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martes, 3 de septiembre de 2024

Deniz III

 




III

 

La aurora rompió en el firmamento cuando Deniz cayó en cuenta de que, había pasado la noche en vela. El conflicto para él era tal, que era incapaz de sentir el cansancio. Vergüenza, su vida entera había estado plagada de vergüenza, su mera existencia le hacía sentirse avergonzado. Matricida le decían antes de que pudiera caminar, y poco a poco el significado de aquello, había hecho mella en sí mismo, en quien era, en cómo se dirigía a los otros. No es que no hubiese anhelado mil veces en vivir una vida distinta, tener una madre y un padre, una vida más simple, no es como si no soñara con ello todas las noches, pero estaba convencido de que, esa era su naturaleza, la de asesino. Lo primero que había logrado en el mundo, fue asesinar a alguien, incluso antes de poder respirar. No tenía memorias de nada, que no implicara la guerra y la muerte. ¿Podría alguna vez, huir de quién era? Estaba en su sangre, corría por sus venas, sangre, carne y mirada asesina.

Y ahora débil, postrado y atado al dedo meñique de una frágil criada lechera, en un puerto lejano al suyo, rodeado de una nación que lo abominaba, viviendo con gente que le temía, que hablaba una lengua ajena y que de saber quién era, le quemarían como leño, al rojo vivo de la hoguera. Había perdido el sentido de sí mismo, del deber y de lo que él en realidad quería. No era la primera vez que lo imaginaba, pero era la primera vez que lo añoraba, que le encaprichaba, que lo enloquecía. Abandonaría todo lo que conocía en un parpadeo, por sostener la mano de la doncella un instante, y ni siquiera sabía su nombre. Una parte de Deniz había muerto aquel día, la ausencia de ella se convertiría en su ausencia propia, el dolor en su dolor. La existencia de una luz, royendo sus entrañas, devorando su carne, bebiendo su sangre, mil y cien gusanos carcomiendo su mente, regurgitando la imagen sola de su rostro. La melancolía de su compañía era en lo único que podía pensar, era la sed y el hambre, la urgencia, la desesperación, una locura próxima a la muerte. Habría traicionado las vidas de todos sus hombres, por la mano de aquella delicada sirvienta, desconocería patria alguna más que su regazo, haría arder naciones y palacios por su sonrisa, destruyendo todo a su paso, se haría camino a otros mares, lejanos cual firmamento, a donde nada ni nadie les hallasen, un puerto donde encontrar calor al fogón de una vida nueva, inmolaría todo cuanto era, todo cuanto poseía, todo cuanto lo rodeaba, por ese preciado tesoro.

Moza si bien lejana de altura y alcurnia, corriendo descalza por las cocinas sucias del Castillo, seguramente lo más bajo de lo bajo en cuna, de naturaleza simple y aun así, su luz pura iluminaba cuanto abismo desdichado. Sus cabellos eran el sol en el oriente al alba, fuego llameante, su piel nívea arena blanca y marfil pulido, sus grandes ojos fijos: el azul profundo de la mar al medio día. No habría tenido más de diez y tres años, quizás un poco menos, delicada como la porcelana y al mismo tiempo salvaje como las mareas. Una sonrisa tan cálida como todos los fogones del castillo, ardiendo al mismo tiempo, un aura de tierna pluma y hálito de demonio entresoñando. A su paso tersase el mundo entero con el aroma dulce, a flores frescas, que dejaba a su paso, titilando.

Advenido el estrépito de la mañana, a pesar de que la luz solar ni se asomaba, todos los mozos de cuadras y mancebos de servicio desayunaban apostados en el suelo de las cocinas, comiendo farinetas de harina amarilla, sobrecosidas, pegajosas y desabridas, acompañadas de buches grandes de vino de granillo rosado. Las mozas atizaban los fuegos y comían de pie, en un revoloteo de parvada, alistando todo para el desayuno del resto del servicio y el fogón especial del señorío. Prestó Deniz especial atención a todo esto, olvidado de su misión de guerra, y concentrado en encontrar a la doncella de su corazón. Presuroso terminó el engrudo en una bocanada, se limpió la boca con un trago de vino y se puso a la orden de la matrona de cocina; con la esperanza de toparse de frente con su amada. No sería tarea sencilla, ni para el príncipe del Väktare.

 Se ofreció a repartir la comida para el servicio en el salón bajo, ahí ayudó a servir y entregar gachas, pan de mimbo y unas pocas hogazas de carne, para una veintena de personas, en cada mesa, sirvió, según sus cuentas, a cinco hileras de cinco mesas cada una, eso hacía que más de quinientas personas de servicio, desde mozos, mucamas, barrenderas hasta jinetes de su majestad, a la hora del desayuno. Eso era sólo al turno primero, para lo que debían prepararse a salir horas antes que el señorío. Comían y se iban siguiente turno, canteros, carpinteros y ebanistas, herreros, cocheros y guardias nocturnos, diez en cada mesa, doscientos cincuenta de ellos. El último turno, la alta guardia, los soldados y los tenientes de Blāk ṭavar, diez hombres fornidos sentados a sus anchas en las amplias mesas de tablón, para ellos se sirvieron jarrones de Vino caliente, mazamorra de granillo blanco y leche de cabra, lonchas grasosas de pantorra corva, hogazas completas de pan de mijo y semillas de sol y leche fermentada de yak a llenar. Mil hombres al servicio de su majestad, mil hombres en su contra, mil hombres dispuestos a matarlo, pero más importante, mil hombres entre él y la doncella de porcelana.

Dos horas le tomó por completo y al final de ese turno estaba hecho trizas, le temblaban las rodillas, los brazos acalambrados, las manos ampolladas. Fue enviado directo a las cocinas, a seguir con la tarea del día anterior, acarreando aguas y atizando fuegos, un corretero tortuoso y constante, plagado de insultos y azotes de ingratitud. El tiempo le parecía en pausa, por más que trabajaba, sólo veía apilarse más tareas en su espera. Rendido, agotado y furioso, se dispuso a acarrear un par de cajas de vino de Rhyn al comedor, ahí pudo ver ocupadas, sólo cinco mesas con diez comensales, la guardia matutina habría terminado sus rondas y el ocaso estaría sólo a una hora de distancia. La tortuosa corretiza de la cena estaba cerca, y la desesperanza empezó a surgir en él, no había visto ni de lejos, a su doncella. Al cumplir su encargo y dejar las cajas de vino, dos Amas del comedor le instigaron a hacer una nueva tarea, debía subir al segundo nivel, para entregar bocados a los que montaban guardia. Era una oportunidad invaluable para hacer un mapa de la zona, de los guardias apostados y de los accesos a las almenas y torretas. Entró por una garita elevada a un muy angosto camino de ronda, en la entrada hacía un adarve cubierto había dos guardias, gustosos tomaron de los bollos y lonchas de embutidos. Le hicieron caminar por todo el adarve y le indicaron las paradas que debía hacer, cinco guardias en la primera torre flanqueante, otros dos guardias en la siguiente entrada a un segundo adarve, a la siguiente torreta, dos guardias a la entrada, seis arriba en la torre y dos a la salida, notó que a cada paso más cerca del castillo de los nobles, se incrementaban tres guardias por estación, primero once, luego catorce, diecisiete y por último veinte, veinte guardias de élite resguardaban la entrada al castillo de los Reyes del cuarzo, a sus espaldas un patio de armas y una ermita lujosa resguardada por dos guardias más. No pudo avanzar mucho más, habría despertado sospechas, cuando daba en mano los últimos bollos, embutidos y queso a los hambrientos guardias de la capilla, escuchó un chillido violento a sus espaldas, una corretiza entre una mujer que gritoneaba entre los arcos del patio. “marzanny! marzanny!” decían sus alaridos. Los guardias reían, por lo que entendía del idioma, la mujer gritaba por algún ratón, uno de los guardias dijo: “el ratón se ha escapado del nido de nuevo” y el otro replicó “hoy día estuvo escondido por el suficiente tiempo”. Deniz no pensó mucho al respecto y se prestó a volver, esos mismos guardias le hicieron cruzar una puerta hacia una almena descubierta que lo llevaría desde ese patio hacia la primera garita directamente.

Un atajo, un punto nuevo en el mapa del castillo, pensó para sí, a sus espaldas la mujer aún gritaba en pánico. Desde la almena se podía ver al horizonte, el cielo sonrosado y las nubes se teñían al fuego del ocaso que se aproximaba, se podía oler el salado descaro de las olas que rompen a contra roca y escuchar el ronroneo de la marea, una suave estela del azul profundo se veía a unos cuantos pasos y por segundos Deniz estuvo de nuevo en casa. Sin pensarlo, se detuvo, se detuvo a empaparse del rumor de la mar, a bañarse en su cercanía. Respiró profundo, como para llevarse un poco de la brisa marina consigo y decidió seguir su camino, cuando ahí, en esa inmensidad, la miró. Aferrada al horizonte tanto como él, descalza, con un camisón que era más un harapo viejo que ropa, con el cabello suelo y salvaje, flotando con la suave brisa, llenándose con el perfume de las mareas. Sus ojos infinitos, casi sin parpadear, para no perderse un solo instante del ocaso. Arrebol de fuego y mareas. Emanaba una luz más incandescente que la del sol, un velo rojo que cobijaba la almena, incendiándolo todo. Y el cómo la polilla, sin darse cuenta, se acercó hasta que su ilustre pena, lo quemaba. Ya la tenía de frente y él no podía decir palabra. Ella recién percibía su presencia, le sonrió y saludó con la mano, cual amigos desde la infancia. Era la sed, exasperada y dominante, le reconcomía todo instinto, olvidaba todo de sí, para convertirse en su sombra. No existía ni el tiempo, ni el sonido, nada los rodeaba, eran Deniz y la doncella en todo el vasto mundo. Cascó de sopetón esa bella sonrisa un estrépito de rayo “¡Marzanny!” hizo eco ensordecedor en la almena. El tiempo se rompió en mil pedazos, y sus cristales quedaron regados por el suelo. Él dio la vuelta a mirar la puerta de acceso y vio a la misma mujer gritando y agitando sus brazos violentamente, mientras gritaba desde el fondo de sus pulmones, una mujer avejentada, de unos cinco y treinta, con la piel erosionada y reseca, manchas de varicelas, bastas canas en las cejas y unos grandes ojos grises que aún conservaban la lozanía de su juventud, no era realmente tan vieja, pero su semblante reflejaba una vida difícil. Deniz volvió la mirada rápidamente, para encontrar un espacio vació y el sutil fantasma de la doncella, entrando a toda prisa por el umbral de una escalinata.

“Mancebo, tú el mancebo de cocina” vociferaba directamente a Deniz “¿mancebo, te habéis encontrado a Marzanny en tu recorrido?” — “¿Marzanny, mi señora? ¿Desea que cace yo ratones? A tiempo de dos días llegué al castillo y mis tareas son muy variadas, si lo desea mi Señora yo lo haré.”—“¡Marzanny! ¡la niña pelirroja y harapienta! .”—“¡Ya veo que eres nuevo! Aún no has tenido que lidiar con esa rata escurridiza” Deniz como por puro instinto, comenzó a mentir “no mi señora, no he visto a nadie desde que salí por la misma puerta que su gracia”. La mujer sacó un resoplido desesperanzado e iracundo, más como un bramido que suspiro. “¿Mancebo cuál es tu nombre?” Deniz sintió el pánico acumularse detrás de su garganta y el aire escapársele del estómago, tembló un poco y las rodillas se le vencían, por un segundo casi responde ‘Deniz’ dejando al aire su identidad, pero recobró la cordura en el último instante y recordó que, mientras estuviera dentro del castillo, su nombre era otro. “¡Ngharreg!” dijo casi gritando “Ngharreg Blentyn, para servir a mi señora” la mujer pareció complacida y le preguntó “¿sabes leer Ngharreg?” –“sí mi señora, sé leer y escribir” — “¿Quién lo creería Ngharreg, un erudito y reducido a mandadero de cocina? Necesito que vayas directamente a cocinas, que preguntes al Ama si ha visto a Marzanny rondando el jardín inferior otra vez, y que, quedas relegado de tu cargo por orden de Lady Arglwyddes, que yo te necesito para que la busques por todo el castillo si es necesario, te reportarás conmigo en el ala superior del Torreón deGlainne” –“Haré como usted mande mi Señora”.

Deniz no podía creerlo, le era increíble, le estaban dando rienda suelta a hacer lo que él deseaba hacer.  No sólo podría usar su tiempo para corretear con la doncella lechera que él tanto deseaba, sino que podría ir de arriba abajo sin levantar sospechas y encima le había dicho, su nombre: Marzanny. Lady Arglwyddes lo condujo a una pequeña estancia de regreso al patio de armas, le escribió una manda en un trozo de papel que firmó y selló con un anillo grabado de la casa Flinglainne, una casa venida a menos, de la misma línea real de los Albann; Deniz debía leerle esa manda al Ama de cocina que apenas sabía escribir su nombre y a los guardias del Alto castillo que le pusieran resistencia; Lady Arglwyddes debía ser una prima segunda del lado materno, del rey y si era capaz de ganarse la confianza, él quizá podría acercarse para acecharles. Podría por un corto tiempo mantener el equilibrio entre el deber y el deleite.

Así hizo, corriendo como el rayo, guardando cada segundo para sí mismo, en pos de Marzanny. El Ama de cocina pareció molestarse, la ayuda en los fogones no era prescindible, pero no hizo más nada que gruñir. Y así Deniz emprendió sus pasos a husmear por el castillo, por los intrincados corredores y sus galerías coloreadas de un pigmento azul álcalis, con altísimos cielorrasos blancos, fábulas mitológicas cinceladas en mampostería y bustos labrados de marfil, con cientos de gélidas caras de los reyes antiguos, suntuosos, abrumadores y derrochadores.  Los reyes Albannos no escatimaban en pompa y opulencia, era notorio que, para la dinastía, el ostento era símbolo de poder. Bibliotecas, galerías, jardines, hasta los cuartos de bordado eran increíbles muestras de caudal. Deniz avanzó por doquier, pero, ni rastros de Marzanny. Mientras más buscaba, más desesperación sentía, le invadió el miedo de no encontrarla y de ser removido de su cargo. Un par de horas tras la puesta de sol, sintiéndose derrotado y abatido, Deniz entró por una puerta que conectaba una escalera de servicio a las cocinas, admitiendo para sí mismo su fracaso, regresaba a los fogones, cuando escuchó un leve rumor que hacía eco en la escalinata. Más un murmullo que una canción, un balbuceo vibrante que no tenía letra, lo siguió al reconocerlo por un estrecho saliente de un ventanal dividido por tracería en forma de rosa. Ahí la vio, trenzándose los mechones de cabello salvaje, bañada por la oscuridad de la noche y adentrándose en la penumbra de la luna. Casi una gárgola, fundida con la piedra, tan perteneciente a la negrura de la noche, tan parte del castillo, como los bustos de marfil. Deniz quedó petrificado nuevamente, hipnotizado con el rumor arrullador de su canción.

Debió estar ahí, de pie, por horas y horas, así mismo estático, fusionado con la callada roca y la cantera tallada, como ella. Se columpiaba peligrosamente en la cornisa, al ritmo de su canción, balanceándose con los pies al aire, casi bailando con el alto vació que le presentaba el horizonte, hacía el mar embravecido y las rocas de la costa. Las nubes que vestían la luna la desnudaron, y la luz que emergió en ese momento, descubrió a Deniz de su discreto escondite de sombras. Marzanny le miró fijamente y, con una sonrisa suave, firmemente –“me encontraste” – le dijo con una certeza natural –“siempre les envían a buscarme, pero nadie me había encontrado, has ganado; pero como nunca había pasado, no tengo ningún premio para darte. Ven, siéntate a mi lado” – “No deberías sentarte ahí, es peligroso” – respondió Deniz –“estaré bien, no me caigo, ven conmigo, no tengas miedo” – Era como si su voz lo empujara y antes de que se diera cuenta de lo que hacía, se precipitó, meciéndose cerca del abismo, y en nada ya estaba sentado a su lado. –“Marzanny” –preguntó Deniz sin pensárselo mucho –“¿Por qué te escondes?” – Ella arrugó la nariz con un gesto muy discreto, parecía que nadie nunca le había preguntado eso –“porque no quiero estar allá arriba” –dijo señalando hacía el alto Castillo. –“No me quieren ahí, pero no me dejan irme, me golpean, me gritan y a veces me quitan la comida, quieren amaestrarme, como a un perro” – dijo sumiéndose en la lobreguez del cielo nocturno. A Deniz se le heló la sangre al escuchar eso, pensó que quizá era una criada comprada, no más que una esclava y por eso eran tan crueles con ella. –“¿Vas a llevarme con la urraca?” – preguntó –“¿urraca? ¿cuál urraca?” – preguntó Deniz a su vez –“Lady Arglwyddes, ella fue quién te ha enviado a buscarme ¿no es así?” – Deniz no sabía que contestar, por un lado, debía, por otro, pasarían sobre su cuerpo moribundo, antes que permitirles lastimarla –“No, si tú no quieres, no quiero que te hagan daño” – respondió honestamente –“te buscarás muchos problemas” – dijo Marzanny. –“No más que tú” – replicó él. Ambos pausaron, y se enfocaron en el sonar de las olas rompiendo contra la roca, suspirando. –“Te prometo que volveré a ella, cuando suenen las campanas de la media noche, puedes llevarme. Sólo, quédate conmigo hasta entonces… a veces me canso de estar sola, siempre he estado sola y, la parte más difícil, de todo esto, es estar sola” – dijo Marzanny. –“Me quedaré contigo, tanto tiempo como tú desees”. –  respondió Deniz.

Estuvieron en silencio por un tiempo, sentados en la oscuridad, con la mirada fija hacia el horizonte. Deniz sentía el palpitar de su corazón, como atorado en la garganta y las manos heladas, temblorosas y sudorosas. Ella lo notó y le tomó la mano, Deniz se crispó como un gato asustado y Marzanny se rio. Mientras se sonreía dijo –“niño ¿cómo te llamas? Eres nuevo, pero no puedo decirte niño nuevo para siempre” –. Para siempre, para siempre, para siempre; se formaba el eco en la mente de Deniz, ensoñaba con ese mismo para siempre. –“Den… Ngharreg, aquí soy Ngharreg”– ella soltó una carcajadilla baja –“ ya veo, así como, yo aquí soy Marzanny” – Deniz la miró confundido, por un momento se sintió como si ella supiera más de él, que él de ella.


–¿Por qué te llaman Marzanny?

–Porque no me quieren. Porque no soy más que un ratón que les roba las migajas de comida. Les gusta culparme de todo, hasta de que murió mi madre. No me dejaba sentarme a la mesa a comer, no me dejó nunca jugar con mis hermanos. Me dejaron a cargo de la Urraca tan pronto como pudieron, para que me ‘domesticara’. Cuando me equivoco me golpean con una vara delgada– dijo abriendo las palmas de las manos, mostrándole a Deniz diversas cicatrices con distintos niveles de sanación. Había algo en su mirada mientras decía eso, una frialdad, una imperturbabilidad aterradora, una calma espectral que hizo helar la sangre a Deniz. A ella no le dolía, no le entristecía, no le provocaba absolutamente nada. –A mí también me culpan de lo mismo, mi madre murió cuando yo nací y mi padre siempre me dijo que yo era el asesino, siempre me ha dicho que tengo sangre de asesino. No tengo hermanos, no que yo sepa, yo nunca jugué con nadie tampoco. – Nunca lo había dicho en voz alta, decirlo, lo volvió un tanto más real y la voz se le quebró al decirlo. –Seamos ratones juntos– interrumpió Marzanny al escucharlo, apretándole la mano fuerte –Creo que yo más bien soy una rata– respondió Deniz, mientras ambos carcajearon juntos, para luego quedarse en silencio, Marzanny se acercó para acurrucarse ligeramente sobre el hombro de Deniz, que en altura le llevaba un saco de cabeza, todo parecía cambiar en el color de la noche y ella le dijo – Mi hermana, la mayor solía decir, cuando yo era pequeña; bueno más pequeña, que mi Madre siempre repetía “Lo que no puede decirse, se canta”, cuando no puedas decirlo, cántalo– y después de un corto silencio, prosiguió con su tarareo inicial, un rumor quedo, arrullador, cíclico, repetitivo y sin letra, que a Deniz le pareció tan dulce como un saludo y tan triste como la despedida.

La oscuridad se aferró a ellos, se sentía que ninguno deseaba que aquel momento llegara a su fin. Se respiraba una comodidad insospechada, como si se conocieran desde siempre, como si sólo recuperasen el tiempo tras larga ausencia, como si ya supieran todo el uno, sobre el otro. Quizás porque, por primera vez en largo tiempo, tal vez su vida entera; no se sentían solos. Ambos eran nueva sensación, de tierra firme tras larga travesía, para el otro. Una paz insospechada, una calma abrazadora, un silencio adormecedor.

Bella calma fue interrumpida al estruendo de la media noche, las campanas en todas las torres resonaron. Y ambos forzados fuera del sueño, el dulce sueño de la libertad. Marzanny dio un suspiro profundo, en un movimiento rápido se puso en pie, y le tendió la mano a Deniz para ponerse en pie, caminaron un poco, fuera de la oscuridad de la cornisa, lejos de la saliente hacia un pasillo con ventanales iluminados subieron la escalera de servicio hacia un balcón sin puertas abiertas, ahí se colaron por una ventana que no estaba bien cerrada, entrando a una sala que a todas luces era asentamiento de los altos nobles, forrada en mármol pulido, bustos de alabastro y perfiles retratados en Onyx. Una poltrona circular al centro de la habitación decorada con múltiples cojines y un juego de mate, con una tetera de oro, volcada sobre los cojines, así como si no valiera nada. Repentino pánico invadió a Deniz –“ ¡Marzanny no podemos estar aquí! Nos azotarán si nos encuentran”- Dijo con voz entrecortada y temblorosa –“Sí podemos”- respondió ella, mientras caminaba muy segura de sí misma, directo hacia un corredor principal. Abriese ante él, una amplia galería de cieloaltos inmensos, con frescos de guerra pintados en el techado, candelabros de cuarzo iluminados por lámparas de aceite labradas en oro, todo sostenido por gigantes columnas corintias, con hojas de canto y rosetones de plata sobre el capitel. Se extendían cinco puertas a cada lado, cada una resguardada por esculturas de mármol de, lo que parecían ser antiguos reyes Albanos. Deniz dudaba dar un paso, sentía que su sola presencia manchaba de mugre los prístinos pisos de un palacio tan espléndido como lo era ese, como él nunca había visto, Marzanny lo sujetaba firme y sin titubear, caminó con sus descalzos pies llenos de suciedad por la galería, al final de esta, una puerta de álamo, labrada en ebanistería y con alicatados de cuarzo de distintos colores, incrustado por sus marcos, pintando una escena de cacería, de lo que podría ser una historia mítica, una doncella posada sobre un sauce gigantesco y un cazador apuntando a un ciervo. Marzanny se plantó firme frente a la puerta y tomando la mano de Deniz, sujetó su propia muñeca y le dijo- “me resistiré, ríñeme y no me dejes ir”- Deniz no tuvo tiempo de procesar lo que le había dicho cuando ella ya había llamado a puerta. Esta se abrió de par en par, por dos guardias que aposaban dentro, inmediatamente Marzanny se echó hacia atrás y trató de huir, Deniz forcejeó como para hacerle entrar.

Adentro una cámara inmensa, una cúpula avenerada, con mosaicos azules y dorados, colgaba un candelabro que parecía estar hecho de diamantes, aluzaba toda la estancia con veinte lámparas de aceite, se extendían dos hileras de sillones a cada lado, almohadones azules con finos bordados dorados, unos cobijaban a músicos distintos que sostenían instrumentos musicales de cuerdas y metales, incomprensibles para él, al menos cuarenta sirvientes con servicios en sus manos, esperando firmes, casi sin parpadear, dos bailarinas esperaban la orden de bailar de nuevo, sujetando velos traslucidos que cubrían parte del suelo alfombrado.  Todo apuntaba directo a un camastro circular enorme, a lo lejos de esa avasalladora cámara, ahí  se podía ver reposado sobre su costado izquierdo y fumando de una pipa Sefralí, a un hombre alto, fornido, envuelto en un batón dorado que hacía resaltar una melena rizada y castaña, una barba tan larga que debió llegarle hasta el ombligo, tan grande era la cámara que Deniz no era capaz de verle la cara. La conmoción de Deniz fue interrumpida por el risotón furibundo de Lady Arglwyddes –“Pero no me lo creo que lo has logrado, hijo, Ngharreg, me siento orgullosa de haberte encomendado esta tarea, yo veo algo especial en ti mi muchacho”- “le agradezco mi señora”- dijo Deniz pujando, aún en plena lucha contra Marzanny. Dos guardias intervinieron y sujetaron a la combatiente Marzanny de los brazos de una manera abrasiva, Deniz no supo más que ayudar a levantarla y Marzanny discretamente le susurró al oído “Descuida, todo irá bien”.

Marzanny se puso de pie, ya sin resistencia, con una expresión de irredimible satisfacción, nulo arrepentimiento y osadía desafiante. Lady Arglwyddes escoltó a Deniz de regreso a la galería, le indicó el camino de regreso y le dio prenda para que los guardias le dejaran pasar por doquier, la inmensa puerta se cerró a sus espaldas y en un último vistazo pudo ver al hombre del batón dorado ponerse de pie. Deniz sintió un calosfrío recorriéndole desde la punta de la cabeza a la punta del pie. Temió todo en ese momento, temió por Marzanny, temió por sí mismo, temió perder los bellos sueños que recién había tejido. Pero al escuchar aproximarse el paso firme de los guardias, no pudo más que salir corriendo de regreso. Volviose a las cocinas, donde ya todos estaban durmiendo, se postó en el suelo del jardín, junto a la fuente, en la misma posición que sólo un día antes había visto por primera vez a Marzanny, deseó nuevamente y con todas sus fuerzas, sentir el suave toque de sus manos, el rumor tranquilo de su arrullo, deseo una vez más ser aquel conejo que ella mimaba tiernamente en su regazo, y él mismo tarareó su nueva nana, más un murmullo que una canción, un balbuceo vibrante que no tenía letra.

Parte II

Parte I

jueves, 7 de marzo de 2024

Deniz

 


I

 

Nació a la sombra nocturna de la magna luna Nyth bañada en sangre, mientras la segunda luna temerosa titilaba aurea  y sigilosa. Gritos y llantos plagaron el aire, aluzaron la vida, que no da nada sin recibir a cambio; pagada con sangre su entera existencia. Le cobró a su madre, muerta entre lágrimas, sonrisas y un golpe sordo que decía - “¡No te atrevas a morir! ¿me oíste? ¡No te atrevas a dejarme aquí, sin ti!”- Abrió los ojos a la luz, tras que ella los cerrara, ojos de esmeralda, cual mar en los arrecifes, y risos rubios, como el sol del medio día, aún bañados en sangre, de piel como la arena y labios finos, el vivo espejo de su padre cuando joven. Cada vena en su pequeño cuerpo acarreaba oleajes de agua marina en lugar de sangre, la piel era sal, los pies de espuma, le latía el pecho al son de las olas, más un pez que un niño, rebelde como la mar amarga, y en su delicada piel, perduraba aún el aroma su madre, que le nombró Deniz y cuya vida se esfumó en un sollozo.

Tenía el océano en los ojos, en el aliento y la piel, niño de agua, niño de navío, Príncipe pirata.  La mar se llevó lo que quedó de su madre, y la mar en su madre se convirtió desde ese instante, hasta el día que se extinguiese su luz.  Su padre gobernaba los océanos y sus mares, en las costas de toda la Tierra, temido y admirado por igual. El señor de aguas tormentosas, Gobernante de los maremotos y Väktare supremo de los barcos mercenarios del Bajak Laut, Sacro líder de dieciocho embarcaciones, Rey de legionarios proscritos, armadas hasta las negras velas sedientas de muerte, Har el rey bandido de los mares nocturnos, nombró a ese hijo nacido de entre la sangre y el sopor; Deniz Môr, La isla de luna oscura; aquél que matase a su madre para pagar su deuda con la vida. Creció por las noches como la marea, y sus arrullos fueron el vaivén de la mar en los cascos de su barco y el romper de las olas furiosas. La niñez no se sentía, las canciones no sonaban en la eterna espera de momentos de ternura, el veneno del odio, la guerra y la ira eran compañeros de juegos, a la sombra de posiblemente poseer una pieza de oro, un trozo de plata, un castillo naval en el infierno marino.

Las aventuras y las batallas eran eterno menester, los cuernos de guerra las nanas más arrulladoras, el mozo de cubierta apenas al comenzar a caminar, sostuvo mandobles hábilmente antes de perder los dientes de bebé, ya entre sus dedos corría la sangre de su primera víctima y recién cumplía ocho años. En los mercados portuarios de numerosas naciones; robaba diestro y sigiloso, lo mismo a los más altos señores como a los mismos pordioseros. Se volvió timonel de su flota cuando tuvo diez años, lo que le hizo sentir que ya era todo un hombre insurrecto e invencible. Navegaba entre maremotos y tifones a las diestras órdenes de su señor. El príncipe de la tempestad se cultivaba día a día en artes prohibidas de mercenarios marinos, venerado por los miserables, y no alcanzaba ni dos varas de alto. Era sabido que una noche, finalmente fue lo suficientemente hombre para acompañar a su tripulación a un saqueo en tierra firme, cauteloso y tan quedo como le fue posible se escabulló en una posada de marinos a pie del puerto, en sus adentros había al menos ochenta hombres negros con círculos blancos dibujados en la frente y figuras salientes como cuchillas pintadas en los pómulos de color rojo. Regado por el suelo un tesoro de diamantes y esmeraldas revueltos en sobras de un festín de ñu que; una colonia de ratas, mordisqueaban  ladronas, barricas vacías rodaban en el suelo  y un fuego  en una hoguera céntrica iluminaba  la estancia,  todos ebrios dormían despreocupados, algunos incluso yacían desnudos en los brazos de las mozas de cocina. El trabajo era simple, “apaga la luz y corta la garganta del líder”, un hombre gigante y musculoso ataviado en dagas y seis espadas sujetas al cinturón, se distinguía de los demás por una cicatriz inmensa en sus pómulos  en forma de media luna y a su lado izquierdo se reflejaba cual espejo. Un movimiento sólo y todo terminó, escurrió la sangre y se apagó la luz, todos sus vasallos entraron y dieron caza a todos los ilusos que dormían, se llevaron los diamantes y el vino que sobró tan rápido como un suspiro. Ardió la posada en un parpadeo, para cuando pudo recobrar el aliento el barco encallaba en un nuevo puerto.

Probado fue, que ya era un hombre, digno hijo del Bajak Laut. Cuando recién esbozó los doce años, su señor Väktare le dijo que para ser capitán de su propia nave tendría que ser un hombre real, de verdad, como el resto de la tripulación, cada palabra que salía de la boca de Har cargaba el peso de mil quintales a sus hombros, todo era siempre una prueba, siempre un reto, siempre un “quizá te amase si acaso digno fueses”, competía contra la dureza de las rocas, atravesaba todos los infiernos, sólo para entregarle a su Señor, lo que desease. Alzábase delante de él un nuevo reto, un risco sobrecogedor que afrontaría cuesta arriba, con miedo, un miedo nuevo como ningún otro. Zarparon presto hacía un nuevo confín, que abarracar en el puerto de Ytter Risya, una Ciudad mercante en la costa oeste de Rymon, en los trópicos sureños de la Alianza Kherrym. La más importante de los mares de Dazare, a lo menos un millar de habitantes con incontables riquezas, especias, animales de alta caza, frutos de tierras lejanas, comercio de esclavos, trueque de armas, mujeres, licores y telas exóticas.  Érase un puerto de gran belleza, mar turquesa, atardeceres soñadores y flores salvajes creciendo por doquier. Paraíso vedado y culto por mares y bahías tempestuosas.

 Caminaron por una avenida concurrida y ruidosa que se alzaba sobre la bahía, hasta llegar a una casona de piedra con techos de hojarasca de palma y vigas de cocotero, se abrió la puerta de madera y emergió una elegante mujer de suave sonrisa y ojos intensos, con la piel color de arena y el cabello castaño trenzado  y al hombro, caderas anchas, envuelta en seda transparente, amarrada por joyas lustrosas, tenía el aroma de la vainilla en su piel, sus labios brillaban como la miel al sol y sus pasos tersos la hacían flotar lentamente, como una mota de diente de león, a la deriva del viento.  Sin miras de pudor; besó a su padre y con una sonrisa cómplice, le ofreció entrar, arrastrando al grupo entero de hombres, como las corrientes, que sin darse cuenta ya habían atravesado por dos jardines custodiados por guardias gigantescos, con piel oscura y rasgos Manukhī, era una fuerza más intensa que la de la guerra, un maremoto más potente que el de un ciclón, era el potente golpe del deseo. En la estancia principal, la luz cobraba un color distinto, doce mujeres campantemente desnudas, juguetonas y seductoras, impregnaban el aire de dulzor fresco de moras enmeladas, en somieres a la intemperie, únicamente envueltos por doseles traslúcidos y maceteros de flores veraniegas, atendían a sus clientes con placer y júbilo.

 Las Doncellas de cama no le eran nada nuevo, en el barco; la tripulación entera contrataba oleadas en cada puerto, incluso había matado unas pocas embusteras que les quisieron robar sus joyas, su padre intentó convencerlo, en más de una ocasión de que un par de ellas pudo ser una buena madre, mejor figura de apego que él, sin duda, pero más nunca pudo verles como algo más que sirvientas errantes, como muchos otros, que iban y venían en los puertos. Sabía de sus labores, entendía sus andares, pero le parecían lejanos e indescifrables, como las personas que vivían en tierra firme.  Jamás antes se vio a sí mismo en presencia de actos carnales de frente, conservaba una inocencia que percibía desconocida, acallada por el ruido de la violencia y el grito de la muerte. Un temblor incómodo y sobrecogedor le recorría el cuerpo de arriba abajo. Tiritaba mientras fijaba la mirada en un punto muerto, alejándose de todo y todos los que lo rodeaban. Más nunca había temido así por su vida, su hombría y su valor siempre a prueba. Esta era una misión que no sentía el poder de cumplir.

Poco a poco desaparecieron todos los que lo rodeaban, lo condujeron lentamente a un patio jardín trasero, y en el fondo una cabaña pequeña, construida de barro y pedregales, más una cueva que una casa. Rodeada de enredaderas espinosas, coronadas con capullos blancos y a la vista saltaban mariposas de viento, revoloteando entre las flores. Abriese la puerta con un crujido, el cuarto circular estaba lleno de incienso y guirnaldas de flores secas, la luz era tenue, menos un punto central aluzado por un tragaluz en el techo, apuntando a un camastro redondo, con sábanas sedosas, alrededor vinos, fiambres y frutos varios, sí era una cueva, una cueva oscura, repleta de una magia extraña.    Ahí reposaba sobre un camastro de almohadones una cortesana particularmente hermosa, unos quince años, más una niña como él, que una mujer; con ojos ámbar y piel canela, de cabello negro y vaporoso que le colgaba hasta las rodillas, sus labios gruesos esbozaban una sonrisa un tanto traviesa, un mucho nerviosa, vestía nada más que collares sobre sus pechos morenos y vastos, se escurría un velo ligero y rojo entre sus piernas seductoras. Se puso de pie y quedó desnuda por completo, les dio la bienvenida y miró a su padre fingiendo lujuria de ninfómana, parecía repasar un protocolo recién aprendido, en su cabeza, buscando atraer y complacer.  El alto señor Väktare ni se inmutó, asintió solemnemente y le explicó que necesitaba que transformase a su hijo Deniz en un Hombre, del niño de pecho que aún era. Deniz se sonrojó y frunció el ceño avergonzado, era humillado nuevamente, se encogió de hombros y bufó silenciosamente. La cortesana asintió y dijo estar decepcionada de no poder acostarse con el poderoso Väktare, obra y gracia divina de los Mares; los despidió amablemente mientras la anfitriona condujo a Har al otro lado del caserío, hasta una cabaña majestuosa en el centro de un patio distinto. Antes de salir Har dijo, en tono recio a Deniz “No nos decepciones, no nos deshonres, no tengo un ternero de leche, he criado un hombre”. Ejercía su poder nuevamente, le daba a cargar un peso imposible, para alzarse encima de los inferiores como él, era el Väktare al fin y al cabo. Por fin solos y Deniz trepidaba incontrolablemente en nerviosismo, no era ajeno para él lo que iba a pasar, siempre escuchaba historias de marinos, prometiéndole la misma dicha y gloria, y a pesar de múltiples conquistas a barcos enemigos, del saqueo, la guerra y sangre derramada, de los tesoros que acumulaba en la bóveda de su nave y de la promesa de ser el futuro capitán de su barco, en ese momento se sentía ínfimo, diminuto, tal como niño, el niño que, por hecho, era. Se sentó en a cama de almohadones, tieso como esfinge, los ojos abiertos, dilatados y con las pestañas rígidas mirando al vacío, podía sentir vidrio rasgándole las entrañas y un sudor frío que le bajaba por la espalda. Un miedo incomparable, ni el estruendo del cañón, ni el azotar de las olas se comparaba.  La quietud era asfixiante, hasta que un “Mi nombre es Thâlë” acribilló al silencio, “Deniz” contestó, corto y tajante.  Thâlë rio ante su rigidez nerviosa, parecía de disfrutar el nerviosismo de Deniz, le recordaba algo que hace no mucho había olvidado, burlona se acercaba tanto para invadir su espacio como si lo asechara, cual depredador, le besó en la mejilla y soltó una carcajada cuando el cuerpo entero de Deniz se crispó.

Deniz no soportaba la compañía de mujeres, eran criaturas lejas y extrañas, parecidas a los Manukhī, otra especie, de otra lengua. Los marinos no se parecían en nada a Thâlë, y él sólo había compartido con marinos borrachos su vida entera, estaba prohibido, ni siquiera las mujeres en Bajak Laut, diez años atrás el Väktare, ordenó a todas alejarse, después que lo destetaron de su ama de leche, “Las mujeres sólo acarrean debilidad” dijo, todas las mujeres, desde el seno dulce de sus nanas, hasta la cara agrietada de las mozas de cuadra, todas y cada una, sólo podían volverlo débil, y el futuro Väktare no podía darse el lujo de ser débil, no podía comprometer quinientos y veinticinco años del imperio, ante la debilidad de un eslabón. Se sentía invadido por Thâlë, le causaba repulsión con la cercanía de su aroma penetrando la habitación, atacado por su belleza vulgar, por su risa burlona y sus ojos punzantes, en cierto momento se sintió decidido a empujarla, a escupirle, eso es lo que hace un hombre de verdad ante los débiles, ante lo frágil, pero se detuvo al pensar en su padre “no me decepciones” le dijo y era su líder Väktare y le había dado una orden. Se quedó quieto y silencioso, rígido como piedra, inamovible, inconmovible, mientras Thâlë le besaba el cuello y las orejas, desabotonaba sus ropajes y le desnudaba lentamente, él trató de escapar a un lugar lejano, en su mente, a momentos se sentía ultrajado, le parecía insufrible, invasivo, le hacía parecer vulnerable y la vulnerabilidad es únicamente para los débiles. Pudo notar que Thâlë se enorgullecía de sí misma por tratar seducirlo y  eso lo hizo sentir rabia. No pudo tolerarlo más y la arrojó al suelo, no pudo soportarlo y falló, en la misión que le habían encomendado, todo el peso, la presión que había cargado por años le arrastró; comenzó a llorar, con rabia, con la cara roja y los puños cerrados. Thâlë lejos de ofenderse, sintió compasión, al verse a sí misma, en la cara de Deniz, ambos aplastados por sus historias y por la descontrolada naturaleza de sus linajes. Pudo recordarse cuando niña, sus viejos sueños, sus sonrisas, las esperanzas que labraba para un futuro que jamás llegaría. Se puso en pie, le abrazó y lloró con él, llorando el duelo, de todo aquello que jamás sería. Lloraron ambos hasta agotarse, se tomaron las manos sin decirse una palabra, ambos sabían; muy adentro de sus almas, de que se lamentaban. Se posaron en la cama y sollozaron, mirándose el uno al otro, observando la despedida lastimosa de esos anhelos, de esos deseos de cosas imposibles, profundos y lejanos, el mismo luto que carga, el enviar a sus muertos al fondo del mar.

Estaban a punto de cerrar los ojos llorosos, rendidos, rojos de tristeza, sudorosos y exhaustos, cual bebés después de reñir berrinches, cuando llamaron a la puerta, era su anfitriona, les llevaba la cena de dátiles, cordero en un baño de especias y vino dulce de caña. Thâlë le alimentaba cariñosa mientras lo acariciaba y le contaba historias sobre ella misma, de una vida muy lejana al otro lado de las montañas, donde corría entre flores y cabras de pastura, donde alguna vez tuvo un amor de ojos verdes como la hierba, al que amo con toda la fuerza de sus entrañas, con el que nunca cruzó palabra y de quien ni siquiera supo su nombre.  Le besaba y abrazaba con tanta naturalidad que, en ciertos instantes a Deniz le parecía sincera, no como cortesana, sino con una sensación renuente y lejana de… Familia.  Tras la cena Thâlë se dispuso a compartir un plan con él, pero Deniz se sentía renuente, ambos fingirían que lo habían logrado, que él ahora era un hombre de verdad y nadie sabría nada, podrían conservar ese momento, esa intimidad, de compartir un voto de inocencia, aunque fuera por un poco más “Yo hablaré de ti y tú de mí, así como hablan los hombres ebrios de las mujeres, ellos no tienen cómo saberlo, será nuestro secreto, estarás a salvo y yo también, por un poco más al menos” Deniz sólo podía escuchar en su cabeza “no me decepciones” y no lo decepcionaría, hablaría como había escuchado cien veces antes, describiría cosas que no pasaron, se haría un hombre a los ojos de todos, pues vale más mil mentiras dulces, que la sola verdad, como la Mar, amarga. Cuando Thâlë cayó arrasada por el sueño, tras haber llorado tanto; Deniz se quedó observándola desnuda y tendida, aún trémula y algo fría, tan triste como el ocaso en el horizonte, y tan bella como la luz reflejada por las olas, con un impactante poder en su piel rebosante de belleza pero tan hueca, y tan sola  en el universo entero, tan triste, tan triste como la marea nocturna. Le recordaba así mismo, tan incapaz de hallar belleza en la vida misma, ajeno a la realidad de una vida común, del campesino insignificante e invisible, de los mercaderes ruidosos, de los niños correlones por las calles. Le hizo desear ser capaz de amar y ser parte de un lugar en tierra firme, tener una madre y hermanos, tener más un padre que un Väktare, poder amar a una mujer y tener un trabajo honrado, abrazar a alguien durante el frío de la noche, criar a sus propios hijos, amarles. Pero él era Deniz Môr, príncipe pirata, soberano de las olas, heredero al trono de los mares, el asesino de su propia madre y futuro Väktare del Bajak Laut.   Estaba solo, para sí mismo, se debía a su flota y a sus conquistas, en su futuro sólo habría mujeres como Thâlë, tristes, dolientes y vacías, con almas lejanas como estrellas, distantes y acorazadas, nadie capaz de realmente amar.

Al nacer del alba, Deniz ya se encontraba en la cubierta de su nave, solemne y seco cual océano salado, ni siquiera se tomó el tiempo para despedirse, habría dolido demasiado, como la verdad, por ser amarga. Partió con los rayos del sol, a conquistar un nuevo tesoro, oculto en las bodegas de algún barco mercante, resguardado por la sangre de otros, prístino y codiciado, por la sed de lo único que tenía seguro, la guerra y la violencia. Las lenguas hablan y si hay acaso rumores más ruidosos que los de las mujeres, siempre son, los de los marinos, el señorito, se había convertido en hombre, había bastado una sola noche para enamorar a una cortesana, arruinada por siempre para el oficio de Doncella de cama, prendada irremediablemente al príncipe heredero. Mil mentiras dulces, ocultando una verdad cubierta de fantasía, que muy en el fondo; no lo era tanto.

El nuevo príncipe de los mares se alzaba sobre su tripulación, con su nueva ganada confianza, se presentaba valiente y brioso. Se entrenó con entusiasmo en el arte de las armas, aprendió el lenguaje de la guerra, peleó con la fuerza de sus manos y su nave, la ira incontrolable de novecientos hombres, todas las batallas que le volvieron una leyenda, se escribieron canciones; un niño mercenario, nacido de entre la muerte a mitad de los mares sangrientos, cubierto de oro, esmeraldas y sangre, asesino antes de caminar, capitán de flota y rompecorazones de todas las damas hermosas, así los bardos cantaban.  Orgulloso vástago del Väktare de los piratas, hacía honores a la sangre de sus venas y conquistó doscientas flotas de los reinos legítimos, se hizo de ocho naves traficantes pobladas por novecientos tripulantes, saqueaba en un parpadeo: barcos cargados con oro, joyas y provisiones, se aventuraba entre las sombras de la noche para robar a grandes señores asentados en las costas, pillaba y quemaba toda riqueza a su paso.  Causó terror, como salido de una pesadilla de los altos Señores de millonaria estirpe, en todo puerto de  Yşi.

PARTE II

Arte


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lūk

 

Lūk

Principio I



 Vagas lenguas de los antiguos y los marinos del norte solían decir que hubo un antiguo reino, majestuoso y encantado por igual, con parajes mágicos y leyendas tristes, de las que suele hablar el viejo cazador de la arboleda, Uhie gûr, El grande, líder del Alta Boscosa de Norna Mear. El pobre viejo, ciego y sin dientes, sus arrugas le cubren la frente, la piel quemada por el frío y el inevitable pasar de los años, encorvado, pero aún de pie, con la mirada perdida y llorosa, lejana en una distancia que no consigue alcanzar. Casi bardo, casi poeta, a veces cuando la noche es cálida y no hay nubes en el cielo; él cuenta historias de tiempos antiguos, historias que días lejanos, otrora llenos de victorias, de bailes y luz, al fuego de la fogata, cuenta a los niños pequeños. Seis generaciones crecieron de niños de pecho a hombres de caza, escuchando sus leyendas, soñando a la luz de un acogedor fuego, leyendas que su antiguo reino, antes del Ntwa koma kɔkɔɔ, antes de La lluvia de fuego y  el Hielo de los veinte años. De sus historias, la preferida, siempre esta.

Junto a una pequeña villa de ese antiguo reino, había un bosque plagado de mitos y secretos, bosque atiborrado de los monstruos sobrevivientes al era del əNˈNōn, criaturas tenebrosas con fuerza primitiva de Nysha, que atormentaban a los pocos infortunados que por error atravesaban sus parajes. Sólo los fuertes, los erguidos, los cazadores eran capaces de sobrevivir. Por eso los hombres debían erguirse y cazar. Los jóvenes cazadores al llegar al año dieciocho debían probar, ante los viejos de la villa; su hombría, su fuerza, su valía y así ganar su cadena de Chāy para ser hombres libres, adultos, cazadores. Lūk, joven fuerte y alto, de piel lechosa y amarillenta, de ojos grises de niebla, cabellos negros como el árbol del Tëhm al hombro, esbelto pero muscular, con ojeras violáceas, una barba tímida y esparcida a manchones, cara más de niño que de hombre. Lūk, por noches enteras, se sentía tentado a internarse en ese bosque de leyenda, desde que era un niño de seis, sentía en sus entrañas una voz que lo llamaba a internarse en ese mítico bosque, que se postraba a un par de páramos frente al umbral de su puerta. El bosque llamaba a Lūk y Lūk llamaba al bosque Misterioso y tétrico, pero siempre seductor. Decían los mayores estaba poblado de Efrits, Ninfas, Dĕks y Kārs̄. Nunca existió en sus mente la duda, el vínculo se había forjado en el misterio de los sueños. Para ganarse la cadena, y con ella su mayoría de edad, debía llevar su peso en caza, quizá renos o ciervos, en el peor de los casos conejos y en verdad muchos conejos. Pero la victoria verdadera se encontraba, simplemente, por atravesar el umbral. 

Hablaban las lenguas olvidadas, del Rị̀ nā, monstruo bestial, con la fuerza de un Miltoro y la cabeza de un belobo, con alas de Kārs̄ y cola de serpiente crepuscular, nadie le había visto ni le había dado caza jamás, se sabía por sus gritos de agonía y soledad, que retumbaban haciendo ecos en el bosque de la montaña. Con esto en mente, Lūk se armaba de valor la mañana de su iniciación, suspiraba profundo y temblaba un poco, era el momento adecuado para demostrar su valía, aunque mínima, existía y le hacía fuerte y digno de un futuro mejor que el de la escoria que lo precedía. Se vistió por completo de armas, besó de adiós a su madre y salió al horizonte. En la ceremonia tiritaba, tratando de ocultar la mirada de sus pares, que se regocijaban en júbilo ruidoso, no pudo ni oír palabra alguna del sacerdote, como poseso fijó su mirada tras el páramo y caminó hacía el bosque de la montaña, que se tendía sobre un mar de paja dorada.  Le tomó toda la mañana internarse en el bosque, el resto de los jóvenes habían escogido la opción más obvia de una pradera de pastizales repleta de animales de caza pero a Lūk le gustaba correr riesgos, al fin y al cabo  nunca tuvo nada que perder. Siendo el único que se atrevió a poner pie en ese bosque en cien años; todos creerían que lo invadía la locura, y tal vez, así era. Único hijo de un tabernero borracho, pálido y maltrecho como él, y una lavandera ciega, de piel oliva y cabello tan negro como la noche, de ojos ámbar y rasgos finos, una belleza oculta bajo el peso de lágrimas y tragedias. Jamás sostuvo con sus manos riqueza alguna, ni aspiró a heredar gloria de nadie, siendo nadie para el mundo, éste poco importa para él.

 Al internarse, trepidaba de miedo en la oscuridad provocada por la espesura del bosque, tras momentos de caos, el silencio y la quietud le revelaron que al menos en ese momento era como un bosque cualquiera, con sus peligros por su puesto, timosos, rezorros, socavones y barrancos disimulados por la hierba. Le seguía el rastro a un venado blanco a eso del medio día, pero le tomó más de seis horas alcanzarlo lo suficiente como para dispararle. Tensó un arco corto y una flecha con punta de pedernal, respiró profundo y abrió bien los ojos grises. Cuando por fin estaba a punto de disparar, escuchó un sonido lejano, un sonido envolvente e hipnótico que le hizo errar el tiro y llevó a su flecha hasta un viejo árbol, y al venado blanco a correr despavorido. Era una voz, la voz dulce de una mujer, una melodía volátil y frágil, que atizaba una nana al viento en una lengua desconocida y con un clamor extraño, dulce y amargo a la vez, casi como un abrazo de despedida.

 Siguió la voz a la montaña del Oeste y ahí pudo ver un sauce de lágrimas, circundado por un pequeño arroyo, un aro de rojongos moteados, pequeños cantasombras y hueledenoches. Ya el sol llegaba a su declive y la noche se veía cercana, el arrebol en el cielo teñía el aura roja, sonrosada y aurífera. La canción le hechizaba y lo obligaba a seguir caminando, como un manto delicado que tiraba de él hasta sus entrañas, suave pero firme, su vida pendía de aquel manto invisible. Poco a poco las palabras le obligaban a acercarse, no entendía una sola, sólo lo sabía, era como si su cuerpo se moviera por sí solo, buscando un calor conocido, un recuerdo de la infancia. No existía sonido distinto, parecía que el mundo a su alrededor había desaparecido; sólo el latir de su corazón y el sonar de la canción le hacían compañía. 

El atardecer ensangrentó el cielo y Lūk dejó caer todas sus armas sin darse cuenta, mientras se acercaba a la misteriosa figura sentada en las ramas del árbol, que parecía arder en las llamas de la tarde. Su mirada la encontró ahí, recostada en las ramas del árbol con cabello de fuego colgando de las ramas de ese sauce gigantesco, su piel casi desnuda a no ser por un delgado y harapiento manto de algodón, bañada por luz de luna, el fuego del atardecer y el brillo de su canción. Con los ojos grandes, inmensos cual cielo nocturno, verdes como la yerba nueva, sus labios rosados como la grana en leche. Su canción dulce tal beso de bienvenida y triste como un adiós para siempre.  Su cabello yacía enredado por todas las ramas del sauce envolviéndole verdaderamente en fuego, fuego de doncella, sus manos contaban la historia de un pájaro que volaba libre y sus pies acariciaban dulcemente la corteza del árbol.

Todo se volvió dicha primorosa y magia clandestina, esa felicidad inalcanzable se tendía quieta frente a él.

lunes, 14 de junio de 2021

CARTAS A MARÍA, CARTA QUINCE

 




Carta 15


24 de Mayo

Anoche soñé que me moría, soñé que me estaba desangrando a un lado de un nopal arriba del monte. No había nada ni nadie cerca. Hacía mucho calor y me ardía el pecho, de mi pecho manaba la sangre como riachuelo. Me sabía la boca a fierro, mis manos estaban adormecidas y me escurría un sudor sucio de la frente a los ojos. En lo alto del cielo se escuchaban los graznidos de los zopilotes que ya se saboreaban los jirones de mi carne. El sol quemaba mis pies descalzos que no tenía la fuerza para mover, el aroma era de arena seca, de sed y de muerte. Sentía ganas de toser, pero no podía, tenía las narices rellenas de tierra y sangre. Trataba de arrastrarme a la sombra del nopal y no pude. Pude sentir como las fuerzas se me iban y como me iba haciendo nada, me andaba como durmiendo, pero me moría. Se me quitaba el calor y me empezaba a dar frío, entonces desperté.



Medio tristeza de darme cuenta que sólo fue un sueño y no me morí ni nada. Ni siquiera la fortuna de andar crudo me fue concedida, me tuve que levantar con mis propias fuerzas y hacerme de huevos para meterme a bañar, rasurarme, para vestirme e irme a trabajar.

Estaba encabronado María, encabronado de tener que despertar otra vez dentro de este cuerpo y con el alma rota. De tener que aguantar el pasar de los días sin verte, sin tenerte para mí, sin escuchar tu voz. Ya sólo queda en mis adentros una rabia incontenible.



Escalaría todas las montañas que nos separan con tal de verte a lo lejos, pero ¿de qué serviría? Estarías en sus brazos, sin saber siquiera que yo me encuentro ahí, te miraría en sus brazos y si lo veo lo mato ¿Me oíste? ¡Lo mato! Que bastante tengo con que te haya llevado, con que es perfecto hasta su puta madre. Sus ojos, su cabello, sus dientes alineados. Su estúpida sonrisa de niño bonito. Que ha viajado a España, que sabe hablar inglés, que si estudió carrera en Texas, hasta el maldito perro del muy hijo de puta es como sacado de una revista.

¿Enserio eso quieres María? Una vida acartonada y tiesa, sin sonrisas sinceras, sin caminares en día de lluvia, sin flores de milpa ni día de mercado, sin secretos entre los callejones, café de la plaza, sin besos al atardecer. ¿enserio todo eso te da lo mismo?



Sé que te decepcioné y que no fui lo mejor, sé bien que el fin se veía venir porque tú brillabas demasiado. Tal vez se acabó para ti, pero mi amor es un rumor enraizado en la tierra, se queda a través del tiempo en los latidos del viento, el cantar de los pájaros y en las lágrimas de todos los amantes. Te lo juro, te lo juro por todo lo que es bueno en este mundo; él jamás, jamás ni en cien años de estar contigo te amará como yo te amo en un simple parpadeo. Su cariño es el tibio fulgor de una lámpara y yo te amo como si el sol explotase sobre el mundo.

 

Juan.

martes, 23 de junio de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA TRECE


Carta 13


28 de Abril

Como ya no sé ni dónde estoy, a veces llegó sin quererlo a no sé dónde. Un día de la otra semana hasta me encontré con una procesión de boda, si fuera menos cobarde los hubiera matado a todos. Su felicidad escupe sobre mi miseria, no lo soporto, no puedo. Ya ni las risas de los niños que corren en la calle me parecen tolerables.

 Días más patrás me venían a bien, como que me daban a esperanza, verlos en inmersos en sus juegos, ellos haciéndose soldados, creyéndose Virreyes, soñándose de marfil o de papel. “Sólo son niños” me pensaba, “niños que qué van a saber de la vida”. Y ahí fue cuando me vino a madrear mi amargura; su ignorancia es gloria y en mi saber me doy cuenta que no hay remedio para mí, con algo de suerte para nadie tampoco. Con esas ganas de que me queme el aguardiente prefiero ya que a todos nos lleve la chingada.  Pero ni me quema ni nos lleva y así andamos de tenme en el aire, ni me decido a quemar la casa ni me voy a morir al desierto ni maté a los novios que iban a casarse. La novia era la hija de Pablo ¿te acuerdas de Pablo el que tiene su puesto en los portales? Y pensar que yo la veía tan chiquilla, tal vez nada más la amargura de perderte es lo que me hace sentir viejo. Porque éste abismo ilusorio de que ha pasado una eternidad me ha trasformado en un viejo desgraciado; solo y acabado. Viejo de amargura, de rabia, de penumbra.



Tal vez sí han pasado milenios, tal vez sí me estoy terminando de hacer polvo a mí mismo y a mi dolor, como bien no despierte de ésta pesadilla; prefiero hacerme polvo para irme volando. Lejos. Lejos de todo y de nada. Para ya no ver tus ojos cada que parpadeo. Para ya  no sentir el dulce aroma de tu cabello cada que sopla el aire. Para ya no percibir el penoso sabor de tus labios suaves sobre los míos. Es que de verdad que la carga es mucha María, me atormenta hasta cuando estoy despierto. No dejo de preguntarme si acaso pensarás en mí, si ya me habrás olvidado, si todavía me amas o si acaso me amaste alguna vez. Me ahogo María, me ahogo en éste océano de preguntas infinitas que jamás tendrán respuesta. Lo malo es que me ahogo y no me muero, no me termino de morir na más me duele y  me quema y me aplasta.

Me aplasta hasta hacerme nada, pero no me muero. 

 Juan


miércoles, 13 de noviembre de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA NUEVE





Carta 9

12 de Marzo

Ya me olvidaste María, he desaparecido. Tú  eres eterna, como la luz del sol. Te fuiste para no volver y tengo que hacerme a la idea. El sol no se percata del gusano que muere quemado por su calor. Tú no sabrás cuánto dolor me causo tu ausencia. Quisiera volver en el tiempo y morir ahí entre tus brazos, todos seríamos felices.

El tiempo sigue y sigue,  sin ti no soy nada. Polvo arrastrado por el torbellino de la realidad. No hay ni día ni noche María, ni luz ni sombra. No hay nada, absolutamente nada. La comida es una tortura una y otra vez, el aguardiente ni quema. Qué vida es ésta, donde el aguardiente no sabe a nada, no duele, no cala ni quema. 

A las gardenias se les acabó el perfume y el amanecer no amanece, se murieron todas las macetas de mi cuarto, si me baño el agua no está ni fría ni caliente. Ayer Marcela la de la cantina de Pancho me regaló un tequila, creo yo que por lástima, me lo tomé  y no me hizo nada. Marcela me vio con lástima y se fue. Cinco meses, cinco días, cinco horas que no he conciliado sueño sin tormentas. Las golondrinas de la madrugada están solas sin nosotros y nuestros besos. Tus labios son puñales espinosos en mi mente. Lo entregué todo, a qué quiero que vuelvas si te llevaste todo de mí.


El silencio de tu voz en mi vida me llena de amargura, miseria y tormento son mis compañeros en casa.

Esos hijos que no tuvimos hubieran sido hermosos, con tus ojos, con tu sonrisa, con todo tuyo y mi nombre me hubiera bastado. Creo que hasta para esos hijos es mejor que me dejaras, aunque no lo creas yo eso pienso. Esos hijos que casi fueron míos  serán más felices en una casa con muchos cuartos, con baño y con radio por las tardes. Hasta van a ir a una buena escuela, quién quita y a lo mejor se van a San Diego a estudiar para ser gente de bien. Aquí no más de chalanes de barrio, ese era su destino.

Yo creo que si yo fuera tú, también hubiera pensado en eso. A lo mejor lo hiciste por esos hijos María, esos hijos que míos o no siempre serán tuyos. Con tus ojos y sus pestañas, con la sonrisa de alba en el cielo.




Juan

CARTA ANTERIOR
 CARTA UNO

CARTAS A MARÍA: CARTA OCHO





Carta 8
26 de Febrero
Vi a tu hermano Paco hoy, me rehuía  pero no le quedó más que pasar frente al periódico. No sabía ni como mirarme a la cara porque él sabe que yo lo di todo. Tú y tu madre me lo arrancaron de las manos y lo pisotearon en el suelo, cada que paso por la panadería sé bien que le escupe a las migajas embarradas en el suelo que solía ser mi corazón. Paco nunca fue mi amigo pero es hombre de palabra, yo sé bien que siempre pensó que un monstruo le arrebataba a su hermanita, a la princesa que debía proteger. Paco fue capaz de ver el valor del amor que te tengo, aun así no fue suficiente ¿verdad o no? Paco me vio y en su mirar me di cuenta de que algo de razón he de tener, porque no me mira con la soberbia del que sabe que está del lado correcto.

Hoy llovía cuando llegué al periódico y me topé con él, la lluvia le daba a entender lo que sentí. El cielo nublado se ve vacío. Sin tus ojos ya no hay más luz que la del candil de la calle. Me miró y sin tener a dónde más hacerse na más me dijo “Adiós Juan”.
A lo mejor a todos ustedes les convendría que yo me muera, así no tendrían recuerdo incómodo de lo que hicieron mal. Ya no les pesaría ver el ánima en pena; en la que me he convertido, vagando por las calles sin consuelo, es mucho para cargar en su conciencia.

¿Eso deseas mientras te encuentras contenta en tu casa María, que yo me muera?
Y yo aquí cual pendejo amándote, aferrado a pesar del tiempo y la distancia, aferrado a la esencia de tus ojos, al perfume de tu alma.
Esa sonrisa tan tuya que ilumina el universo, sé bien que serás para él trofeo brillante y hermoso, que él  te quiere pero también sé que no te ama, eres propiedad y premio. Para mí María, eres el universo entero. Antes de ti nada y después de ti sólo la muerte.
Te amo

Te voy a amar siempre, lo sabes.
¿Me odias aunque sea un poco?
Por lo menos al odiarme quiero creer que no me olvidas.

Juan.



CARTA UNO

viernes, 7 de junio de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA SIETE



Carta 7
22 de Febrero

El silencio era mucho ésta madrugada. Me levanté en sobresalto y  sin pensar ya estaba caminando por la calle, debió ser antes de las 5 porque los mineros salían ya en procesión a esperar el tranvía de la mina. Inocencia estaba en su puesto con el fogón prendido y el atole hirviendo, hacía frío porque Inocencia traía un rebozo grueso bien amarrado. Yo no sentí nada.

¿De verdad no extrañas nada de esto María? ¿Nada de esos detallitos que hay por aquí? Así como el olor de las tejas en los techos después de la lluvia, o el sonido titilante de las ollas que vende Don Javier, el pirul de la plaza en las noches de viento; parece que baila libre con el aire que lo abraza. O el cerro del ahorcado en Noviembre, parece que se dibuja un castillo en el cielo cuando las nubes del otoño lo cobijan.  Y qué me dices de la feria de San Lorenzo en el verano, siempre te gustó pasearte entre los puestos y bailar con la banda. ¿Ya no piensas en eso, como más nunca piensas en mí?

Jaime se sorprendió de verme esperándole en la puerta del periódico, lo que Jaime no sabe es que yo estaba ahí pretendiendo que te esperaba como solía hacer, pretendiendo que te saldrías por la ventana y yo te ayudaría a saltar por el tejado del corral y nos iríamos juntos a contemplar el infinito. Soñábamos entre las estrellas y luego en el sigilo de la madrugada subías de nuevo por la ventana, me soplabas un  beso y yo creía que la vida era perfecta, que la luna brillaba celosa de nosotros, las flores nos esperaban durante el día y el atardecer nos admiraba a nosotros. Trabajé y trabajé hasta que ya no había nadie. Estaba trabajando, monótono y repetitivo para que se me olvidara todo. No se me olvidó. Me conoces mejor que nadie, quizás me conoces mejor que yo, sabes bien que no voy a sobrevivir a esto. No puedo. Realmente no puedo, eso de vivir no es para mí, no sin ti.

Te amo María, te amo y me estoy muriendo.

Dime ¿qué hice mal? ¿Ahora qué hice? Ya ni el alcohol me apacigua  las mil y un preguntas que estallan en mi cabeza. ¿Cómo te fallé si te amo tanto? ¿Cómo amarte hasta la locura resultó un fracaso? ¿Es alguna vez suficiente? La respuesta a mis preguntas yace sobre mis hombros y se encuentra aferrada a mi espalda y no puedo volverme a verla derecho. Esta noche el organillero del Jardín estaba tocando tu canción María y yo por nada me muero.

Juan

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...