cebollas, para cuando llegó a cargar las tres lechonas de monte sobre su espalda, ya sudaba a ríos y el juego no le parecía tan divertido. Las amas de cocina, además, le proferían insultos de los que todo bucanero se sentiría orgulloso, si no fuera porque, le parecieron familiares, tal vez se habría sentido ofendido. De primera impresión le abrumaron las mujeres, que no eran doncellas de cama, espejos de piel y carne de los mismos marinos gordos, ebrios y violentos que eran sus hombres, curtidas por el fuego maléfico de cincuenta fogones al rojo vivo, robustas, de manos rugosas, con los cabellos envueltos en bonetes blancos y delantales desgastados, echándose a las espaldas cestos llenos de tubérculos de agua, mientras arrastraban calderos de hierro forjado, como si fueran simples almohadones de plumas. Pero en unas pocas horas, era como si nunca hubiera bajado del barco. Las lavanderas eran chismosas y altaneras, las cocineras hoscas y de temer, las flacas y temblorosas barrenderas eran similares a ratas de nueces, siempre correteando a rastras para limpiar más y más. El resto de los hombres le venía lo mismo, groseros, sucios y ajetreados, el castillo no se hizo más que un barco que no podía moverse. Bien entrada la tarde, mientras él mismo correteaba al llamado de los toneles de agua limpia, descubrió un descanso abierto, un inesperado jardín con una fuente cristalina, entre medio de las cocinas y las conejeras. Plagado de flores, de aves que no conocía, árboles frutales y el aroma de cientos y cientos de hierbas para especiar.

Ahí, de manera insospechada, el sonido, el tiempo y la luz, se detuvieron. Era como si hubiera sido golpeado por un rayo, una aparición, era luz silenciosa, una visión de fuego y agua. Centelleante como un volcán, pálida como la nieve y sigilosa como el andar de un río. Sentada, inadvertida del mundo que corría a su derredor, ella todo al mismo tiempo, fuego, agua, el mar, la nieve, los desiertos, el amanecer y el ocaso. Descansaba postrada en la fuente, en su regazo un conejo de pelo caramelo, con un vestido de lechera simple, un paño bordado de flores en su cabeza, un delantal avejentado y con los pies descalzos. Un tanto más pequeña de lo que debería, con la piel blanca como leche, el cabello rojo como los atardeceres, delgada, casi frágil como las hojas secas, unas pocas pecas sobre su nariz delicada, de labios gruesos y tersos como botones de rosa y sus ojos, unos ojos enormes y redondos, del azul más profundo que se vio en los mares,  hondos, abismales, penetrantes, intensos, brillantes como la luna y las estrellas, dulces como los cantares de la lluvia, insoldables como cielo nocturno, creadores de un desconocido averno, en el que Deniz, ya había caído. Cantaba un arrullo, sin letra, más un murmullo que una canción y remolineaba el pelaje del conejo que dormía plácidamente en un paraíso inimaginable, Deniz deseó y profirió a los espíritus del cielo o a los demonios del mar, desaparecer de todo lo que era y despertar como nuevo, habitando el cuerpo de aquel conejo. Deleitándose en el placer del paraíso, existiendo sólo, en los brazos de aquella joven doncella. Estuvo de pie inamovible, sin respirar por lo que pareció una eternidad, pero no el suficiente tiempo, no, no era el suficiente tiempo. Ni su cuerpo cansado, ni sus manos temblorosas, ni los gritos a sus espaldas lo hicieron moverse un poco. El tiempo no avanzaba, el mundo entero ya no existía, en todo el universo, sólo quedaban él y la doncella. Y sin esperarlo, aunque deseándolo, ella elevó su mirada y la clavó en él. La sangre se le subió al rostro y su piel se crispó como la de un gato, había quedado expuesto al descubierto y con la guardia baja, deseó correr, pero no pudo mover un dedo, no podía desviar la mirada, aquella fuerza era muy poderosa, lo sometía, lo controlaba. Sintió sus rodillas desplomarse, aunque seguía de pie, cuando ella, tiernamente, esbozó una sonrisa hacía él, le saludó aleteando la mano y asintió, como si lo conociera de toda la vida y él, torpe y descontrolado, con un nudo en la garganta, manoteó de regreso. En un segundo vivió toda una vida, se miró a sí mismo, acercándose a la doncella, conociéndola, él le contaba historias, ella le cantaba canciones, en un instante ya eran sol y mañana, él abandonaría la misión, se quedaría a servir en el Castillo, se apropiaría de esa identidad que ya no sería falsa, ella se hablaría de sí, de su familia, le enseñaría a ordeñar vacas y más de su oficio de sirvienta. Crecerían juntos, se harían mayores, se prometerían el uno al otro. En un parpadeo, él ya sería todo un hombre y ella una mujer, se desposarían rodeados de la gente de palacio, vivirían ahí dentro, resguardados en sus murallas, nacerían sus hijos, de su sangre y de su carne, con los ojos de ella y la piel de él, con su sonrisa, hijos que no imaginarían en sus sueños salvajes dominar los mares, hijos de tierra firme, acogidos al calor de su cama y sus risas juguetonas. Crecerían, serían hombres y mujeres de bien, les amarían, tendrían a sus propios hijos, rodeados de paz, de calma. Envejecerían juntos y estarían el uno para el otro hasta el último de sus días.

Sueño hermoso, de una vida hermosa, interrumpido al sopetón violento de una palma contra su nuca, lo transportó de regreso a la realidad del mundo, la maestra de cocina le gritaba y le escupía porque el agua era necesaria en la cocina, él tardó en reaccionar y volteó su mirada a buscar a la doncella que reía un poco en bulla mientras trataba de disimular.  Moliese en pedazos las rizas un estrépito, estallido violento de la voz ronca de una mujer, que encaminada directamente a la doncella manoteaba reclamante. La doncella se puso de pie en un sólo movimiento y la sangre le puso la cara roja, a jalones y tirones la mujer de voz ronca la obligó a salir del jardín, sus deberes tampoco estaban cumplidos y habría de pagar las consecuencias por escaparse de nuevo. Deniz se sonrió un poco antes de ser reñido por la maestra cocinera, nuevamente.

Corrieron ambos presurosos a sus respectivas labores, sonriéndose el uno al otro en complicidad traviesa, se despidieron sin decirse nada y el flujo del tiempo retomó su curso. Pasó el día a corretones y zancadas para terminar las labores, no sentía el hambre ni el cansancio, avanzaba sin darse cuenta, como hipnotizado. No bien llegada la noche, no podía dormir, aunque su cuerpo no pudiera ni moverse, agotado. Su mente volaba lejos, a otra parte, como descifrándose el castillo, para sí mismo, más ahora, desinteresado en sus riquezas y tesoros. Destramando el laberinto de lo desconocido, para encontrar de nuevo a aquella joven doncella. Volaba con su mente entre los pasillos y rincones, buscándola, tocando en cada puerta, llamándola por un nombre que aún desconocía, intoxicado por la obsesión de volver a verla. El palpitar de su corazón se le subía a la garganta, olvidó todo lo que conocía, su padre, su nación, su flota y su valía, nada ya importaba, nada ya existía. Un mundo, un universo nuevo se tendían frente a él. Una vida con la que soñaba, una esperanza en el horizonte.

PARTE I   

Arte

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lūk

 

Lūk

Principio I



 Vagas lenguas de los antiguos y los marinos del norte solían decir que hubo un antiguo reino, majestuoso y encantado por igual, con parajes mágicos y leyendas tristes, de las que suele hablar el viejo cazador de la arboleda, Uhie gûr, El grande, líder del Alta Boscosa de Norna Mear. El pobre viejo, ciego y sin dientes, sus arrugas le cubren la frente, la piel quemada por el frío y el inevitable pasar de los años, encorvado, pero aún de pie, con la mirada perdida y llorosa, lejana en una distancia que no consigue alcanzar. Casi bardo, casi poeta, a veces cuando la noche es cálida y no hay nubes en el cielo; él cuenta historias de tiempos antiguos, historias que días lejanos, otrora llenos de victorias, de bailes y luz, al fuego de la fogata, cuenta a los niños pequeños. Seis generaciones crecieron de niños de pecho a hombres de caza, escuchando sus leyendas, soñando a la luz de un acogedor fuego, leyendas que su antiguo reino, antes del Ntwa koma kɔkɔɔ, antes de La lluvia de fuego y  el Hielo de los veinte años. De sus historias, la preferida, siempre esta.

Junto a una pequeña villa de ese antiguo reino, había un bosque plagado de mitos y secretos, bosque atiborrado de los monstruos sobrevivientes al era del əNˈNōn, criaturas tenebrosas con fuerza primitiva de Nysha, que atormentaban a los pocos infortunados que por error atravesaban sus parajes. Sólo los fuertes, los erguidos, los cazadores eran capaces de sobrevivir. Por eso los hombres debían erguirse y cazar. Los jóvenes cazadores al llegar al año dieciocho debían probar, ante los viejos de la villa; su hombría, su fuerza, su valía y así ganar su cadena de Chāy para ser hombres libres, adultos, cazadores. Lūk, joven fuerte y alto, de piel lechosa y amarillenta, de ojos grises de niebla, cabellos negros como el árbol del Tëhm al hombro, esbelto pero muscular, con ojeras violáceas, una barba tímida y esparcida a manchones, cara más de niño que de hombre. Lūk, por noches enteras, se sentía tentado a internarse en ese bosque de leyenda, desde que era un niño de seis, sentía en sus entrañas una voz que lo llamaba a internarse en ese mítico bosque, que se postraba a un par de páramos frente al umbral de su puerta. El bosque llamaba a Lūk y Lūk llamaba al bosque Misterioso y tétrico, pero siempre seductor. Decían los mayores estaba poblado de Efrits, Ninfas, Dĕks y Kārs̄. Nunca existió en sus mente la duda, el vínculo se había forjado en el misterio de los sueños. Para ganarse la cadena, y con ella su mayoría de edad, debía llevar su peso en caza, quizá renos o ciervos, en el peor de los casos conejos y en verdad muchos conejos. Pero la victoria verdadera se encontraba, simplemente, por atravesar el umbral. 

Hablaban las lenguas olvidadas, del Rị̀ nā, monstruo bestial, con la fuerza de un Miltoro y la cabeza de un belobo, con alas de Kārs̄ y cola de serpiente crepuscular, nadie le había visto ni le había dado caza jamás, se sabía por sus gritos de agonía y soledad, que retumbaban haciendo ecos en el bosque de la montaña. Con esto en mente, Lūk se armaba de valor la mañana de su iniciación, suspiraba profundo y temblaba un poco, era el momento adecuado para demostrar su valía, aunque mínima, existía y le hacía fuerte y digno de un futuro mejor que el de la escoria que lo precedía. Se vistió por completo de armas, besó de adiós a su madre y salió al horizonte. En la ceremonia tiritaba, tratando de ocultar la mirada de sus pares, que se regocijaban en júbilo ruidoso, no pudo ni oír palabra alguna del sacerdote, como poseso fijó su mirada tras el páramo y caminó hacía el bosque de la montaña, que se tendía sobre un mar de paja dorada.  Le tomó toda la mañana internarse en el bosque, el resto de los jóvenes habían escogido la opción más obvia de una pradera de pastizales repleta de animales de caza pero a Lūk le gustaba correr riesgos, al fin y al cabo  nunca tuvo nada que perder. Siendo el único que se atrevió a poner pie en ese bosque en cien años; todos creerían que lo invadía la locura, y tal vez, así era. Único hijo de un tabernero borracho, pálido y maltrecho como él, y una lavandera ciega, de piel oliva y cabello tan negro como la noche, de ojos ámbar y rasgos finos, una belleza oculta bajo el peso de lágrimas y tragedias. Jamás sostuvo con sus manos riqueza alguna, ni aspiró a heredar gloria de nadie, siendo nadie para el mundo, éste poco importa para él.

 Al internarse, trepidaba de miedo en la oscuridad provocada por la espesura del bosque, tras momentos de caos, el silencio y la quietud le revelaron que al menos en ese momento era como un bosque cualquiera, con sus peligros por su puesto, timosos, rezorros, socavones y barrancos disimulados por la hierba. Le seguía el rastro a un venado blanco a eso del medio día, pero le tomó más de seis horas alcanzarlo lo suficiente como para dispararle. Tensó un arco corto y una flecha con punta de pedernal, respiró profundo y abrió bien los ojos grises. Cuando por fin estaba a punto de disparar, escuchó un sonido lejano, un sonido envolvente e hipnótico que le hizo errar el tiro y llevó a su flecha hasta un viejo árbol, y al venado blanco a correr despavorido. Era una voz, la voz dulce de una mujer, una melodía volátil y frágil, que atizaba una nana al viento en una lengua desconocida y con un clamor extraño, dulce y amargo a la vez, casi como un abrazo de despedida.

 Siguió la voz a la montaña del Oeste y ahí pudo ver un sauce de lágrimas, circundado por un pequeño arroyo, un aro de rojongos moteados, pequeños cantasombras y hueledenoches. Ya el sol llegaba a su declive y la noche se veía cercana, el arrebol en el cielo teñía el aura roja, sonrosada y aurífera. La canción le hechizaba y lo obligaba a seguir caminando, como un manto delicado que tiraba de él hasta sus entrañas, suave pero firme, su vida pendía de aquel manto invisible. Poco a poco las palabras le obligaban a acercarse, no entendía una sola, sólo lo sabía, era como si su cuerpo se moviera por sí solo, buscando un calor conocido, un recuerdo de la infancia. No existía sonido distinto, parecía que el mundo a su alrededor había desaparecido; sólo el latir de su corazón y el sonar de la canción le hacían compañía. 

El atardecer ensangrentó el cielo y Lūk dejó caer todas sus armas sin darse cuenta, mientras se acercaba a la misteriosa figura sentada en las ramas del árbol, que parecía arder en las llamas de la tarde. Su mirada la encontró ahí, recostada en las ramas del árbol con cabello de fuego colgando de las ramas de ese sauce gigantesco, su piel casi desnuda a no ser por un delgado y harapiento manto de algodón, bañada por luz de luna, el fuego del atardecer y el brillo de su canción. Con los ojos grandes, inmensos cual cielo nocturno, verdes como la yerba nueva, sus labios rosados como la grana en leche. Su canción dulce tal beso de bienvenida y triste como un adiós para siempre.  Su cabello yacía enredado por todas las ramas del sauce envolviéndole verdaderamente en fuego, fuego de doncella, sus manos contaban la historia de un pájaro que volaba libre y sus pies acariciaban dulcemente la corteza del árbol.

Todo se volvió dicha primorosa y magia clandestina, esa felicidad inalcanzable se tendía quieta frente a él.

lunes, 14 de junio de 2021

CARTAS A MARÍA, CARTA QUINCE

 




Carta 15


24 de Mayo

Anoche soñé que me moría, soñé que me estaba desangrando a un lado de un nopal arriba del monte. No había nada ni nadie cerca. Hacía mucho calor y me ardía el pecho, de mi pecho manaba la sangre como riachuelo. Me sabía la boca a fierro, mis manos estaban adormecidas y me escurría un sudor sucio de la frente a los ojos. En lo alto del cielo se escuchaban los graznidos de los zopilotes que ya se saboreaban los jirones de mi carne. El sol quemaba mis pies descalzos que no tenía la fuerza para mover, el aroma era de arena seca, de sed y de muerte. Sentía ganas de toser, pero no podía, tenía las narices rellenas de tierra y sangre. Trataba de arrastrarme a la sombra del nopal y no pude. Pude sentir como las fuerzas se me iban y como me iba haciendo nada, me andaba como durmiendo, pero me moría. Se me quitaba el calor y me empezaba a dar frío, entonces desperté.



Medio tristeza de darme cuenta que sólo fue un sueño y no me morí ni nada. Ni siquiera la fortuna de andar crudo me fue concedida, me tuve que levantar con mis propias fuerzas y hacerme de huevos para meterme a bañar, rasurarme, para vestirme e irme a trabajar.

Estaba encabronado María, encabronado de tener que despertar otra vez dentro de este cuerpo y con el alma rota. De tener que aguantar el pasar de los días sin verte, sin tenerte para mí, sin escuchar tu voz. Ya sólo queda en mis adentros una rabia incontenible.



Escalaría todas las montañas que nos separan con tal de verte a lo lejos, pero ¿de qué serviría? Estarías en sus brazos, sin saber siquiera que yo me encuentro ahí, te miraría en sus brazos y si lo veo lo mato ¿Me oíste? ¡Lo mato! Que bastante tengo con que te haya llevado, con que es perfecto hasta su puta madre. Sus ojos, su cabello, sus dientes alineados. Su estúpida sonrisa de niño bonito. Que ha viajado a España, que sabe hablar inglés, que si estudió carrera en Texas, hasta el maldito perro del muy hijo de puta es como sacado de una revista.

¿Enserio eso quieres María? Una vida acartonada y tiesa, sin sonrisas sinceras, sin caminares en día de lluvia, sin flores de milpa ni día de mercado, sin secretos entre los callejones, café de la plaza, sin besos al atardecer. ¿enserio todo eso te da lo mismo?



Sé que te decepcioné y que no fui lo mejor, sé bien que el fin se veía venir porque tú brillabas demasiado. Tal vez se acabó para ti, pero mi amor es un rumor enraizado en la tierra, se queda a través del tiempo en los latidos del viento, el cantar de los pájaros y en las lágrimas de todos los amantes. Te lo juro, te lo juro por todo lo que es bueno en este mundo; él jamás, jamás ni en cien años de estar contigo te amará como yo te amo en un simple parpadeo. Su cariño es el tibio fulgor de una lámpara y yo te amo como si el sol explotase sobre el mundo.

 

Juan.

viernes, 9 de abril de 2021

La bruja brilla de noche

 




A Carmen Ollin la mataron un veinte de septiembre. Todos supieron bien quién, pero nadie quiso decir nada, que si de algo pecamos en este rancho miserable es de silencio. Aquí se callan los dolores, aunque quemen hondo, aunque den ganas de llorar. Por eso mataron a Carmen, yo digo, porque ella no era de esas de “calladita y bonita”. La encontraron al pie de un árbol, todavía tenía su cadenita de Santo Cristo en una mano. Yo creo que su alma salió volando como garza blanca al atardecer, así era Carmencita.

Todos supimos que estaba muerta porque tenía dos noches perdida y al medio día siguiente, pudimos escuchar el grito despellejado de Doña Martha, yo estaba en el puesto y me caló bien feo. No me aguanté y empecé a llorar, mi Ma nomás me dijo “cállate pendeja que te van a oír, límpiate la cara y aguántate, aquí no se puede”. Y entonces el silencio, ese chingado silencio se hizo insoportable. Nada más Doña Martha lloraba sin consuelo. Sus gritos hacían retumbar hasta las ventanas. Ni en el sepelio nadie dijo nada, rezaban, rezaban y se veían las caras, no los fueran a oír. Y en la madrugada nomás se escuchaba a lo lejos el canto de un borracho que medio lloraba medio reía, pero pues él es hombre y si puede, nomás con que nadie lo vea de frente y a esas horas ¿quién lo iba a mirar?

A la mañana siguiente la enterramos, con hartísimas flores blancas, el aire sabía a primavera y todo parecía de nubes. Después volvimos a lo mismo de siempre y como si nada. Que la vida sigue y que no sé qué.

A la noche ya no hubo vuelta atrás. Todos lo vieron. Andaban en el novenario de Carmen, las señoras, los viejos y del Monte. Se escuchó el chiflido clarito y en el cerro con todo el fuego de sus entrañas, la Bruja.  La mirada se posó sobre ella, la mirada de todos nosotros. En ese momento fue innegable y por mucho que quisieran enterrar la verdad, no pudieron.

 La bruja ardía y revoloteaba por el cielo, su fuego sensual quemaba la milpa y los tejabanes, pude sentir su ardor iluminándome la cara, liberándome de todas mis cadenas, arrastrándome a su fuego, llamándome hacía ella. Me daba miedo, pero me encantaba al mismo tiempo, caí en la cuenta de que mis lágrimas llegaban hasta el suelo, lloraba por Carmencita, lloraba por Doña Martha y lloraba por mí, por todos los dolores acallados que traía dentro.

Todos lloraron, pero muchos sonreían, creo que todos eran igual de infelices que yo, nomás eran mejores para disimularlo. Doña Martha en ningún momento dejó de rezar, hasta que la bruja se fue a posar sobre el gallinero en la casa de del Monte, ahí sí dijo “Ay mija”. El fuego fue como un beso muy dulce, despacito y callado, hasta que no y las llamas alcanzaron las estrellas. Del Monte salió corriendo, pero ni él ni nadie pudieron sofocar ese fuego. La bruja sólo observaba plácidamente desde las alturas hasta que, entre el humo, el fuego y las sobras de la noche desapareció.

Cuando ya aluzaba la mañana lo sacaron de entre los escombros, quemado y tiznado, Arturo del Monte estaba muerto. Mentiría si dijera que no me dio gusto ver su cadáver chamuscado, yo le traía harto coraje y verlo así se supo a trago de victoria, aunque esté mal. Don Señor Del Monte lloraba y gritaba como gritó Doña Martha dos días antes ¿a qué no se siente tan bonito cuando el muerto es de uno? A mí no hay nadie que me quite de la idea, Arturo la mato a Carmen. Él nos la arrebató a todos y la Bruja lo hizo pagar con el dolor de su propia carne.

Mi Ma me pellizcó el brazo y me dijo “quita esa cara y ya métete”, porque la satisfacción se me veía hasta por encima. Pero bien que sé, que no era la única, todos ya lo sabíamos y el fuego de la bruja había desnudado la verdad, una verdad que ya no iba a ser callada. Arturo mató a Carmen y le costó caro.

El 5 de octubre era noche de luna llena, hacía frío y muy lejos se escuchaban las lechuzas. Yo recuerdo que soñaba que corría por el Sabinal, que veía la luz entre los árboles y la perseguía “llévame contigo” le gritaba, “llévame lejos”. Entonces pude escuchar su canto, su voz era dulce y al mismo tiempo filosa, me cortaba, me fileteaba bien adentro. Comenzó a sisear y yo sentí que me sonreía estiré mi mano para tocarla y desperté. Abrí los ojos en la oscuridad, pero todavía la escuchaba, su voz cantando fuera de mi ventana.

Saqué mi cabeza por el marco de la ventana. Pude verla, brillante y cálida, resplandeciendo en el cielo nocturno. En mi cabeza resonando el vozarrón de mi Ma “nomás que te salgas así te va ir” y mis tripas revoloteando “tantito”. Más me tardé en pensarlo que en lo que ya iba descalza por entre los corrales, ni siquiera sentía el frío, yo sólo me dejé llevar por la luz y se me olvidaron mis dolores, casi la pude tocar con mis manos.

Ni veía por donde iba, la luz de la bruja me hipnotizaba, me jalaba y me envolvía en su manto luminoso pa llevarme bien lejos. De seguro ha pensado que yo no soy pa quedarme sola en este rancho. Ya sentía la libertad bajo mis pies cuando azoté contra una pila de leña. Mi piel se rasgó y me astillé la espalda. Ahí lo vi, jadeando, sudando y mirándome fijo, Juan, el de los García. “a dónde crees tú que vas, así como alma en pena a media noche. Pareces loca”. Ni le contesté, me paré como pude y traté buscar la luz de la bruja, vi que estaba llegando a la nopalera camino al cerro, miré por doquier pero no la vi. Juan me jaló y trató de arrastrarme de regreso. Resistiéndome le dije “yo a ti no voy a darte explicaciones de nada ¿qué carajos te importa lo que yo haga?”. “Ya ves cómo eres, siempre bien arisca y altanera, pareces mula. Si no es porque yo te ando cuidando quién sabe qué te pudo pasar, ándale ya no seas así, vámonos que aquí está bien embrujado” dijo. “Ya te dije que yo contigo no voy a ni un lado, vete tú, no tengo ni una necesidad de que me anden cuidando y menos tú.” Contesté “ah, pero al rato que te mueras igual que la Carmela sí van andar chillando” replicó escupiendo de coraje, “yo voy y me muero donde quiera el día que me venga en gana, a ti ni te va ni te viene, eso es asunto mío”. 

Este pleito Juan García y yo lo traemos desde hace buen rato, no entiende por las buenas y por las malas menos, parece que mientras más le digo que no más se empeña en andar tras de mí. Empezó desde que yo cumplí doce y desde el principio yo he sido bien clara, a mí no me interesa, pero necio que es, todos los días pasa al puesto y saluda, le hace plática a mi Ma y le lleva un pulque a mi Pa. Todo para que a mí me digan que soy remala, que me siento como si juera de oro y que gracias via de dar que Juan me mira, porque su familia tiene hartas tierras, que porque no es nada feo, es bien trabajador y porque me quiere “bien” y me va a tener “bien”, que eso ya quisieran otras. Pos que se lo vaya a dar a esas otras que yo no quiero nada, pa que nomás me encierre y me tenga de su criada, para que yo tenga que hacer lo que él dice, además él ya está más grande, se pudo encontrar a alguien de su edad pa casarse, si no lo ha hecho a sus 25 años es por algo. “Que te vienes conmigo ¡chingada madre! Terca, terca como piedra de cueva” me gritó mientras a jalones me cargaba, sentía que sus manos me cortaban la sangre de las manos. Por mucho que pataleé y me resistí no me pude soltar, traté de gritar, el sonido no me salía, luché con mi fuerza, pero parecía inútil, parecía yo cuarterón de frijoles, es que él más alto y más fuerte.

Me dejó caer hasta el suelo, sentí mi corazón rebotando contra mis costillas, me aturdí poquito y ahí vi que no estábamos ni cerquita de mi casa, estábamos en un silo de piedra que está del otro lado de la milpa. Estaba bien oscuro y hacía frío, podía ver su silueta en la puerta, para luego cerrarla tras de sí. Traté de pararme, pero me resbalé con los forrajes de sorgo que estaban bajo mío, sentí mucho miedo, traía el corazón en cogote y las manos heladas. Lo escuché cerrar la puerta con llave y se me salieron las lágrimas, ahí ya no veía nada, sentí su mano en mi mejilla y los labios en mi oreja “ay chula contigo nunca nada es fácil, nomás porque me gusta que eres bien rejega, brava y remilgosa como tú sola”.

 Con una mano me sostuvo ambas muñecas por encima de la cabeza, me recargó contra la pila de sorgo y la otra la metió bajo mi camisón, me manoseaba las piernas, empezó a lamerme las lágrimas de la cara y sentía sus jadeos en mi cuerpo. Subió hasta mis senos y los apretujó bien fuerte hasta que pujé de dolor. Ya lo sentía trepándoseme encima, su aliento sucio, las gotas de su sudor puerco y sus labios en mi cuello, trató de besar mis labios y me volteé la cara, me agarró la mandíbula con mucha fuerza, me besó a la fuerza y me mordió la boca. Yo no dejaba de llorar, tratando de irme a otro lado, rezándole a la bruja para que bajara y quemara todo con nosotros adentro. “Nomás pa que no digas que soy malo contigo. Yo sí te quiero bien, pero mira tú lo que me haces hacer, todo por necia. Pero vas a ver que cuando nos casemos hasta te va gustar”. Y me soltó.

Abrió la puerta despacio, no se dio cuenta ni como yo salí corriendo. Corrí y corrí, sin importar que las plantas de mis pies se fueras despedazando, traía la cara roja y la panza revuelta, hasta sentí que salí del agua para tragar aire cuando vi mi ventana abierta y me metí. A esas horas ni me dolía nada, aunque me hice jirones las plantas de los pies, me sangraban los codos y la boca y mi cara una revoltura de mocos, mugre, lágrimas y saliva. Lloré y lloré y lloré hasta que las lagrimas no me salieron. Entró mi Ma, de un encabronado que no había visto nunca. Me gritó, me cacheteó y me dijo hasta de lo que me iba a morir, todo para rematar con un “¿qué pensaría Juan nomás de mirarte como vienes?” sentí que la sangre me hervía tanto que, si tocaba algo lo quemaba “Bien que sabe cómo vengo ¿pos tú quién crees que me dejó así? Ya sé, ya sé que al rato que me mate nomás va ser mi culpa, al rato me mata y de todo voy a tener la culpa yo. El santo es él, que por accidente se le va ocurrir matarme”.

Mi Ma sólo se me quedó viendo sin decir nada, se salió del cuarto y la oí hablarle a mi Pa. No mucho ni muy fuerte, todo se hizo silencio. Traía harta rabia, quería escupir y envenenarlos a todos, quería volverme fuego y quemar la casa con todos adentro, quería ver sus cráneos crujir en las llamas, quería que el veneno de mi boca quemara a Juan por dentro, sacarle los ojos y romperle todos los huesos, hacer que se tragara sus propios huevos y verlo asfixiarse con ellos. De haber podido sacarme la rabia el cuerpo acababa matando a todo el rancho.

No sé si de tanto llorar me quedé dormida, no sé si lo soñé o lo escuché de verdad, pero la oí, oí su lamento, era suave y agudo, dolorido y a la vez consolador. Percibía mi dolor, todo lo que revolvían los pedazos que quedaban de mí, dentro de mi alma. Abrí los ojos y la vi frente a mí, bellísima envuelta en luz azul, con sus manos sujetó mis hombros y lloró, lloró desde sus entrañas, sus lágrimas eran pececillos que nadaban por la negrura de la noche. Mi dolor era suyo y su llanto el mío, me hablaba sin decir palabra con el brillo de sus ojos. Era como si dijera “No estás sola”.  Se alimentó de mi dolor, se apropió de mi rabia, la hizo suya y la volvió fuego, la transformó en flamas.

“Al anochecer” dijo sin decir, “al anochecer”.

Abrí los ojos y volví a mi cama, a mi cama, a mi cuerpo. “Al anochecer” me dije en voz alta.

Ya estaba muy entrada la mañana, calenté agua en el fogón para bañarme, me sentía sucia y despellejada, me saqué las astillas de los pies, me quité las piedras encarnadas de los codos y me eché aguardiente que me escoció la boca, ni me dolía, no me dolía nada de lo que me dolía adentro, en el pecho, en las tripas. Todos me veían, pero hacían como que no estaba, que era transparente y nunca existí. Ni mi Ma, ni mi Pa ni Claudia ni Manuel, yo no estaba ya en este mundo, me pude haber evaporado a esas horas y ni así me vieran volteado a ver. Me senté en una banca en el patio, me dio no sé qué por tejer. Las pocas flores que quedaban atraían a las monarcas y a las abejas, los pájaros cantaban desde el mesquite y por momentos me sentí menos rota.

Y que cuando menos lo pienso, ese cabrón viene y se me para enfrente. “No te pongas así chula, cometimos errores. Ya no te enojes conmigo, te ves más bonita contenta”. Me quedé atónita, sentía un zumbido agudo opacándolo todo, me temblaban las manos y sentía todo el ácido de mi rabia emanando de mi cara. El calor se me bajó a las manos y yo nomás lo veía y lo miraba, es que casi no me la creo, tiene el descaro de venir a pararse frente a mí, de meterse a mi casa ¡tiene el descaro de mirarme a la cara!¡de traerme flores! El fuego me punzaba, me quemaba, me ardía. La sangre se me hizo lumbre y ya no me interesó contenerlo.

Me incendié, las manos se me prendieron y las llamas se me hicieron garras. De una bofetada dio hasta el suelo, ardió mientras yo lo miraba, mi fuego le derritió media cara, hasta que casi se le veía el hueso, así como se deshace la manteca en el fogón. Sus gritos me supieron a música, creo que hasta estaba sonriendo. El alarido dolorido violó el silencio aprisionante, así como Juan me violó mí. No importaba nada más, a penas así Juan sentía lo que él me hizo sentir a mí.

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...