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miércoles, 25 de junio de 2025

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

 

Carta 18

Septiembre 29

Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Penitencia de enclaustro, martirio de santo. Cargando a diario la insoldable pena de tenerte tan cercana como las estrellas.

Siempre serás de otro.

Y yo me quedaré añorando en la penumbra. Apostado cual vigía, bajo el balcón de la ventana, de la casa que solía ser tuya. Como los grillos cantan sus sonatas, en las noches sin lluvia; yo aquí asentado en mi nicho, canto y canto las melodías del otrora, diáfanas luciérnagas en el firmamento de mis remembranzas. Ahora tú, titilante, te vuelves un rumor cada vez más lejano.



Eres otra, aunque seas tú; y quién tú eres ahora es una extranjera de mí. La María a la que yo amaba, la dulce, sonriente, silvestre y revoloteante María a la que yo amo, ha muerto. Murió conmigo aquel día que te subiste al tren. Las evocaciones elusivas de mi amante, mi espíritu gemelo, son sólo quemaduras de luz, en los ojos de mi memoria.

Tú (la de entonces), así como tu amor por mí, ya no están aquí, en este plano terrenal. Son atisbos de fuego arriba en lo alto, con los ángeles y los santos. Existes sólo donde nunca podré alcanzarte, donde mis manos impuras jamás podrán tocarte. Es un maleficio, una tortura perseguir el espejismo de ti. Atormentado por el fantasma, las sombras, la silueta que justo ahora veo en tu ventana, no es la real, pero es la María que aún hoy me ama. La verdadera tú, a trescientos kilómetros y un día en tren, ella está en su gran casa, en el calor de su cama. Esa María abraza al hijo que tanto ama, y le canta canciones que sólo solía cantar para mí.

He perdido una guerra que jamás podría ganar. He batallado en el frente equivocado durante estos años. Siempre embriagado en el odio hacia su aborrescente padre, siempre peleando contra él.

Admito mi derrota, porque frente a ese hijo (que pudo haber sido mío) no tengo arma alguna. Sólo me queda poner las manos al aire, las rodillas al suelo y me rindo, mi guerra está perdida.

 

Juan.



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CARTA UNO

viernes, 11 de noviembre de 2022

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECISIETE

 

 

Carta 17

Septiembre 2

Pasé por la panadería María, vi; por la ventana, que tu mamá estaba colgando un retrato en la pared de atrás. ¡Lo vi María! O acaso la habré visto, no tuve las fuerzas de pararme a preguntar. Las mejillas rosadas, los ojos claros, los tres lunares a un lado del ojo derecho y los hoyuelos en los cachetitos redondos. Un vistazo momentáneo y lo supe. Esa luz en la sonrisa es inolvidable, esas pestañas largas y los chinitos acaramelados. Fue un dolor, un pesar bien extraño.

Primero que nada, la imagen me golpeo bien abajo en las entrañas, se me fue el aire y sentí que me estaba petateando. Pero ver esa sonrisa, esa luz tan cálida que no he podido borrar de mi memoria, me hizo sentir… alegría.

¿Cómo me atrevo yo a ponerme feliz por él, o ella? Quien me lo robó todo. El futuro, la vida, el amor de mi vida, mis sueños. Todo se desvaneció en polvo en cuanto vi su sonrisa. ¿Todo mi dolor, todo mi llorar, valen esa sonrisa? Mi impulso primero y egoísta es pensar que no, que esa bolita de manteca no vale un solo día de mi tormento, pero no pude sostener eso en mi cabeza mucho tiempo, ni dos minutos. Porque la realidad es que, sí, esa sonrisa, ese futuro brillante, esa buena y tranquila vida que le aguarda, sí vale todo. No sólo mi dolor, mi soledad o el corazón roto que me cargo a cuestas. Vale las estrellas, el sol y la luna. Vale todo. Si fuera mío, o mía, yo me hubiera inmolado a mí mismo sin preguntarle a nadie, con tal de asegurarle todo aquello que, ahora tiene seguro.


Volví a mi casa y vi todo con otros ojos, la casa puerca como chiquero, todo derruido, cubierto de polvo, el olor a humedad y a viejo borracho. Ese querubín no podría vivir aquí. Me sentí avergonzado, me sentí apenado de mí mismo, del caos en el que me he revolcado todo este tiempo. Yo no podría ponerle la misma sonrisa en la cara, ni alimentarle bien, ni cuidarlo como se debe si se enferma. No puedo ni mantenerme en pie yo.  Todo lo que gano me lo bebo, a penas como y no me he puesto ropa nueva desde que un año antes de que te fueras. No me acuerdo de la última vez que me bañé bien, con agua caliente, puro chorro de agua fría para bajarme la borrachera.

 

Creo que ésta es la primera vez que lo veo María, puedo por primera vez entender las razones que tenías cuando te fuiste.

 

Juan.

CARTA UNO

CARTA ANTERIOR


lunes, 8 de agosto de 2022

CARTAS A MARÍA CARTA DIECISÉIS

 


Carta 16

8 de Agosto

Después de mucho tiempo, después de creer que ya te había dejado atrás, anoche volví a soñar contigo María, volví a llamarte, volví a rogarte, volví a anclarme desesperadamente de tu falda. Tenía que competir contra él, por recuperar tu amor. Yo, en mi estado actual, más cadáver que persona, arrugado y desvanecido, contra él, fuerte, joven, rico, con dientes blancos, sonrisa carismática y el mundo por delante. Perdí de nuevo, perdí una y otra y otra y otra vez, cada día que pasa sigue el evento de perderte constantemente, de dolerme tu ausencia, de repasar los tenues lunares en tus mejillas rosas, de ahogarme en el suéter que dejaste olvidado en la silla, para sentir que al menos en esas diminutas partículas de ti, aún te encuentras conmigo.

Es que yo ya no soy nada de la persona que tú creías que yo era. Sin ti, sin tu sonrisa cálida y tus brazos abiertos, yo sólo soy una pila de cenizas que no termina de desmoronarse. ¿Es que dime, cómo se cura uno de la adicción a ser feliz?



¿Me piensas, aunque sea un poquito? ¿Te duelo aunque sea casi nada? ¿Queda algo de mí, ahí en un rincón de tu memoria? Porque yo sufro todos los minutos del día, cuando trato de tomar tu mano y caigo en la cuenta de que no estás ahí y más nunca estarás.  Se me hace pedazos la vida, una y otra y otra vez. Por más rabia que tenga, por más que llore hasta que las fuerzas se me acaban, no puedo ni odiarte, no tengo ni el consuelo de guardarte rencor, de ahogar tu recuerdo en odio y resentimientos. Cada que me viene a la mente destrozar tu recuerdo con amarguras, me llega la visión de tu sonrisa, de todos los besos que nos dimos, del brillo de tus bellos ojos mirándome únicamente a mí y por unos pocos segundos me regreso a ser el rey del mundo, parado en la cima más alta. Y luego me vuelvo a caer, azoto contra el suelo escarpado perforándomelo todo. Y muero, sí que me muero repetidas veces. Lo que queda de mí, no es más que ceniza, sangre y lágrimas violentas, no hay sueños, no hay risas, sólo la tierra estéril de lo que alguna vez fue un hombre, el hombre al que tú amabas.

Si de algo a nada ha valido mi existencia, es que, de todos los mundos, de todas las líneas temporales que han habitado el tiempo, de todas las vidas que pude haber vivido; tuve la gracia, la fortuna de coincidir contigo, al mismo tiempo, en el mismo mundo, y no conforme con eso, tuve la inmensa dicha de amarte y que me amaras. Hay millardos de millones de hombres en este mundo, hombres mejores, hombres más ricos, más inteligentes, y definitivamente mucho más guapos, pero ninguno, óyeme bien, ninguno ha tenido la dicha de ser amado por ti. Ni siquiera el hombre con el que vives hoy, el que puede decirse tu marido, el padre de tus hijos, el que duerme a tu lado todos los días. Y esos, es la propia tragedia de aquel desdichado, que, en su batalla contra mí, ha perdido mucho más, de lo que yo jamás podré perder, porque yo te tuve alguna vez María, te amaba y me amaste, tú me amaste.

Juan.

CARTA ANTERIOR

PRIMERA CARTA

lunes, 14 de junio de 2021

CARTAS A MARÍA, CARTA QUINCE

 




Carta 15


24 de Mayo

Anoche soñé que me moría, soñé que me estaba desangrando a un lado de un nopal arriba del monte. No había nada ni nadie cerca. Hacía mucho calor y me ardía el pecho, de mi pecho manaba la sangre como riachuelo. Me sabía la boca a fierro, mis manos estaban adormecidas y me escurría un sudor sucio de la frente a los ojos. En lo alto del cielo se escuchaban los graznidos de los zopilotes que ya se saboreaban los jirones de mi carne. El sol quemaba mis pies descalzos que no tenía la fuerza para mover, el aroma era de arena seca, de sed y de muerte. Sentía ganas de toser, pero no podía, tenía las narices rellenas de tierra y sangre. Trataba de arrastrarme a la sombra del nopal y no pude. Pude sentir como las fuerzas se me iban y como me iba haciendo nada, me andaba como durmiendo, pero me moría. Se me quitaba el calor y me empezaba a dar frío, entonces desperté.



Medio tristeza de darme cuenta que sólo fue un sueño y no me morí ni nada. Ni siquiera la fortuna de andar crudo me fue concedida, me tuve que levantar con mis propias fuerzas y hacerme de huevos para meterme a bañar, rasurarme, para vestirme e irme a trabajar.

Estaba encabronado María, encabronado de tener que despertar otra vez dentro de este cuerpo y con el alma rota. De tener que aguantar el pasar de los días sin verte, sin tenerte para mí, sin escuchar tu voz. Ya sólo queda en mis adentros una rabia incontenible.



Escalaría todas las montañas que nos separan con tal de verte a lo lejos, pero ¿de qué serviría? Estarías en sus brazos, sin saber siquiera que yo me encuentro ahí, te miraría en sus brazos y si lo veo lo mato ¿Me oíste? ¡Lo mato! Que bastante tengo con que te haya llevado, con que es perfecto hasta su puta madre. Sus ojos, su cabello, sus dientes alineados. Su estúpida sonrisa de niño bonito. Que ha viajado a España, que sabe hablar inglés, que si estudió carrera en Texas, hasta el maldito perro del muy hijo de puta es como sacado de una revista.

¿Enserio eso quieres María? Una vida acartonada y tiesa, sin sonrisas sinceras, sin caminares en día de lluvia, sin flores de milpa ni día de mercado, sin secretos entre los callejones, café de la plaza, sin besos al atardecer. ¿enserio todo eso te da lo mismo?



Sé que te decepcioné y que no fui lo mejor, sé bien que el fin se veía venir porque tú brillabas demasiado. Tal vez se acabó para ti, pero mi amor es un rumor enraizado en la tierra, se queda a través del tiempo en los latidos del viento, el cantar de los pájaros y en las lágrimas de todos los amantes. Te lo juro, te lo juro por todo lo que es bueno en este mundo; él jamás, jamás ni en cien años de estar contigo te amará como yo te amo en un simple parpadeo. Su cariño es el tibio fulgor de una lámpara y yo te amo como si el sol explotase sobre el mundo.

 

Juan.

jueves, 27 de agosto de 2020

CARTAS A MARÍA CARTA CATORCE

 




Carta 14

8 de Mayo

Hoy no me desperté sudado, ni llorando, ni con la garganta seca. Hoy no me hizo molestia el cantar de las gotas de lluvia en la ventana. Mi vida se volvió desierto, pero ahora me parece María que sólo se hace silencio. A lo mejor por fin se me ha hecho un callo grueso en la boca del ardor que ha dejado el siniestro dulzor de tu aliento sobre mis labios. Por eso puedo beber del fuego de tu recuerdo esta mañana, porque ésta mañana el sonido de tus pasos al subir al tren me suena menos a plomo y más a nube. Ya tengo un callo para que no me haga pedazos.

Aunque tu fantasma insista en perseguirme a lo largo del día ¿cómo me doy a entender? Aunque tu fantasma me persiga incesantemente; al menos tu fantasma es un poco que puedo conservar de ti. De los momentos que corren por mis venas y del aroma de todas tus sonrisas de verano.





Es lo que me queda de ti María: tu fantasma acosándome a lo largo de las horas. Llenando mis noches de terrores y angustias, mis sueños de pesadillas y mi vacío de ti… con un poquito de tortura, que de cierta manera es tuya. Yo volvería hacerlo todo, todo una y otra vez María. Las metidas de pata, las peleas innecesarias, las escapadas y aventuras fuera de tu ventana. Esas reuniones secretas atrás de la panadería y todas las mentiras que tuvimos que decir para seguir bebiéndonos los labios un poco más. Yo volvería a vivirlo todo, incluso volvería a verte subir a ese tren con tal de besar tus labios una vez más, me arrastraría por este infierno de nuevo si eso me diera la bendición de tenerte en mis brazos. Pasaría por esto mil veces si con eso te tuviera cerca un poco más. Tenerte a ti y no únicamente el espectro fantasmal de todos los sueños que murieron cuando te fuiste, las almas de los hijos que no tuvimos. Se siente como un costal de carbón que llevo a cuestas colgado al cuello, oscila entre la ira y el pánico, pero jamás lo puedo desamarrar. Siento que soltar ese peso es como soltarte a ti. Es dejarte atrás. Yo no puedo dejarte atrás. No puedo desprenderme de ti y así tenga que verte subir a ese tren cien veces yo no te suelto. Estás en mí, en mi mente, en mi aliento, en la luz de mis ojos, en la sangre que corre de mis labios, en mis pesadillas y en cada poro de mi piel. ¿Cómo se arranca uno el alma de la noche a la mañana María? No se puede.



Yo me quedo prendado de tu fantasma y tú haz de andar viviendo la vida de reina ricachona con todos esos cachivaches que yo jamás podría comprarte con mi sueldo miserable de periodiquero. Vas a tener hermosos niños con mejillas sonrosadas que jamás tendrán sus pantalones parchados y calzones remendados. Que no andarán descalzos brincando en charcos de lodo después de las lluvias de verano. Que no comerán un bolillo remojado en chocolate, porque no alcanza pa otra cosa; cuando el invierno cala frío. ¡Qué van andar sabiendo tus hijos de la renta! De que no hay agua o que hay que prender el fogón.

Juan

martes, 23 de junio de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA TRECE


Carta 13


28 de Abril

Como ya no sé ni dónde estoy, a veces llegó sin quererlo a no sé dónde. Un día de la otra semana hasta me encontré con una procesión de boda, si fuera menos cobarde los hubiera matado a todos. Su felicidad escupe sobre mi miseria, no lo soporto, no puedo. Ya ni las risas de los niños que corren en la calle me parecen tolerables.

 Días más patrás me venían a bien, como que me daban a esperanza, verlos en inmersos en sus juegos, ellos haciéndose soldados, creyéndose Virreyes, soñándose de marfil o de papel. “Sólo son niños” me pensaba, “niños que qué van a saber de la vida”. Y ahí fue cuando me vino a madrear mi amargura; su ignorancia es gloria y en mi saber me doy cuenta que no hay remedio para mí, con algo de suerte para nadie tampoco. Con esas ganas de que me queme el aguardiente prefiero ya que a todos nos lleve la chingada.  Pero ni me quema ni nos lleva y así andamos de tenme en el aire, ni me decido a quemar la casa ni me voy a morir al desierto ni maté a los novios que iban a casarse. La novia era la hija de Pablo ¿te acuerdas de Pablo el que tiene su puesto en los portales? Y pensar que yo la veía tan chiquilla, tal vez nada más la amargura de perderte es lo que me hace sentir viejo. Porque éste abismo ilusorio de que ha pasado una eternidad me ha trasformado en un viejo desgraciado; solo y acabado. Viejo de amargura, de rabia, de penumbra.



Tal vez sí han pasado milenios, tal vez sí me estoy terminando de hacer polvo a mí mismo y a mi dolor, como bien no despierte de ésta pesadilla; prefiero hacerme polvo para irme volando. Lejos. Lejos de todo y de nada. Para ya no ver tus ojos cada que parpadeo. Para ya  no sentir el dulce aroma de tu cabello cada que sopla el aire. Para ya no percibir el penoso sabor de tus labios suaves sobre los míos. Es que de verdad que la carga es mucha María, me atormenta hasta cuando estoy despierto. No dejo de preguntarme si acaso pensarás en mí, si ya me habrás olvidado, si todavía me amas o si acaso me amaste alguna vez. Me ahogo María, me ahogo en éste océano de preguntas infinitas que jamás tendrán respuesta. Lo malo es que me ahogo y no me muero, no me termino de morir na más me duele y  me quema y me aplasta.

Me aplasta hasta hacerme nada, pero no me muero. 

 Juan


lunes, 20 de abril de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA DOCE



Carta 12

20 de Abril

Hoy me desperté temprano, porque mientras menos gente vea en la calle; la tortura de vivir se me hace más llevadera. Los cielos se han olvidado de mí y mientras pase desapercibido entre los vivos me da menos vergüenza seguir aquí pretendiendo como que todavía me encuentro con vida. 

¿Qué más me queda?
Si te has empeñado en regodearte con tu nueva vida, en abofetearme con tu inmaculada belleza, con el aroma de tu voz cada que sueño contigo. Ni en mis sueños me concedes clemencia, sigues con él; te envuelve en sus brazos mientras yo ardo en la desesperación de seguir con vida.

No sé si hoy es hoy o es ayer, no me atrevo a pensar mucho en el tiempo porque soy capaz de quemar la casa conmigo adentro. Es que el saber que mil años he pasado sin ti y aún no muero terminaría por aniquilarme. Un adiós final y un beso en la obscuridad me bastarían. 


Te has llevado hasta las lágrimas en mis ojos, el cantar de los gallos y el  rugido del tren.  Siento que un día, de verdad ahora sí un día la cruda eterna de no tenerte va acabar conmigo. Si me vieras ahora, si vieras en lo que me he convertido… me mirarías con dolencia melancólica; así como se ven las tumbas de los difuntos, con penosa resignación de jamás recuperar lo que se nos  fue. Tal vez yo te miraría del mismo modo. Con nostalgia, como se ven en la cabeza los recuerdos del ayer, con todo ese amor a un momento que jamás volverá. Como se ven las fotos viejas que se cuelgan en la pared. Como se leen las noticias de hace algunos años en los periódicos viejos que envuelven los monos del nacimiento o las ollas del atole. 

Aún no clarea y  a los pájaros ya se les metió la idea de joderme con su canto. A lo lejos se escucha el arrastrado paso de una carreta, así como que la mula que la arrastra vive la misma chinga que yo día a día. Sus pasos son pesarosos, sufridos, obligados por la implacable corriente de la cotidianidad. Esa mula soy yo y yo soy esa mula, jodida, jodida y resignada pero no resignada del todo. Te lo juro María que un buen día ahora sí voy a dejarme morir, voy a llegar a casa borracho después de oír tres horas de rancheras en la cantina, después de beberme todo el aguardiente que tengan, después de haberme acabado toda la vida y ahora sí, me prendo fuego con todo y la casa.

¡Te lo juro María!


martes, 28 de enero de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA DIEZ



Carta 10

20 de Marzo

A lo mejor tengo que conformarme, te tuve y fuiste el sol; no cualquiera. Nuestras primaveras fueron las más bellas y hasta las más terribles peleas eran dulce néctar de rosas a tu lado. Ahora me quedé como trapo sucio arrumbado en la oscuridad de la nada pero tuve mis días de gloria. Imagínate a toda esa gente que jamás te tuvo en su vida, que no conocen la luz y el calor. Esos que no saben cómo es besar el aroma de las flores y el claro de la mañana. Yo tuve mucho más y no fue para siempre pero fue mío, instante de éxtasis y notas dulces de flautín.




Me quiero morir, hoy igual que todos los días. Pero hoy me doy cuenta de que fuiste mía, por casi nada pero mía, para mí, como mi sangre, como mis ojos y mis manos. Yo no soy nada, ya me había dado cuenta y lo que me hizo alguien fuiste tú. Me acuerdo que hasta la gente nos miraba como con admiración y envidia. Nadie me ha vuelto a ver así. Un día  Don Melcho me dijo en la cantina que  por qué no te olvido.

¿Cómo se borra a alguien de la vida María? ¿Cómo se le quitan a uno esas ganas de respirar el aire?

A lo mejor y si me muero al final de todo pero no me voy a morir porque quiera, me muero porque el aire en mi pecho se fue a vivir con un ricachón. A vestirse de novia y en nombre de Dios; darle los hijos que yo quería para mí. Mis hijos.
¡Es que no puedo María! No, de verdad no. Ya me quedé sin aire y sin sonrisas. Tú dime cómo María.

¿Cómo haces tú para tragarte todos los años que pasamos juntos y hacerlos nada?

Hay un universo entero separándote de mí, a pesar que te quiero, que te necesito y me haces falta para vivir. A lo mejor no me quieres ya, estoy seguro de que algún día me amaste. Me voy a morir sin ti y tú habrás de vivir tu vida bien bonita.
Mereces algo mejor, mereces el mundo entero María. Ahora lo tienes. Yo no tengo nada que no sea dolor y aquí me quedaré a no ser más que trasto desgastado que se pudre en el  rincón.

Juan


CARTA UNO
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miércoles, 13 de noviembre de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA NUEVE





Carta 9

12 de Marzo

Ya me olvidaste María, he desaparecido. Tú  eres eterna, como la luz del sol. Te fuiste para no volver y tengo que hacerme a la idea. El sol no se percata del gusano que muere quemado por su calor. Tú no sabrás cuánto dolor me causo tu ausencia. Quisiera volver en el tiempo y morir ahí entre tus brazos, todos seríamos felices.

El tiempo sigue y sigue,  sin ti no soy nada. Polvo arrastrado por el torbellino de la realidad. No hay ni día ni noche María, ni luz ni sombra. No hay nada, absolutamente nada. La comida es una tortura una y otra vez, el aguardiente ni quema. Qué vida es ésta, donde el aguardiente no sabe a nada, no duele, no cala ni quema. 

A las gardenias se les acabó el perfume y el amanecer no amanece, se murieron todas las macetas de mi cuarto, si me baño el agua no está ni fría ni caliente. Ayer Marcela la de la cantina de Pancho me regaló un tequila, creo yo que por lástima, me lo tomé  y no me hizo nada. Marcela me vio con lástima y se fue. Cinco meses, cinco días, cinco horas que no he conciliado sueño sin tormentas. Las golondrinas de la madrugada están solas sin nosotros y nuestros besos. Tus labios son puñales espinosos en mi mente. Lo entregué todo, a qué quiero que vuelvas si te llevaste todo de mí.


El silencio de tu voz en mi vida me llena de amargura, miseria y tormento son mis compañeros en casa.

Esos hijos que no tuvimos hubieran sido hermosos, con tus ojos, con tu sonrisa, con todo tuyo y mi nombre me hubiera bastado. Creo que hasta para esos hijos es mejor que me dejaras, aunque no lo creas yo eso pienso. Esos hijos que casi fueron míos  serán más felices en una casa con muchos cuartos, con baño y con radio por las tardes. Hasta van a ir a una buena escuela, quién quita y a lo mejor se van a San Diego a estudiar para ser gente de bien. Aquí no más de chalanes de barrio, ese era su destino.

Yo creo que si yo fuera tú, también hubiera pensado en eso. A lo mejor lo hiciste por esos hijos María, esos hijos que míos o no siempre serán tuyos. Con tus ojos y sus pestañas, con la sonrisa de alba en el cielo.




Juan

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 CARTA UNO

CARTAS A MARÍA: CARTA OCHO





Carta 8
26 de Febrero
Vi a tu hermano Paco hoy, me rehuía  pero no le quedó más que pasar frente al periódico. No sabía ni como mirarme a la cara porque él sabe que yo lo di todo. Tú y tu madre me lo arrancaron de las manos y lo pisotearon en el suelo, cada que paso por la panadería sé bien que le escupe a las migajas embarradas en el suelo que solía ser mi corazón. Paco nunca fue mi amigo pero es hombre de palabra, yo sé bien que siempre pensó que un monstruo le arrebataba a su hermanita, a la princesa que debía proteger. Paco fue capaz de ver el valor del amor que te tengo, aun así no fue suficiente ¿verdad o no? Paco me vio y en su mirar me di cuenta de que algo de razón he de tener, porque no me mira con la soberbia del que sabe que está del lado correcto.

Hoy llovía cuando llegué al periódico y me topé con él, la lluvia le daba a entender lo que sentí. El cielo nublado se ve vacío. Sin tus ojos ya no hay más luz que la del candil de la calle. Me miró y sin tener a dónde más hacerse na más me dijo “Adiós Juan”.
A lo mejor a todos ustedes les convendría que yo me muera, así no tendrían recuerdo incómodo de lo que hicieron mal. Ya no les pesaría ver el ánima en pena; en la que me he convertido, vagando por las calles sin consuelo, es mucho para cargar en su conciencia.

¿Eso deseas mientras te encuentras contenta en tu casa María, que yo me muera?
Y yo aquí cual pendejo amándote, aferrado a pesar del tiempo y la distancia, aferrado a la esencia de tus ojos, al perfume de tu alma.
Esa sonrisa tan tuya que ilumina el universo, sé bien que serás para él trofeo brillante y hermoso, que él  te quiere pero también sé que no te ama, eres propiedad y premio. Para mí María, eres el universo entero. Antes de ti nada y después de ti sólo la muerte.
Te amo

Te voy a amar siempre, lo sabes.
¿Me odias aunque sea un poco?
Por lo menos al odiarme quiero creer que no me olvidas.

Juan.



CARTA UNO

miércoles, 17 de abril de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA SEIS





Carta 6

Febrero 12

Hoy afuera del periódico  había un músico cantando. Me ensordecí entonces, la música ya no me entra con nada, sin ti la vida no tiene música. No he podido concentrarme para ver mis recuerdos y la música me apuñala con las notas, es como si no viviera. Tieso como un pájaro muerto, polvoso y enmarañado en miseria, eso queda de mí.

La tierra bajo mis pies pareció secarse, no quería llorar ahí pero lo hice un poco. Los demás me vieron pero voltearon la mirada para evadir la pena. A mis años y con mi cara;  no fue un espectáculo bonito.  Yo sigo siendo nada y en todo éste tiempo me he dado cuenta que quizá fue lo mejor. Hubiéramos sido felices pero no tendrías todo con lo que has soñado. Pero me olvidaste, me olvidaste y subiste a ese tren sin siquiera pensarlo.

Hubiéramos sido felices.

Él llegó y la elección era muy fácil ¿no es así?  Eras demasiado para quedarte toda la vida lavando trapos sucios. ¿Qué significó todo lo que vivimos juntos? Yo di todo de mí ¿No te dolió ni un poquito dejarme así para morir? ¿Un poquito siquiera?

Cierro los ojos un poco y te veo dentro de mí, creo que no, no sentiste nada de nada. Ya pa qué pregunto. Él es todo lo que yo no, de buena familia; nada de borrachos y arrabaleros. Tiene casa, paga criados, hasta un chofer, fue a una buena escuela y sabe hablar francés. Tú estarás mejor con él, a lo mejor y serás un mero artículo decorativo como sus obras de arte, a los tipos estirados les gusta coleccionar cosas bonitas que les alegren el día. Tú eres la más bonita de todas. Era todo lo que esperabas de un buen marido, hasta es guapo. Yo soy un malviviente de poca monta que no sirve para nada, a quien todos abandonan, que no hace nada bien más que su tedioso y repetitivo trabajo. Yo te hubiera lastimado, porque no puedo ser quién tú necesitabas que fuera, tú ya hasta eres alguien más; capaz que te veo y no te conozco, ahora ya eres una señora de buena casa, no la muchachita que con su sonrisa me dio a luz en la colina de las flores, esa muchachita seguramente se murió conmigo.

Pero yo sé que hubiéramos sido felices María.
¿De verdad te fuiste para nunca más volver?

Juan.

martes, 9 de abril de 2019

EL HOMBRE EN EL ROPERO




La abuela murió. Fue un domingo por la mañana, pero bien pudo haber sido media noche; llovía tanto que casi no se veía tres pasos adelante. Mi mamá me sujetaba fuertemente de la mano mientras caminaba, ausente, lejana. Ahogada por las sombras a su alrededor. Hacía frío, todavía me acuerdo: me dolían los huesos de traer puesto el abrigo de lana empapado. Los deudos eran pocos, casi todos viejos, medio muertos, aletargados y silenciosos. Mi hermano Paco y yo estábamos cansados, toda la noche en vela agarrándole la mano fría cuando ya ni parecía que estuviera ahí. La verdad me acuerdo poco de ella, casi nunca íbamos a verla al rancho. Además, que poca gracia le hacía si jugábamos con las gallinas, todo olía a vaca y cuando hacía mole el guajolote descabezado nos correteaba hasta desangrarse. Nos gritaba si brincábamos en su cama “¡Ya te dije que va salir el viejo sin pellejo a lamerte la cara!” o “Te va a llevar y ni los huesos va a dejar” para alejarnos lo que más pudiera de sus cosas.

Pero mi mamá la quería mucho o eso dice. Mi abuelo se murió por subirse a un buey de arado una vez que andaba borracho, quién iba a decir; un güey arriba de un buey. El buey iracundo lo arrastro por la milpa hasta que casi lo dejó sin cara. Mi mamá tenía quince años. Después de eso mi abuela juntó todos sus ahorros para mandar a mi mamá hasta León a que estudiara una carrera comercial. Unos años después mi mamá conoció a mi papá, ella era secretaria del director de un banco y mi papá era su contador. Mi abuela nunca lo quiso nada, decía que esos güeros de Guadalajara no sirven para nada. Que no son hombres de deveras y esas cosas que dicen los viejitos porque en los ranchos no hay agua corriente y apenas tienen luz. Sólo se quedan ellos con sus fantasmas y están muy acostumbrados a ellos cómo para dejarlos ir. 

Cuando ya por fin la enterraron y todos se fueron tuvimos que bajar el cerro de regreso, entre la tierra lodosa. Paco se cayó dos veces, ella ni voltearlo a ver quiso. Se embarró todo de lodo de ese que pinta de rojo. Llegamos a la casa, mi mamá no nos hablaba, pero ayudó a Paco a cambiarse y se puso a hacer un caldo para la comida. Comimos caldo de res con arroz rojo, para calentarnos. Afuera todavía llovía a cántaros, parecía que mi mamá era el cielo y dejaba caer su tristeza sobre nosotros, la casa, el rancho y las gallinas. 

Quería irme desesperadamente, nunca me gustó estar ahí. Para cuando por fin cayó la noche nos hizo dormir en la cama de la abuela, la cama dónde se había muerto; sólo porque era la grande. Nos arropó y cantó una canción que le cantaban a ella, una de las canciones viejitas para niños que dan más miedo que nada. Sin mirarnos a la cara, como si ni quisiera que estuviésemos ahí.  El diluvio no paraba, a lo lejos se oía a un burro sufrir con cada trueno. No podía dormir porque la cama todavía olía a ella; naftalina y jabón hecho en casa. Un rayo iluminó la habitación, pude ver el ropero viejo frente a mí con sus apolilladas puertas cerradas y el pequeño espejo empotrado cubierto de polvo. Me dio miedo, hay algo con los espejos en la noche; como que reflejan cosas que uno no quiere ver.

El chillido del viento azotado por la lluvia, la gotera frente a la cama y el recuerdo de ella no me ayudaban a cerrar los ojos. En medio del escándalo de silencios un estallido frío me invadió el alma. Era el rechinido de la puerta del ropero, lento y atacante. Sobresalto inmóvil, un susto ahogado, contenido y estático. La respiración se me agarrotaba tras la garganta, inerme e incapaz de cerrar los ojos; deseando intensamente desaparecer. El galopante palpitar de mi corazón me empujaba hasta el fondo de mí. Ahí fue cuando lo vi. Emergió lentamente, reptando, estaba hecho como de niebla, como de humo. El vacío del silencio lo inundó todo, me ahogaba. Trataba de contener todo movimiento, sentí que al parpadear produciría estruendo comparable al estallido de una mina.


Era inevitable, girando su rostro trasluciente lentamente fijo su mirada en la mía. Sus ojos eran de perro a nada de morder, su boca mueca deformada; casi me sonrió. No podía moverme, no era capaz de reaccionar, los gritos más fuertes que jamás he pegado se murieron ahogados. Entonces avanzó, movió sus pesuñas de niebla hacía la cama, mirándome presa fácil. Con extrañeza me di cuenta de que no era raro sino súbitamente familiar, sus facciones y movimientos, tan parte de mí como mis manos o mis pies. Tan familiar como era Paco, dormido junto a mí. Mi respiración se hacía tormenta a cada paso que el hombre daba. Al borde de la cama sobresalía mi pie derecho, se detuvo, lo miró y con sus garras de buitre un ligero cosquilleo me dio. De golpe me incorporé en la cama y así de golpe ya no estaba. Al mirar al lado izquierdo un reptil lengüetazo me mojó la cara, era él respirándome al oído y conteniendo una carcajada. Las lágrimas me brotaron incontrolables, escuché el rechinar de la puerta del ropero, volteé a mirarle. Estaba ahí parado, sereno y callado. Su sonrisa burlona hizo sudarme, ahí fue cuando se llevó un dedo a la boca deforme, con su sonrisa de complacencia me miró fijo y con un gesto insinuó callarme. Primero metió un pie y luego el otro, así siguió hasta que sólo su cabeza torcida continuaba mirándome, cerró entonces la puerta durante una eternidad que duró un instante.



Un trueno de estrépito y un rayo de luz me provocaron sentarme, seguía llorando y no podía controlarme. Paco despertó, encendió la lámpara del mueble de noche, me miró, me abrazó y sostuvo fuerte. “¿Qué ha pasado? ¿Qué te ocurre?” yo no era capaz de hablarle, aún creía su lengua pegajosa lamiendo mis lágrimas saladas.
No importa el tiempo ni los años que pasen, aún por las noches veo sus ojos en la oscuridad mirándome. Un escalofrío sudoroso recorre mi espina al pensar una y otra vez que él era tan familiar, tan conocido como lo son mis manos, mis pies, como Paco yaciendo dormido, como la luna al anochecer. 

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...