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miércoles, 25 de junio de 2025

CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

 

Carta 18

Septiembre 29

Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Penitencia de enclaustro, martirio de santo. Cargando a diario la insoldable pena de tenerte tan cercana como las estrellas.

Siempre serás de otro.

Y yo me quedaré añorando en la penumbra. Apostado cual vigía, bajo el balcón de la ventana, de la casa que solía ser tuya. Como los grillos cantan sus sonatas, en las noches sin lluvia; yo aquí asentado en mi nicho, canto y canto las melodías del otrora, diáfanas luciérnagas en el firmamento de mis remembranzas. Ahora tú, titilante, te vuelves un rumor cada vez más lejano.



Eres otra, aunque seas tú; y quién tú eres ahora es una extranjera de mí. La María a la que yo amaba, la dulce, sonriente, silvestre y revoloteante María a la que yo amo, ha muerto. Murió conmigo aquel día que te subiste al tren. Las evocaciones elusivas de mi amante, mi espíritu gemelo, son sólo quemaduras de luz, en los ojos de mi memoria.

Tú (la de entonces), así como tu amor por mí, ya no están aquí, en este plano terrenal. Son atisbos de fuego arriba en lo alto, con los ángeles y los santos. Existes sólo donde nunca podré alcanzarte, donde mis manos impuras jamás podrán tocarte. Es un maleficio, una tortura perseguir el espejismo de ti. Atormentado por el fantasma, las sombras, la silueta que justo ahora veo en tu ventana, no es la real, pero es la María que aún hoy me ama. La verdadera tú, a trescientos kilómetros y un día en tren, ella está en su gran casa, en el calor de su cama. Esa María abraza al hijo que tanto ama, y le canta canciones que sólo solía cantar para mí.

He perdido una guerra que jamás podría ganar. He batallado en el frente equivocado durante estos años. Siempre embriagado en el odio hacia su aborrescente padre, siempre peleando contra él.

Admito mi derrota, porque frente a ese hijo (que pudo haber sido mío) no tengo arma alguna. Sólo me queda poner las manos al aire, las rodillas al suelo y me rindo, mi guerra está perdida.

 

Juan.



CARTA ANTERIOR

CARTA UNO

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lūk

 

Lūk

Principio I



 Vagas lenguas de los antiguos y los marinos del norte solían decir que hubo un antiguo reino, majestuoso y encantado por igual, con parajes mágicos y leyendas tristes, de las que suele hablar el viejo cazador de la arboleda, Uhie gûr, El grande, líder del Alta Boscosa de Norna Mear. El pobre viejo, ciego y sin dientes, sus arrugas le cubren la frente, la piel quemada por el frío y el inevitable pasar de los años, encorvado, pero aún de pie, con la mirada perdida y llorosa, lejana en una distancia que no consigue alcanzar. Casi bardo, casi poeta, a veces cuando la noche es cálida y no hay nubes en el cielo; él cuenta historias de tiempos antiguos, historias que días lejanos, otrora llenos de victorias, de bailes y luz, al fuego de la fogata, cuenta a los niños pequeños. Seis generaciones crecieron de niños de pecho a hombres de caza, escuchando sus leyendas, soñando a la luz de un acogedor fuego, leyendas que su antiguo reino, antes del Ntwa koma kɔkɔɔ, antes de La lluvia de fuego y  el Hielo de los veinte años. De sus historias, la preferida, siempre esta.

Junto a una pequeña villa de ese antiguo reino, había un bosque plagado de mitos y secretos, bosque atiborrado de los monstruos sobrevivientes al era del əNˈNōn, criaturas tenebrosas con fuerza primitiva de Nysha, que atormentaban a los pocos infortunados que por error atravesaban sus parajes. Sólo los fuertes, los erguidos, los cazadores eran capaces de sobrevivir. Por eso los hombres debían erguirse y cazar. Los jóvenes cazadores al llegar al año dieciocho debían probar, ante los viejos de la villa; su hombría, su fuerza, su valía y así ganar su cadena de Chāy para ser hombres libres, adultos, cazadores. Lūk, joven fuerte y alto, de piel lechosa y amarillenta, de ojos grises de niebla, cabellos negros como el árbol del Tëhm al hombro, esbelto pero muscular, con ojeras violáceas, una barba tímida y esparcida a manchones, cara más de niño que de hombre. Lūk, por noches enteras, se sentía tentado a internarse en ese bosque de leyenda, desde que era un niño de seis, sentía en sus entrañas una voz que lo llamaba a internarse en ese mítico bosque, que se postraba a un par de páramos frente al umbral de su puerta. El bosque llamaba a Lūk y Lūk llamaba al bosque Misterioso y tétrico, pero siempre seductor. Decían los mayores estaba poblado de Efrits, Ninfas, Dĕks y Kārs̄. Nunca existió en sus mente la duda, el vínculo se había forjado en el misterio de los sueños. Para ganarse la cadena, y con ella su mayoría de edad, debía llevar su peso en caza, quizá renos o ciervos, en el peor de los casos conejos y en verdad muchos conejos. Pero la victoria verdadera se encontraba, simplemente, por atravesar el umbral. 

Hablaban las lenguas olvidadas, del Rị̀ nā, monstruo bestial, con la fuerza de un Miltoro y la cabeza de un belobo, con alas de Kārs̄ y cola de serpiente crepuscular, nadie le había visto ni le había dado caza jamás, se sabía por sus gritos de agonía y soledad, que retumbaban haciendo ecos en el bosque de la montaña. Con esto en mente, Lūk se armaba de valor la mañana de su iniciación, suspiraba profundo y temblaba un poco, era el momento adecuado para demostrar su valía, aunque mínima, existía y le hacía fuerte y digno de un futuro mejor que el de la escoria que lo precedía. Se vistió por completo de armas, besó de adiós a su madre y salió al horizonte. En la ceremonia tiritaba, tratando de ocultar la mirada de sus pares, que se regocijaban en júbilo ruidoso, no pudo ni oír palabra alguna del sacerdote, como poseso fijó su mirada tras el páramo y caminó hacía el bosque de la montaña, que se tendía sobre un mar de paja dorada.  Le tomó toda la mañana internarse en el bosque, el resto de los jóvenes habían escogido la opción más obvia de una pradera de pastizales repleta de animales de caza pero a Lūk le gustaba correr riesgos, al fin y al cabo  nunca tuvo nada que perder. Siendo el único que se atrevió a poner pie en ese bosque en cien años; todos creerían que lo invadía la locura, y tal vez, así era. Único hijo de un tabernero borracho, pálido y maltrecho como él, y una lavandera ciega, de piel oliva y cabello tan negro como la noche, de ojos ámbar y rasgos finos, una belleza oculta bajo el peso de lágrimas y tragedias. Jamás sostuvo con sus manos riqueza alguna, ni aspiró a heredar gloria de nadie, siendo nadie para el mundo, éste poco importa para él.

 Al internarse, trepidaba de miedo en la oscuridad provocada por la espesura del bosque, tras momentos de caos, el silencio y la quietud le revelaron que al menos en ese momento era como un bosque cualquiera, con sus peligros por su puesto, timosos, rezorros, socavones y barrancos disimulados por la hierba. Le seguía el rastro a un venado blanco a eso del medio día, pero le tomó más de seis horas alcanzarlo lo suficiente como para dispararle. Tensó un arco corto y una flecha con punta de pedernal, respiró profundo y abrió bien los ojos grises. Cuando por fin estaba a punto de disparar, escuchó un sonido lejano, un sonido envolvente e hipnótico que le hizo errar el tiro y llevó a su flecha hasta un viejo árbol, y al venado blanco a correr despavorido. Era una voz, la voz dulce de una mujer, una melodía volátil y frágil, que atizaba una nana al viento en una lengua desconocida y con un clamor extraño, dulce y amargo a la vez, casi como un abrazo de despedida.

 Siguió la voz a la montaña del Oeste y ahí pudo ver un sauce de lágrimas, circundado por un pequeño arroyo, un aro de rojongos moteados, pequeños cantasombras y hueledenoches. Ya el sol llegaba a su declive y la noche se veía cercana, el arrebol en el cielo teñía el aura roja, sonrosada y aurífera. La canción le hechizaba y lo obligaba a seguir caminando, como un manto delicado que tiraba de él hasta sus entrañas, suave pero firme, su vida pendía de aquel manto invisible. Poco a poco las palabras le obligaban a acercarse, no entendía una sola, sólo lo sabía, era como si su cuerpo se moviera por sí solo, buscando un calor conocido, un recuerdo de la infancia. No existía sonido distinto, parecía que el mundo a su alrededor había desaparecido; sólo el latir de su corazón y el sonar de la canción le hacían compañía. 

El atardecer ensangrentó el cielo y Lūk dejó caer todas sus armas sin darse cuenta, mientras se acercaba a la misteriosa figura sentada en las ramas del árbol, que parecía arder en las llamas de la tarde. Su mirada la encontró ahí, recostada en las ramas del árbol con cabello de fuego colgando de las ramas de ese sauce gigantesco, su piel casi desnuda a no ser por un delgado y harapiento manto de algodón, bañada por luz de luna, el fuego del atardecer y el brillo de su canción. Con los ojos grandes, inmensos cual cielo nocturno, verdes como la yerba nueva, sus labios rosados como la grana en leche. Su canción dulce tal beso de bienvenida y triste como un adiós para siempre.  Su cabello yacía enredado por todas las ramas del sauce envolviéndole verdaderamente en fuego, fuego de doncella, sus manos contaban la historia de un pájaro que volaba libre y sus pies acariciaban dulcemente la corteza del árbol.

Todo se volvió dicha primorosa y magia clandestina, esa felicidad inalcanzable se tendía quieta frente a él.

martes, 22 de junio de 2021

PRECIPITACIONES


Si quiero que la lluvia

Devore todo de mí

Nos haremos pedazos-

contra las rocas impías

Cortemos los lazos-

La muerte espera por mí.

Me haz hecho creer que había un camino.

Yo seguí la luz

Entre los pinos-

Las aguas turbias y las cumbres borrascosas.

Allá arriba, donde nuestras almas mudas,

 están hechas de lo mismo.

 Ese lugar tras el zaguán, -

 donde yo elijo el tormento a la soledad.

Si deseo que la lluvia arrastre nuestros fragmentos,

 aceleremos el paso que vamos lento.

Envueltos en silencio,

Ni notarás que estamos aquí.

Deja los fantasmas correr libres, 

ellos no son del sol ni del tiempo.

Nunca sabrás del viento

Sus secretos y sus risas  

estarán ahí, hurgando en un rincón.

En la cima podrás ver las gotas de lluvia caer.

Nuestros cuerpos palidecer y 

a los ojos de la luna--

-- tan prístinos, tan blancos, 

darnos de beber

del dulce beso de hidromiel. 

lunes, 14 de junio de 2021

CARTAS A MARÍA, CARTA QUINCE

 




Carta 15


24 de Mayo

Anoche soñé que me moría, soñé que me estaba desangrando a un lado de un nopal arriba del monte. No había nada ni nadie cerca. Hacía mucho calor y me ardía el pecho, de mi pecho manaba la sangre como riachuelo. Me sabía la boca a fierro, mis manos estaban adormecidas y me escurría un sudor sucio de la frente a los ojos. En lo alto del cielo se escuchaban los graznidos de los zopilotes que ya se saboreaban los jirones de mi carne. El sol quemaba mis pies descalzos que no tenía la fuerza para mover, el aroma era de arena seca, de sed y de muerte. Sentía ganas de toser, pero no podía, tenía las narices rellenas de tierra y sangre. Trataba de arrastrarme a la sombra del nopal y no pude. Pude sentir como las fuerzas se me iban y como me iba haciendo nada, me andaba como durmiendo, pero me moría. Se me quitaba el calor y me empezaba a dar frío, entonces desperté.



Medio tristeza de darme cuenta que sólo fue un sueño y no me morí ni nada. Ni siquiera la fortuna de andar crudo me fue concedida, me tuve que levantar con mis propias fuerzas y hacerme de huevos para meterme a bañar, rasurarme, para vestirme e irme a trabajar.

Estaba encabronado María, encabronado de tener que despertar otra vez dentro de este cuerpo y con el alma rota. De tener que aguantar el pasar de los días sin verte, sin tenerte para mí, sin escuchar tu voz. Ya sólo queda en mis adentros una rabia incontenible.



Escalaría todas las montañas que nos separan con tal de verte a lo lejos, pero ¿de qué serviría? Estarías en sus brazos, sin saber siquiera que yo me encuentro ahí, te miraría en sus brazos y si lo veo lo mato ¿Me oíste? ¡Lo mato! Que bastante tengo con que te haya llevado, con que es perfecto hasta su puta madre. Sus ojos, su cabello, sus dientes alineados. Su estúpida sonrisa de niño bonito. Que ha viajado a España, que sabe hablar inglés, que si estudió carrera en Texas, hasta el maldito perro del muy hijo de puta es como sacado de una revista.

¿Enserio eso quieres María? Una vida acartonada y tiesa, sin sonrisas sinceras, sin caminares en día de lluvia, sin flores de milpa ni día de mercado, sin secretos entre los callejones, café de la plaza, sin besos al atardecer. ¿enserio todo eso te da lo mismo?



Sé que te decepcioné y que no fui lo mejor, sé bien que el fin se veía venir porque tú brillabas demasiado. Tal vez se acabó para ti, pero mi amor es un rumor enraizado en la tierra, se queda a través del tiempo en los latidos del viento, el cantar de los pájaros y en las lágrimas de todos los amantes. Te lo juro, te lo juro por todo lo que es bueno en este mundo; él jamás, jamás ni en cien años de estar contigo te amará como yo te amo en un simple parpadeo. Su cariño es el tibio fulgor de una lámpara y yo te amo como si el sol explotase sobre el mundo.

 

Juan.

jueves, 27 de agosto de 2020

CARTAS A MARÍA CARTA CATORCE

 




Carta 14

8 de Mayo

Hoy no me desperté sudado, ni llorando, ni con la garganta seca. Hoy no me hizo molestia el cantar de las gotas de lluvia en la ventana. Mi vida se volvió desierto, pero ahora me parece María que sólo se hace silencio. A lo mejor por fin se me ha hecho un callo grueso en la boca del ardor que ha dejado el siniestro dulzor de tu aliento sobre mis labios. Por eso puedo beber del fuego de tu recuerdo esta mañana, porque ésta mañana el sonido de tus pasos al subir al tren me suena menos a plomo y más a nube. Ya tengo un callo para que no me haga pedazos.

Aunque tu fantasma insista en perseguirme a lo largo del día ¿cómo me doy a entender? Aunque tu fantasma me persiga incesantemente; al menos tu fantasma es un poco que puedo conservar de ti. De los momentos que corren por mis venas y del aroma de todas tus sonrisas de verano.





Es lo que me queda de ti María: tu fantasma acosándome a lo largo de las horas. Llenando mis noches de terrores y angustias, mis sueños de pesadillas y mi vacío de ti… con un poquito de tortura, que de cierta manera es tuya. Yo volvería hacerlo todo, todo una y otra vez María. Las metidas de pata, las peleas innecesarias, las escapadas y aventuras fuera de tu ventana. Esas reuniones secretas atrás de la panadería y todas las mentiras que tuvimos que decir para seguir bebiéndonos los labios un poco más. Yo volvería a vivirlo todo, incluso volvería a verte subir a ese tren con tal de besar tus labios una vez más, me arrastraría por este infierno de nuevo si eso me diera la bendición de tenerte en mis brazos. Pasaría por esto mil veces si con eso te tuviera cerca un poco más. Tenerte a ti y no únicamente el espectro fantasmal de todos los sueños que murieron cuando te fuiste, las almas de los hijos que no tuvimos. Se siente como un costal de carbón que llevo a cuestas colgado al cuello, oscila entre la ira y el pánico, pero jamás lo puedo desamarrar. Siento que soltar ese peso es como soltarte a ti. Es dejarte atrás. Yo no puedo dejarte atrás. No puedo desprenderme de ti y así tenga que verte subir a ese tren cien veces yo no te suelto. Estás en mí, en mi mente, en mi aliento, en la luz de mis ojos, en la sangre que corre de mis labios, en mis pesadillas y en cada poro de mi piel. ¿Cómo se arranca uno el alma de la noche a la mañana María? No se puede.



Yo me quedo prendado de tu fantasma y tú haz de andar viviendo la vida de reina ricachona con todos esos cachivaches que yo jamás podría comprarte con mi sueldo miserable de periodiquero. Vas a tener hermosos niños con mejillas sonrosadas que jamás tendrán sus pantalones parchados y calzones remendados. Que no andarán descalzos brincando en charcos de lodo después de las lluvias de verano. Que no comerán un bolillo remojado en chocolate, porque no alcanza pa otra cosa; cuando el invierno cala frío. ¡Qué van andar sabiendo tus hijos de la renta! De que no hay agua o que hay que prender el fogón.

Juan

martes, 23 de junio de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA TRECE


Carta 13


28 de Abril

Como ya no sé ni dónde estoy, a veces llegó sin quererlo a no sé dónde. Un día de la otra semana hasta me encontré con una procesión de boda, si fuera menos cobarde los hubiera matado a todos. Su felicidad escupe sobre mi miseria, no lo soporto, no puedo. Ya ni las risas de los niños que corren en la calle me parecen tolerables.

 Días más patrás me venían a bien, como que me daban a esperanza, verlos en inmersos en sus juegos, ellos haciéndose soldados, creyéndose Virreyes, soñándose de marfil o de papel. “Sólo son niños” me pensaba, “niños que qué van a saber de la vida”. Y ahí fue cuando me vino a madrear mi amargura; su ignorancia es gloria y en mi saber me doy cuenta que no hay remedio para mí, con algo de suerte para nadie tampoco. Con esas ganas de que me queme el aguardiente prefiero ya que a todos nos lleve la chingada.  Pero ni me quema ni nos lleva y así andamos de tenme en el aire, ni me decido a quemar la casa ni me voy a morir al desierto ni maté a los novios que iban a casarse. La novia era la hija de Pablo ¿te acuerdas de Pablo el que tiene su puesto en los portales? Y pensar que yo la veía tan chiquilla, tal vez nada más la amargura de perderte es lo que me hace sentir viejo. Porque éste abismo ilusorio de que ha pasado una eternidad me ha trasformado en un viejo desgraciado; solo y acabado. Viejo de amargura, de rabia, de penumbra.



Tal vez sí han pasado milenios, tal vez sí me estoy terminando de hacer polvo a mí mismo y a mi dolor, como bien no despierte de ésta pesadilla; prefiero hacerme polvo para irme volando. Lejos. Lejos de todo y de nada. Para ya no ver tus ojos cada que parpadeo. Para ya  no sentir el dulce aroma de tu cabello cada que sopla el aire. Para ya no percibir el penoso sabor de tus labios suaves sobre los míos. Es que de verdad que la carga es mucha María, me atormenta hasta cuando estoy despierto. No dejo de preguntarme si acaso pensarás en mí, si ya me habrás olvidado, si todavía me amas o si acaso me amaste alguna vez. Me ahogo María, me ahogo en éste océano de preguntas infinitas que jamás tendrán respuesta. Lo malo es que me ahogo y no me muero, no me termino de morir na más me duele y  me quema y me aplasta.

Me aplasta hasta hacerme nada, pero no me muero. 

 Juan


martes, 28 de enero de 2020

CARTAS A MARÍA: CARTA DIEZ



Carta 10

20 de Marzo

A lo mejor tengo que conformarme, te tuve y fuiste el sol; no cualquiera. Nuestras primaveras fueron las más bellas y hasta las más terribles peleas eran dulce néctar de rosas a tu lado. Ahora me quedé como trapo sucio arrumbado en la oscuridad de la nada pero tuve mis días de gloria. Imagínate a toda esa gente que jamás te tuvo en su vida, que no conocen la luz y el calor. Esos que no saben cómo es besar el aroma de las flores y el claro de la mañana. Yo tuve mucho más y no fue para siempre pero fue mío, instante de éxtasis y notas dulces de flautín.




Me quiero morir, hoy igual que todos los días. Pero hoy me doy cuenta de que fuiste mía, por casi nada pero mía, para mí, como mi sangre, como mis ojos y mis manos. Yo no soy nada, ya me había dado cuenta y lo que me hizo alguien fuiste tú. Me acuerdo que hasta la gente nos miraba como con admiración y envidia. Nadie me ha vuelto a ver así. Un día  Don Melcho me dijo en la cantina que  por qué no te olvido.

¿Cómo se borra a alguien de la vida María? ¿Cómo se le quitan a uno esas ganas de respirar el aire?

A lo mejor y si me muero al final de todo pero no me voy a morir porque quiera, me muero porque el aire en mi pecho se fue a vivir con un ricachón. A vestirse de novia y en nombre de Dios; darle los hijos que yo quería para mí. Mis hijos.
¡Es que no puedo María! No, de verdad no. Ya me quedé sin aire y sin sonrisas. Tú dime cómo María.

¿Cómo haces tú para tragarte todos los años que pasamos juntos y hacerlos nada?

Hay un universo entero separándote de mí, a pesar que te quiero, que te necesito y me haces falta para vivir. A lo mejor no me quieres ya, estoy seguro de que algún día me amaste. Me voy a morir sin ti y tú habrás de vivir tu vida bien bonita.
Mereces algo mejor, mereces el mundo entero María. Ahora lo tienes. Yo no tengo nada que no sea dolor y aquí me quedaré a no ser más que trasto desgastado que se pudre en el  rincón.

Juan


CARTA UNO
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miércoles, 13 de noviembre de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA NUEVE





Carta 9

12 de Marzo

Ya me olvidaste María, he desaparecido. Tú  eres eterna, como la luz del sol. Te fuiste para no volver y tengo que hacerme a la idea. El sol no se percata del gusano que muere quemado por su calor. Tú no sabrás cuánto dolor me causo tu ausencia. Quisiera volver en el tiempo y morir ahí entre tus brazos, todos seríamos felices.

El tiempo sigue y sigue,  sin ti no soy nada. Polvo arrastrado por el torbellino de la realidad. No hay ni día ni noche María, ni luz ni sombra. No hay nada, absolutamente nada. La comida es una tortura una y otra vez, el aguardiente ni quema. Qué vida es ésta, donde el aguardiente no sabe a nada, no duele, no cala ni quema. 

A las gardenias se les acabó el perfume y el amanecer no amanece, se murieron todas las macetas de mi cuarto, si me baño el agua no está ni fría ni caliente. Ayer Marcela la de la cantina de Pancho me regaló un tequila, creo yo que por lástima, me lo tomé  y no me hizo nada. Marcela me vio con lástima y se fue. Cinco meses, cinco días, cinco horas que no he conciliado sueño sin tormentas. Las golondrinas de la madrugada están solas sin nosotros y nuestros besos. Tus labios son puñales espinosos en mi mente. Lo entregué todo, a qué quiero que vuelvas si te llevaste todo de mí.


El silencio de tu voz en mi vida me llena de amargura, miseria y tormento son mis compañeros en casa.

Esos hijos que no tuvimos hubieran sido hermosos, con tus ojos, con tu sonrisa, con todo tuyo y mi nombre me hubiera bastado. Creo que hasta para esos hijos es mejor que me dejaras, aunque no lo creas yo eso pienso. Esos hijos que casi fueron míos  serán más felices en una casa con muchos cuartos, con baño y con radio por las tardes. Hasta van a ir a una buena escuela, quién quita y a lo mejor se van a San Diego a estudiar para ser gente de bien. Aquí no más de chalanes de barrio, ese era su destino.

Yo creo que si yo fuera tú, también hubiera pensado en eso. A lo mejor lo hiciste por esos hijos María, esos hijos que míos o no siempre serán tuyos. Con tus ojos y sus pestañas, con la sonrisa de alba en el cielo.




Juan

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 CARTA UNO

CARTAS A MARÍA: CARTA OCHO





Carta 8
26 de Febrero
Vi a tu hermano Paco hoy, me rehuía  pero no le quedó más que pasar frente al periódico. No sabía ni como mirarme a la cara porque él sabe que yo lo di todo. Tú y tu madre me lo arrancaron de las manos y lo pisotearon en el suelo, cada que paso por la panadería sé bien que le escupe a las migajas embarradas en el suelo que solía ser mi corazón. Paco nunca fue mi amigo pero es hombre de palabra, yo sé bien que siempre pensó que un monstruo le arrebataba a su hermanita, a la princesa que debía proteger. Paco fue capaz de ver el valor del amor que te tengo, aun así no fue suficiente ¿verdad o no? Paco me vio y en su mirar me di cuenta de que algo de razón he de tener, porque no me mira con la soberbia del que sabe que está del lado correcto.

Hoy llovía cuando llegué al periódico y me topé con él, la lluvia le daba a entender lo que sentí. El cielo nublado se ve vacío. Sin tus ojos ya no hay más luz que la del candil de la calle. Me miró y sin tener a dónde más hacerse na más me dijo “Adiós Juan”.
A lo mejor a todos ustedes les convendría que yo me muera, así no tendrían recuerdo incómodo de lo que hicieron mal. Ya no les pesaría ver el ánima en pena; en la que me he convertido, vagando por las calles sin consuelo, es mucho para cargar en su conciencia.

¿Eso deseas mientras te encuentras contenta en tu casa María, que yo me muera?
Y yo aquí cual pendejo amándote, aferrado a pesar del tiempo y la distancia, aferrado a la esencia de tus ojos, al perfume de tu alma.
Esa sonrisa tan tuya que ilumina el universo, sé bien que serás para él trofeo brillante y hermoso, que él  te quiere pero también sé que no te ama, eres propiedad y premio. Para mí María, eres el universo entero. Antes de ti nada y después de ti sólo la muerte.
Te amo

Te voy a amar siempre, lo sabes.
¿Me odias aunque sea un poco?
Por lo menos al odiarme quiero creer que no me olvidas.

Juan.



CARTA UNO

viernes, 7 de junio de 2019

CARTAS A MARÍA: CARTA SIETE



Carta 7
22 de Febrero

El silencio era mucho ésta madrugada. Me levanté en sobresalto y  sin pensar ya estaba caminando por la calle, debió ser antes de las 5 porque los mineros salían ya en procesión a esperar el tranvía de la mina. Inocencia estaba en su puesto con el fogón prendido y el atole hirviendo, hacía frío porque Inocencia traía un rebozo grueso bien amarrado. Yo no sentí nada.

¿De verdad no extrañas nada de esto María? ¿Nada de esos detallitos que hay por aquí? Así como el olor de las tejas en los techos después de la lluvia, o el sonido titilante de las ollas que vende Don Javier, el pirul de la plaza en las noches de viento; parece que baila libre con el aire que lo abraza. O el cerro del ahorcado en Noviembre, parece que se dibuja un castillo en el cielo cuando las nubes del otoño lo cobijan.  Y qué me dices de la feria de San Lorenzo en el verano, siempre te gustó pasearte entre los puestos y bailar con la banda. ¿Ya no piensas en eso, como más nunca piensas en mí?

Jaime se sorprendió de verme esperándole en la puerta del periódico, lo que Jaime no sabe es que yo estaba ahí pretendiendo que te esperaba como solía hacer, pretendiendo que te saldrías por la ventana y yo te ayudaría a saltar por el tejado del corral y nos iríamos juntos a contemplar el infinito. Soñábamos entre las estrellas y luego en el sigilo de la madrugada subías de nuevo por la ventana, me soplabas un  beso y yo creía que la vida era perfecta, que la luna brillaba celosa de nosotros, las flores nos esperaban durante el día y el atardecer nos admiraba a nosotros. Trabajé y trabajé hasta que ya no había nadie. Estaba trabajando, monótono y repetitivo para que se me olvidara todo. No se me olvidó. Me conoces mejor que nadie, quizás me conoces mejor que yo, sabes bien que no voy a sobrevivir a esto. No puedo. Realmente no puedo, eso de vivir no es para mí, no sin ti.

Te amo María, te amo y me estoy muriendo.

Dime ¿qué hice mal? ¿Ahora qué hice? Ya ni el alcohol me apacigua  las mil y un preguntas que estallan en mi cabeza. ¿Cómo te fallé si te amo tanto? ¿Cómo amarte hasta la locura resultó un fracaso? ¿Es alguna vez suficiente? La respuesta a mis preguntas yace sobre mis hombros y se encuentra aferrada a mi espalda y no puedo volverme a verla derecho. Esta noche el organillero del Jardín estaba tocando tu canción María y yo por nada me muero.

Juan

miércoles, 20 de marzo de 2019

CARTA DOS




Carta 2
Enero 4

¿Te acuerdas María cuando cantaba tu canción? Siempre sonreías con esos ojos tuyos tan verdes como la vida. Todos te miraban y tú sólo me veías a mí. Nunca creí que te perdería, jamás pensé que me dejarías a hundirme con el barco.
Se acabó, lo sé. Me lo dijiste “Se acabó”.

No te odio, yo sabía que tú eras para volar alto y yo namás sirvo para arrastrarme. Aunque no me creas yo lo sabía y me quedé de todas maneras. Hubo muchos que hubieran dado todo por tomar tu mano aunque fuera un día. Eras demasiado ¿no?
Tu atención fue un regalo de Dios,  no lo dudo. Lo mejor que me ha pasado y pasará. Tú verás crecer a esos hijos que casi fueron míos, al hombre que te tiene y puede darte el sol y el mundo para que los pongas en tu ventana. Quizá en todos esos esplendores veas un bicho insignificante que te recuerde a mí. Y pensar que ayer apenas sonreías entre mis brazos y me decías “Te quiero”. No, no, no fue ayer. Fue hace más de un año, no; tres años ¿o eran 10?

Ya no soy capaz de medir el tiempo María, ya me olvidé de quién soy y lo que sí es.
Antes de ti no había nada, nada de nada.  Pura oscuridad y silencios. Trato de recordar, quién era yo, qué pensaba y qué sentía pero no puedo. Creo que yo nací esa tarde de verano y me morí cuando te subiste al tren.
Ya no sé si lo que queda de  mí en realidad existe o me lo estoy imaginando, es que me duele tanto todo el cuerpo, el café no me sabe y el aguardiente no me quema. Soy una pila de polvo esperando a esparcirse en el aire.

Se acabó, se acabó y lo sé, a lo mejor si lo digo otra vez me lo pueda creer.

 ¡SE ACABÓ!

Es que no puedo evitarlo María, tus ojos, tu sonrisa tersa y el dulzor de tu piel son puñales en mi mente, mis manos te buscan en la oscuridad de la noche y caen en un abismo de nada. Estás con él, en una casa gigante, llena de luz y flores hermosas y acaricia tu melena suave con sus dedos sin callos para arrullarte. Le sonríes ¡tú le sonríes a él María! 

Y yo aquí, solo y sin nada.

Juan


EL TRISTE LLANTO DE UN DESCONOCIDO


¡Tan triste, tan triste!......
Aquí sin nombre para siempre.
Un vacío hay en mis entrañas.
A veces arde mi corazón.
Es  tan
        Profundo
       Que
              Podrías
Escuchar
             El
                 Mar. 
Me voy a la cama carente.
Tengo motivos para ya no ver salida,
   Ni respuesta a mis preguntas,  
Consuelo a mis llantos,
            No hay cura a mis heridas.
Mis pies se cansan de caminar,
Sin rumbo fijo a
           Ningún
          Lugar.
Si tan solo alguien hubiera escuchado,
       Si alguien hubiera querido ayudar.
¡Tan triste, tan triste!.....
Ya no más caer por un hondo          abismo…
Caer,
       Caer,
Caer…        …caer,
Como si cada instante de dolor
Fuera eterno y el suelo no tocar jamás.
¡Tan triste, tan triste!...
En mi interior un aterrador vacío
Tan                                   infinito.
        Hueco como el universo
 No más sangre a vaciar, solo quedan sombras,
          Sombras y nada más.   
¡Tan triste, tan triste!...
Duele pensar “que hubiera sido”
Duele ver que era y en que me he convertido
Me encuentro en un oscuro infierno,
“LE TEMO A LA OSCURIDAD”.
Ni sangre en mis venas, ni en mi boca aliento,
Ni en mis ojos lágrimas a derramar.
Duele contemplar el olvido,
Duele olvidar el recuerdo y más aun duele saber:
“nadie habrá de recordar el triste,
         lastimero llanto de un desconocido”.
                                    Pues era
         ¡Tan triste,
                  tan triste!...
El pobrecillo.


viernes, 8 de marzo de 2019

EL MAPACHE SE ENAMORÓ DE LA GATA


El mapache se enamoró de la gata
De la gata en la ventana.
La mira de día, la mira de noche.
Se pierde en sus ojos brillantes
Con pupilas dilatadas.
Tan cerca, tan cerca que está la gata.

Tan lejos, tan lejos de su mirada.
El mapache pensó en regalarle
Un pescado podrido
Pues otro manjar tan excelso
Él no había conocido.
Hurgó por tres noches seguidas
Los cestos de la pescadería,
Apareció en la ventana
Cuando ya el sol salía.
La gata lo miró desde adentro
Inmóvil no se inmutaba.
Y se quedó el pobre mapache
Esperando a la gata.
Tan cerca, tan cerca  parece su afecto
Tan lejos, tan lejos como el cielo tuerto.  




CARTAS A MARÍA: CARTA DIECIOCHO

  Carta 18 Septiembre 29 Haberte conocido María, ha sido un calvario. La peor de todas las bendiciones, la mejor de las maldiciones. Peniten...