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jueves, 7 de marzo de 2024

Deniz

 


I

 

Nació a la sombra nocturna de la magna luna Nyth bañada en sangre, mientras la segunda luna temerosa titilaba aurea  y sigilosa. Gritos y llantos plagaron el aire, aluzaron la vida, que no da nada sin recibir a cambio; pagada con sangre su entera existencia. Le cobró a su madre, muerta entre lágrimas, sonrisas y un golpe sordo que decía - “¡No te atrevas a morir! ¿me oíste? ¡No te atrevas a dejarme aquí, sin ti!”- Abrió los ojos a la luz, tras que ella los cerrara, ojos de esmeralda, cual mar en los arrecifes, y risos rubios, como el sol del medio día, aún bañados en sangre, de piel como la arena y labios finos, el vivo espejo de su padre cuando joven. Cada vena en su pequeño cuerpo acarreaba oleajes de agua marina en lugar de sangre, la piel era sal, los pies de espuma, le latía el pecho al son de las olas, más un pez que un niño, rebelde como la mar amarga, y en su delicada piel, perduraba aún el aroma su madre, que le nombró Deniz y cuya vida se esfumó en un sollozo.

Tenía el océano en los ojos, en el aliento y la piel, niño de agua, niño de navío, Príncipe pirata.  La mar se llevó lo que quedó de su madre, y la mar en su madre se convirtió desde ese instante, hasta el día que se extinguiese su luz.  Su padre gobernaba los océanos y sus mares, en las costas de toda la Tierra, temido y admirado por igual. El señor de aguas tormentosas, Gobernante de los maremotos y Väktare supremo de los barcos mercenarios del Bajak Laut, Sacro líder de dieciocho embarcaciones, Rey de legionarios proscritos, armadas hasta las negras velas sedientas de muerte, Har el rey bandido de los mares nocturnos, nombró a ese hijo nacido de entre la sangre y el sopor; Deniz Môr, La isla de luna oscura; aquél que matase a su madre para pagar su deuda con la vida. Creció por las noches como la marea, y sus arrullos fueron el vaivén de la mar en los cascos de su barco y el romper de las olas furiosas. La niñez no se sentía, las canciones no sonaban en la eterna espera de momentos de ternura, el veneno del odio, la guerra y la ira eran compañeros de juegos, a la sombra de posiblemente poseer una pieza de oro, un trozo de plata, un castillo naval en el infierno marino.

Las aventuras y las batallas eran eterno menester, los cuernos de guerra las nanas más arrulladoras, el mozo de cubierta apenas al comenzar a caminar, sostuvo mandobles hábilmente antes de perder los dientes de bebé, ya entre sus dedos corría la sangre de su primera víctima y recién cumplía ocho años. En los mercados portuarios de numerosas naciones; robaba diestro y sigiloso, lo mismo a los más altos señores como a los mismos pordioseros. Se volvió timonel de su flota cuando tuvo diez años, lo que le hizo sentir que ya era todo un hombre insurrecto e invencible. Navegaba entre maremotos y tifones a las diestras órdenes de su señor. El príncipe de la tempestad se cultivaba día a día en artes prohibidas de mercenarios marinos, venerado por los miserables, y no alcanzaba ni dos varas de alto. Era sabido que una noche, finalmente fue lo suficientemente hombre para acompañar a su tripulación a un saqueo en tierra firme, cauteloso y tan quedo como le fue posible se escabulló en una posada de marinos a pie del puerto, en sus adentros había al menos ochenta hombres negros con círculos blancos dibujados en la frente y figuras salientes como cuchillas pintadas en los pómulos de color rojo. Regado por el suelo un tesoro de diamantes y esmeraldas revueltos en sobras de un festín de ñu que; una colonia de ratas, mordisqueaban  ladronas, barricas vacías rodaban en el suelo  y un fuego  en una hoguera céntrica iluminaba  la estancia,  todos ebrios dormían despreocupados, algunos incluso yacían desnudos en los brazos de las mozas de cocina. El trabajo era simple, “apaga la luz y corta la garganta del líder”, un hombre gigante y musculoso ataviado en dagas y seis espadas sujetas al cinturón, se distinguía de los demás por una cicatriz inmensa en sus pómulos  en forma de media luna y a su lado izquierdo se reflejaba cual espejo. Un movimiento sólo y todo terminó, escurrió la sangre y se apagó la luz, todos sus vasallos entraron y dieron caza a todos los ilusos que dormían, se llevaron los diamantes y el vino que sobró tan rápido como un suspiro. Ardió la posada en un parpadeo, para cuando pudo recobrar el aliento el barco encallaba en un nuevo puerto.

Probado fue, que ya era un hombre, digno hijo del Bajak Laut. Cuando recién esbozó los doce años, su señor Väktare le dijo que para ser capitán de su propia nave tendría que ser un hombre real, de verdad, como el resto de la tripulación, cada palabra que salía de la boca de Har cargaba el peso de mil quintales a sus hombros, todo era siempre una prueba, siempre un reto, siempre un “quizá te amase si acaso digno fueses”, competía contra la dureza de las rocas, atravesaba todos los infiernos, sólo para entregarle a su Señor, lo que desease. Alzábase delante de él un nuevo reto, un risco sobrecogedor que afrontaría cuesta arriba, con miedo, un miedo nuevo como ningún otro. Zarparon presto hacía un nuevo confín, que abarracar en el puerto de Ytter Risya, una Ciudad mercante en la costa oeste de Rymon, en los trópicos sureños de la Alianza Kherrym. La más importante de los mares de Dazare, a lo menos un millar de habitantes con incontables riquezas, especias, animales de alta caza, frutos de tierras lejanas, comercio de esclavos, trueque de armas, mujeres, licores y telas exóticas.  Érase un puerto de gran belleza, mar turquesa, atardeceres soñadores y flores salvajes creciendo por doquier. Paraíso vedado y culto por mares y bahías tempestuosas.

 Caminaron por una avenida concurrida y ruidosa que se alzaba sobre la bahía, hasta llegar a una casona de piedra con techos de hojarasca de palma y vigas de cocotero, se abrió la puerta de madera y emergió una elegante mujer de suave sonrisa y ojos intensos, con la piel color de arena y el cabello castaño trenzado  y al hombro, caderas anchas, envuelta en seda transparente, amarrada por joyas lustrosas, tenía el aroma de la vainilla en su piel, sus labios brillaban como la miel al sol y sus pasos tersos la hacían flotar lentamente, como una mota de diente de león, a la deriva del viento.  Sin miras de pudor; besó a su padre y con una sonrisa cómplice, le ofreció entrar, arrastrando al grupo entero de hombres, como las corrientes, que sin darse cuenta ya habían atravesado por dos jardines custodiados por guardias gigantescos, con piel oscura y rasgos Manukhī, era una fuerza más intensa que la de la guerra, un maremoto más potente que el de un ciclón, era el potente golpe del deseo. En la estancia principal, la luz cobraba un color distinto, doce mujeres campantemente desnudas, juguetonas y seductoras, impregnaban el aire de dulzor fresco de moras enmeladas, en somieres a la intemperie, únicamente envueltos por doseles traslúcidos y maceteros de flores veraniegas, atendían a sus clientes con placer y júbilo.

 Las Doncellas de cama no le eran nada nuevo, en el barco; la tripulación entera contrataba oleadas en cada puerto, incluso había matado unas pocas embusteras que les quisieron robar sus joyas, su padre intentó convencerlo, en más de una ocasión de que un par de ellas pudo ser una buena madre, mejor figura de apego que él, sin duda, pero más nunca pudo verles como algo más que sirvientas errantes, como muchos otros, que iban y venían en los puertos. Sabía de sus labores, entendía sus andares, pero le parecían lejanos e indescifrables, como las personas que vivían en tierra firme.  Jamás antes se vio a sí mismo en presencia de actos carnales de frente, conservaba una inocencia que percibía desconocida, acallada por el ruido de la violencia y el grito de la muerte. Un temblor incómodo y sobrecogedor le recorría el cuerpo de arriba abajo. Tiritaba mientras fijaba la mirada en un punto muerto, alejándose de todo y todos los que lo rodeaban. Más nunca había temido así por su vida, su hombría y su valor siempre a prueba. Esta era una misión que no sentía el poder de cumplir.

Poco a poco desaparecieron todos los que lo rodeaban, lo condujeron lentamente a un patio jardín trasero, y en el fondo una cabaña pequeña, construida de barro y pedregales, más una cueva que una casa. Rodeada de enredaderas espinosas, coronadas con capullos blancos y a la vista saltaban mariposas de viento, revoloteando entre las flores. Abriese la puerta con un crujido, el cuarto circular estaba lleno de incienso y guirnaldas de flores secas, la luz era tenue, menos un punto central aluzado por un tragaluz en el techo, apuntando a un camastro redondo, con sábanas sedosas, alrededor vinos, fiambres y frutos varios, sí era una cueva, una cueva oscura, repleta de una magia extraña.    Ahí reposaba sobre un camastro de almohadones una cortesana particularmente hermosa, unos quince años, más una niña como él, que una mujer; con ojos ámbar y piel canela, de cabello negro y vaporoso que le colgaba hasta las rodillas, sus labios gruesos esbozaban una sonrisa un tanto traviesa, un mucho nerviosa, vestía nada más que collares sobre sus pechos morenos y vastos, se escurría un velo ligero y rojo entre sus piernas seductoras. Se puso de pie y quedó desnuda por completo, les dio la bienvenida y miró a su padre fingiendo lujuria de ninfómana, parecía repasar un protocolo recién aprendido, en su cabeza, buscando atraer y complacer.  El alto señor Väktare ni se inmutó, asintió solemnemente y le explicó que necesitaba que transformase a su hijo Deniz en un Hombre, del niño de pecho que aún era. Deniz se sonrojó y frunció el ceño avergonzado, era humillado nuevamente, se encogió de hombros y bufó silenciosamente. La cortesana asintió y dijo estar decepcionada de no poder acostarse con el poderoso Väktare, obra y gracia divina de los Mares; los despidió amablemente mientras la anfitriona condujo a Har al otro lado del caserío, hasta una cabaña majestuosa en el centro de un patio distinto. Antes de salir Har dijo, en tono recio a Deniz “No nos decepciones, no nos deshonres, no tengo un ternero de leche, he criado un hombre”. Ejercía su poder nuevamente, le daba a cargar un peso imposible, para alzarse encima de los inferiores como él, era el Väktare al fin y al cabo. Por fin solos y Deniz trepidaba incontrolablemente en nerviosismo, no era ajeno para él lo que iba a pasar, siempre escuchaba historias de marinos, prometiéndole la misma dicha y gloria, y a pesar de múltiples conquistas a barcos enemigos, del saqueo, la guerra y sangre derramada, de los tesoros que acumulaba en la bóveda de su nave y de la promesa de ser el futuro capitán de su barco, en ese momento se sentía ínfimo, diminuto, tal como niño, el niño que, por hecho, era. Se sentó en a cama de almohadones, tieso como esfinge, los ojos abiertos, dilatados y con las pestañas rígidas mirando al vacío, podía sentir vidrio rasgándole las entrañas y un sudor frío que le bajaba por la espalda. Un miedo incomparable, ni el estruendo del cañón, ni el azotar de las olas se comparaba.  La quietud era asfixiante, hasta que un “Mi nombre es Thâlë” acribilló al silencio, “Deniz” contestó, corto y tajante.  Thâlë rio ante su rigidez nerviosa, parecía de disfrutar el nerviosismo de Deniz, le recordaba algo que hace no mucho había olvidado, burlona se acercaba tanto para invadir su espacio como si lo asechara, cual depredador, le besó en la mejilla y soltó una carcajada cuando el cuerpo entero de Deniz se crispó.

Deniz no soportaba la compañía de mujeres, eran criaturas lejas y extrañas, parecidas a los Manukhī, otra especie, de otra lengua. Los marinos no se parecían en nada a Thâlë, y él sólo había compartido con marinos borrachos su vida entera, estaba prohibido, ni siquiera las mujeres en Bajak Laut, diez años atrás el Väktare, ordenó a todas alejarse, después que lo destetaron de su ama de leche, “Las mujeres sólo acarrean debilidad” dijo, todas las mujeres, desde el seno dulce de sus nanas, hasta la cara agrietada de las mozas de cuadra, todas y cada una, sólo podían volverlo débil, y el futuro Väktare no podía darse el lujo de ser débil, no podía comprometer quinientos y veinticinco años del imperio, ante la debilidad de un eslabón. Se sentía invadido por Thâlë, le causaba repulsión con la cercanía de su aroma penetrando la habitación, atacado por su belleza vulgar, por su risa burlona y sus ojos punzantes, en cierto momento se sintió decidido a empujarla, a escupirle, eso es lo que hace un hombre de verdad ante los débiles, ante lo frágil, pero se detuvo al pensar en su padre “no me decepciones” le dijo y era su líder Väktare y le había dado una orden. Se quedó quieto y silencioso, rígido como piedra, inamovible, inconmovible, mientras Thâlë le besaba el cuello y las orejas, desabotonaba sus ropajes y le desnudaba lentamente, él trató de escapar a un lugar lejano, en su mente, a momentos se sentía ultrajado, le parecía insufrible, invasivo, le hacía parecer vulnerable y la vulnerabilidad es únicamente para los débiles. Pudo notar que Thâlë se enorgullecía de sí misma por tratar seducirlo y  eso lo hizo sentir rabia. No pudo tolerarlo más y la arrojó al suelo, no pudo soportarlo y falló, en la misión que le habían encomendado, todo el peso, la presión que había cargado por años le arrastró; comenzó a llorar, con rabia, con la cara roja y los puños cerrados. Thâlë lejos de ofenderse, sintió compasión, al verse a sí misma, en la cara de Deniz, ambos aplastados por sus historias y por la descontrolada naturaleza de sus linajes. Pudo recordarse cuando niña, sus viejos sueños, sus sonrisas, las esperanzas que labraba para un futuro que jamás llegaría. Se puso en pie, le abrazó y lloró con él, llorando el duelo, de todo aquello que jamás sería. Lloraron ambos hasta agotarse, se tomaron las manos sin decirse una palabra, ambos sabían; muy adentro de sus almas, de que se lamentaban. Se posaron en la cama y sollozaron, mirándose el uno al otro, observando la despedida lastimosa de esos anhelos, de esos deseos de cosas imposibles, profundos y lejanos, el mismo luto que carga, el enviar a sus muertos al fondo del mar.

Estaban a punto de cerrar los ojos llorosos, rendidos, rojos de tristeza, sudorosos y exhaustos, cual bebés después de reñir berrinches, cuando llamaron a la puerta, era su anfitriona, les llevaba la cena de dátiles, cordero en un baño de especias y vino dulce de caña. Thâlë le alimentaba cariñosa mientras lo acariciaba y le contaba historias sobre ella misma, de una vida muy lejana al otro lado de las montañas, donde corría entre flores y cabras de pastura, donde alguna vez tuvo un amor de ojos verdes como la hierba, al que amo con toda la fuerza de sus entrañas, con el que nunca cruzó palabra y de quien ni siquiera supo su nombre.  Le besaba y abrazaba con tanta naturalidad que, en ciertos instantes a Deniz le parecía sincera, no como cortesana, sino con una sensación renuente y lejana de… Familia.  Tras la cena Thâlë se dispuso a compartir un plan con él, pero Deniz se sentía renuente, ambos fingirían que lo habían logrado, que él ahora era un hombre de verdad y nadie sabría nada, podrían conservar ese momento, esa intimidad, de compartir un voto de inocencia, aunque fuera por un poco más “Yo hablaré de ti y tú de mí, así como hablan los hombres ebrios de las mujeres, ellos no tienen cómo saberlo, será nuestro secreto, estarás a salvo y yo también, por un poco más al menos” Deniz sólo podía escuchar en su cabeza “no me decepciones” y no lo decepcionaría, hablaría como había escuchado cien veces antes, describiría cosas que no pasaron, se haría un hombre a los ojos de todos, pues vale más mil mentiras dulces, que la sola verdad, como la Mar, amarga. Cuando Thâlë cayó arrasada por el sueño, tras haber llorado tanto; Deniz se quedó observándola desnuda y tendida, aún trémula y algo fría, tan triste como el ocaso en el horizonte, y tan bella como la luz reflejada por las olas, con un impactante poder en su piel rebosante de belleza pero tan hueca, y tan sola  en el universo entero, tan triste, tan triste como la marea nocturna. Le recordaba así mismo, tan incapaz de hallar belleza en la vida misma, ajeno a la realidad de una vida común, del campesino insignificante e invisible, de los mercaderes ruidosos, de los niños correlones por las calles. Le hizo desear ser capaz de amar y ser parte de un lugar en tierra firme, tener una madre y hermanos, tener más un padre que un Väktare, poder amar a una mujer y tener un trabajo honrado, abrazar a alguien durante el frío de la noche, criar a sus propios hijos, amarles. Pero él era Deniz Môr, príncipe pirata, soberano de las olas, heredero al trono de los mares, el asesino de su propia madre y futuro Väktare del Bajak Laut.   Estaba solo, para sí mismo, se debía a su flota y a sus conquistas, en su futuro sólo habría mujeres como Thâlë, tristes, dolientes y vacías, con almas lejanas como estrellas, distantes y acorazadas, nadie capaz de realmente amar.

Al nacer del alba, Deniz ya se encontraba en la cubierta de su nave, solemne y seco cual océano salado, ni siquiera se tomó el tiempo para despedirse, habría dolido demasiado, como la verdad, por ser amarga. Partió con los rayos del sol, a conquistar un nuevo tesoro, oculto en las bodegas de algún barco mercante, resguardado por la sangre de otros, prístino y codiciado, por la sed de lo único que tenía seguro, la guerra y la violencia. Las lenguas hablan y si hay acaso rumores más ruidosos que los de las mujeres, siempre son, los de los marinos, el señorito, se había convertido en hombre, había bastado una sola noche para enamorar a una cortesana, arruinada por siempre para el oficio de Doncella de cama, prendada irremediablemente al príncipe heredero. Mil mentiras dulces, ocultando una verdad cubierta de fantasía, que muy en el fondo; no lo era tanto.

El nuevo príncipe de los mares se alzaba sobre su tripulación, con su nueva ganada confianza, se presentaba valiente y brioso. Se entrenó con entusiasmo en el arte de las armas, aprendió el lenguaje de la guerra, peleó con la fuerza de sus manos y su nave, la ira incontrolable de novecientos hombres, todas las batallas que le volvieron una leyenda, se escribieron canciones; un niño mercenario, nacido de entre la muerte a mitad de los mares sangrientos, cubierto de oro, esmeraldas y sangre, asesino antes de caminar, capitán de flota y rompecorazones de todas las damas hermosas, así los bardos cantaban.  Orgulloso vástago del Väktare de los piratas, hacía honores a la sangre de sus venas y conquistó doscientas flotas de los reinos legítimos, se hizo de ocho naves traficantes pobladas por novecientos tripulantes, saqueaba en un parpadeo: barcos cargados con oro, joyas y provisiones, se aventuraba entre las sombras de la noche para robar a grandes señores asentados en las costas, pillaba y quemaba toda riqueza a su paso.  Causó terror, como salido de una pesadilla de los altos Señores de millonaria estirpe, en todo puerto de  Yşi.

PARTE II

Arte


viernes, 9 de abril de 2021

La bruja brilla de noche

 




A Carmen Ollin la mataron un veinte de septiembre. Todos supieron bien quién, pero nadie quiso decir nada, que si de algo pecamos en este rancho miserable es de silencio. Aquí se callan los dolores, aunque quemen hondo, aunque den ganas de llorar. Por eso mataron a Carmen, yo digo, porque ella no era de esas de “calladita y bonita”. La encontraron al pie de un árbol, todavía tenía su cadenita de Santo Cristo en una mano. Yo creo que su alma salió volando como garza blanca al atardecer, así era Carmencita.

Todos supimos que estaba muerta porque tenía dos noches perdida y al medio día siguiente, pudimos escuchar el grito despellejado de Doña Martha, yo estaba en el puesto y me caló bien feo. No me aguanté y empecé a llorar, mi Ma nomás me dijo “cállate pendeja que te van a oír, límpiate la cara y aguántate, aquí no se puede”. Y entonces el silencio, ese chingado silencio se hizo insoportable. Nada más Doña Martha lloraba sin consuelo. Sus gritos hacían retumbar hasta las ventanas. Ni en el sepelio nadie dijo nada, rezaban, rezaban y se veían las caras, no los fueran a oír. Y en la madrugada nomás se escuchaba a lo lejos el canto de un borracho que medio lloraba medio reía, pero pues él es hombre y si puede, nomás con que nadie lo vea de frente y a esas horas ¿quién lo iba a mirar?

A la mañana siguiente la enterramos, con hartísimas flores blancas, el aire sabía a primavera y todo parecía de nubes. Después volvimos a lo mismo de siempre y como si nada. Que la vida sigue y que no sé qué.

A la noche ya no hubo vuelta atrás. Todos lo vieron. Andaban en el novenario de Carmen, las señoras, los viejos y del Monte. Se escuchó el chiflido clarito y en el cerro con todo el fuego de sus entrañas, la Bruja.  La mirada se posó sobre ella, la mirada de todos nosotros. En ese momento fue innegable y por mucho que quisieran enterrar la verdad, no pudieron.

 La bruja ardía y revoloteaba por el cielo, su fuego sensual quemaba la milpa y los tejabanes, pude sentir su ardor iluminándome la cara, liberándome de todas mis cadenas, arrastrándome a su fuego, llamándome hacía ella. Me daba miedo, pero me encantaba al mismo tiempo, caí en la cuenta de que mis lágrimas llegaban hasta el suelo, lloraba por Carmencita, lloraba por Doña Martha y lloraba por mí, por todos los dolores acallados que traía dentro.

Todos lloraron, pero muchos sonreían, creo que todos eran igual de infelices que yo, nomás eran mejores para disimularlo. Doña Martha en ningún momento dejó de rezar, hasta que la bruja se fue a posar sobre el gallinero en la casa de del Monte, ahí sí dijo “Ay mija”. El fuego fue como un beso muy dulce, despacito y callado, hasta que no y las llamas alcanzaron las estrellas. Del Monte salió corriendo, pero ni él ni nadie pudieron sofocar ese fuego. La bruja sólo observaba plácidamente desde las alturas hasta que, entre el humo, el fuego y las sobras de la noche desapareció.

Cuando ya aluzaba la mañana lo sacaron de entre los escombros, quemado y tiznado, Arturo del Monte estaba muerto. Mentiría si dijera que no me dio gusto ver su cadáver chamuscado, yo le traía harto coraje y verlo así se supo a trago de victoria, aunque esté mal. Don Señor Del Monte lloraba y gritaba como gritó Doña Martha dos días antes ¿a qué no se siente tan bonito cuando el muerto es de uno? A mí no hay nadie que me quite de la idea, Arturo la mato a Carmen. Él nos la arrebató a todos y la Bruja lo hizo pagar con el dolor de su propia carne.

Mi Ma me pellizcó el brazo y me dijo “quita esa cara y ya métete”, porque la satisfacción se me veía hasta por encima. Pero bien que sé, que no era la única, todos ya lo sabíamos y el fuego de la bruja había desnudado la verdad, una verdad que ya no iba a ser callada. Arturo mató a Carmen y le costó caro.

El 5 de octubre era noche de luna llena, hacía frío y muy lejos se escuchaban las lechuzas. Yo recuerdo que soñaba que corría por el Sabinal, que veía la luz entre los árboles y la perseguía “llévame contigo” le gritaba, “llévame lejos”. Entonces pude escuchar su canto, su voz era dulce y al mismo tiempo filosa, me cortaba, me fileteaba bien adentro. Comenzó a sisear y yo sentí que me sonreía estiré mi mano para tocarla y desperté. Abrí los ojos en la oscuridad, pero todavía la escuchaba, su voz cantando fuera de mi ventana.

Saqué mi cabeza por el marco de la ventana. Pude verla, brillante y cálida, resplandeciendo en el cielo nocturno. En mi cabeza resonando el vozarrón de mi Ma “nomás que te salgas así te va ir” y mis tripas revoloteando “tantito”. Más me tardé en pensarlo que en lo que ya iba descalza por entre los corrales, ni siquiera sentía el frío, yo sólo me dejé llevar por la luz y se me olvidaron mis dolores, casi la pude tocar con mis manos.

Ni veía por donde iba, la luz de la bruja me hipnotizaba, me jalaba y me envolvía en su manto luminoso pa llevarme bien lejos. De seguro ha pensado que yo no soy pa quedarme sola en este rancho. Ya sentía la libertad bajo mis pies cuando azoté contra una pila de leña. Mi piel se rasgó y me astillé la espalda. Ahí lo vi, jadeando, sudando y mirándome fijo, Juan, el de los García. “a dónde crees tú que vas, así como alma en pena a media noche. Pareces loca”. Ni le contesté, me paré como pude y traté buscar la luz de la bruja, vi que estaba llegando a la nopalera camino al cerro, miré por doquier pero no la vi. Juan me jaló y trató de arrastrarme de regreso. Resistiéndome le dije “yo a ti no voy a darte explicaciones de nada ¿qué carajos te importa lo que yo haga?”. “Ya ves cómo eres, siempre bien arisca y altanera, pareces mula. Si no es porque yo te ando cuidando quién sabe qué te pudo pasar, ándale ya no seas así, vámonos que aquí está bien embrujado” dijo. “Ya te dije que yo contigo no voy a ni un lado, vete tú, no tengo ni una necesidad de que me anden cuidando y menos tú.” Contesté “ah, pero al rato que te mueras igual que la Carmela sí van andar chillando” replicó escupiendo de coraje, “yo voy y me muero donde quiera el día que me venga en gana, a ti ni te va ni te viene, eso es asunto mío”. 

Este pleito Juan García y yo lo traemos desde hace buen rato, no entiende por las buenas y por las malas menos, parece que mientras más le digo que no más se empeña en andar tras de mí. Empezó desde que yo cumplí doce y desde el principio yo he sido bien clara, a mí no me interesa, pero necio que es, todos los días pasa al puesto y saluda, le hace plática a mi Ma y le lleva un pulque a mi Pa. Todo para que a mí me digan que soy remala, que me siento como si juera de oro y que gracias via de dar que Juan me mira, porque su familia tiene hartas tierras, que porque no es nada feo, es bien trabajador y porque me quiere “bien” y me va a tener “bien”, que eso ya quisieran otras. Pos que se lo vaya a dar a esas otras que yo no quiero nada, pa que nomás me encierre y me tenga de su criada, para que yo tenga que hacer lo que él dice, además él ya está más grande, se pudo encontrar a alguien de su edad pa casarse, si no lo ha hecho a sus 25 años es por algo. “Que te vienes conmigo ¡chingada madre! Terca, terca como piedra de cueva” me gritó mientras a jalones me cargaba, sentía que sus manos me cortaban la sangre de las manos. Por mucho que pataleé y me resistí no me pude soltar, traté de gritar, el sonido no me salía, luché con mi fuerza, pero parecía inútil, parecía yo cuarterón de frijoles, es que él más alto y más fuerte.

Me dejó caer hasta el suelo, sentí mi corazón rebotando contra mis costillas, me aturdí poquito y ahí vi que no estábamos ni cerquita de mi casa, estábamos en un silo de piedra que está del otro lado de la milpa. Estaba bien oscuro y hacía frío, podía ver su silueta en la puerta, para luego cerrarla tras de sí. Traté de pararme, pero me resbalé con los forrajes de sorgo que estaban bajo mío, sentí mucho miedo, traía el corazón en cogote y las manos heladas. Lo escuché cerrar la puerta con llave y se me salieron las lágrimas, ahí ya no veía nada, sentí su mano en mi mejilla y los labios en mi oreja “ay chula contigo nunca nada es fácil, nomás porque me gusta que eres bien rejega, brava y remilgosa como tú sola”.

 Con una mano me sostuvo ambas muñecas por encima de la cabeza, me recargó contra la pila de sorgo y la otra la metió bajo mi camisón, me manoseaba las piernas, empezó a lamerme las lágrimas de la cara y sentía sus jadeos en mi cuerpo. Subió hasta mis senos y los apretujó bien fuerte hasta que pujé de dolor. Ya lo sentía trepándoseme encima, su aliento sucio, las gotas de su sudor puerco y sus labios en mi cuello, trató de besar mis labios y me volteé la cara, me agarró la mandíbula con mucha fuerza, me besó a la fuerza y me mordió la boca. Yo no dejaba de llorar, tratando de irme a otro lado, rezándole a la bruja para que bajara y quemara todo con nosotros adentro. “Nomás pa que no digas que soy malo contigo. Yo sí te quiero bien, pero mira tú lo que me haces hacer, todo por necia. Pero vas a ver que cuando nos casemos hasta te va gustar”. Y me soltó.

Abrió la puerta despacio, no se dio cuenta ni como yo salí corriendo. Corrí y corrí, sin importar que las plantas de mis pies se fueras despedazando, traía la cara roja y la panza revuelta, hasta sentí que salí del agua para tragar aire cuando vi mi ventana abierta y me metí. A esas horas ni me dolía nada, aunque me hice jirones las plantas de los pies, me sangraban los codos y la boca y mi cara una revoltura de mocos, mugre, lágrimas y saliva. Lloré y lloré y lloré hasta que las lagrimas no me salieron. Entró mi Ma, de un encabronado que no había visto nunca. Me gritó, me cacheteó y me dijo hasta de lo que me iba a morir, todo para rematar con un “¿qué pensaría Juan nomás de mirarte como vienes?” sentí que la sangre me hervía tanto que, si tocaba algo lo quemaba “Bien que sabe cómo vengo ¿pos tú quién crees que me dejó así? Ya sé, ya sé que al rato que me mate nomás va ser mi culpa, al rato me mata y de todo voy a tener la culpa yo. El santo es él, que por accidente se le va ocurrir matarme”.

Mi Ma sólo se me quedó viendo sin decir nada, se salió del cuarto y la oí hablarle a mi Pa. No mucho ni muy fuerte, todo se hizo silencio. Traía harta rabia, quería escupir y envenenarlos a todos, quería volverme fuego y quemar la casa con todos adentro, quería ver sus cráneos crujir en las llamas, quería que el veneno de mi boca quemara a Juan por dentro, sacarle los ojos y romperle todos los huesos, hacer que se tragara sus propios huevos y verlo asfixiarse con ellos. De haber podido sacarme la rabia el cuerpo acababa matando a todo el rancho.

No sé si de tanto llorar me quedé dormida, no sé si lo soñé o lo escuché de verdad, pero la oí, oí su lamento, era suave y agudo, dolorido y a la vez consolador. Percibía mi dolor, todo lo que revolvían los pedazos que quedaban de mí, dentro de mi alma. Abrí los ojos y la vi frente a mí, bellísima envuelta en luz azul, con sus manos sujetó mis hombros y lloró, lloró desde sus entrañas, sus lágrimas eran pececillos que nadaban por la negrura de la noche. Mi dolor era suyo y su llanto el mío, me hablaba sin decir palabra con el brillo de sus ojos. Era como si dijera “No estás sola”.  Se alimentó de mi dolor, se apropió de mi rabia, la hizo suya y la volvió fuego, la transformó en flamas.

“Al anochecer” dijo sin decir, “al anochecer”.

Abrí los ojos y volví a mi cama, a mi cama, a mi cuerpo. “Al anochecer” me dije en voz alta.

Ya estaba muy entrada la mañana, calenté agua en el fogón para bañarme, me sentía sucia y despellejada, me saqué las astillas de los pies, me quité las piedras encarnadas de los codos y me eché aguardiente que me escoció la boca, ni me dolía, no me dolía nada de lo que me dolía adentro, en el pecho, en las tripas. Todos me veían, pero hacían como que no estaba, que era transparente y nunca existí. Ni mi Ma, ni mi Pa ni Claudia ni Manuel, yo no estaba ya en este mundo, me pude haber evaporado a esas horas y ni así me vieran volteado a ver. Me senté en una banca en el patio, me dio no sé qué por tejer. Las pocas flores que quedaban atraían a las monarcas y a las abejas, los pájaros cantaban desde el mesquite y por momentos me sentí menos rota.

Y que cuando menos lo pienso, ese cabrón viene y se me para enfrente. “No te pongas así chula, cometimos errores. Ya no te enojes conmigo, te ves más bonita contenta”. Me quedé atónita, sentía un zumbido agudo opacándolo todo, me temblaban las manos y sentía todo el ácido de mi rabia emanando de mi cara. El calor se me bajó a las manos y yo nomás lo veía y lo miraba, es que casi no me la creo, tiene el descaro de venir a pararse frente a mí, de meterse a mi casa ¡tiene el descaro de mirarme a la cara!¡de traerme flores! El fuego me punzaba, me quemaba, me ardía. La sangre se me hizo lumbre y ya no me interesó contenerlo.

Me incendié, las manos se me prendieron y las llamas se me hicieron garras. De una bofetada dio hasta el suelo, ardió mientras yo lo miraba, mi fuego le derritió media cara, hasta que casi se le veía el hueso, así como se deshace la manteca en el fogón. Sus gritos me supieron a música, creo que hasta estaba sonriendo. El alarido dolorido violó el silencio aprisionante, así como Juan me violó mí. No importaba nada más, a penas así Juan sentía lo que él me hizo sentir a mí.

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...